Alegría profunda fue ver a tanta gente cumpliendo su deber cívico el domingo antepasado. ¡Muchos más de los esperados! Fue una gran fiesta cívica y una sencilla lección en cuanto a que se pueden hacer dos cosas bien hechas en un mismo día. Pues, ¿qué era esto de que un partido de fútbol -por relevante que fuera- nos impidiera tener voz y voto en los destinos de Chile?

Pero mi alegría -y aquí me sale a borbotones mi profesión (profesora de Historia, Geografía y Educación Cívica)- fue infinita al constatar que muchos de los que hicieron esas largas colas eran jóvenes o millennials, como los llaman ahora. Esos jóvenes de pelos de todos colores; jeans comprados nuevos en un estado de deshilache absoluto; con uno, dos o tres aros puestos en ojo, nariz o boca, o por doquier; con tatuajes atrevidos o discretos, estaban ahí manifestándose en democracia, con un simple lápiz y papel.

Esos jóvenes que cada día están menos para “cuentos”, que valoran la honestidad como pocos, que no se achican ante autoridad alguna, que se contentan con cosas sencillas, que se apasionan con la música a todo volumen y que casi no conocen la palabra prejuicio; en fin, esos jóvenes que miles de mis colegas tuvimos sentados en una sala de clases a lo largo y ancho del territorio estaban ahí participando en las Elecciones Primarias 2017. ¿Por qué?

Quizás porque les hizo sentido aquello que años atrás les dijo un profesor/a acerca de lo importante que era sentirse parte de Chile, valorar ¡y cuidar! la democracia recuperada, no automarginarse, creer en el diálogo, golpear puertas; en fin, ejercer ciudadanía. Quizás porque comprendieron que es más útil votar que tirar bombas, conversar que destruir, proponer que boicotear o, simplemente, porque les llegaron al alma el mensaje y los sueños de uno de los cinco candidatos en disputa en estas Primarias Presidenciales. Quizás…

Pero vamos con las certezas. Somos 230.000 los profesores de Chile, unos más y mejor preparados que otros, unos más osados y proactivos que otros, pero todos (y aquí no caben las excepciones) con plena conciencia del inmenso valor de educar a otro ser humano. Puede que nos falte creer más en nuestros alumnos y sus potencialidades, puede que nos falte creatividad, rigor, paciencia, innovación; eso sí puede ser, pero -con la mano en el corazón- no creo haya en nuestro territorio un solo docente que ande “más perdido que el teniente Bello”. ¡Ninguno! Es más, en pleno siglo XXI, sabemos de sobra que es la sala de clases el lugar por excelencia para responder preguntas tan pertinentes como: ¿qué nos permite vivir juntos?

Profesores, que esta fiesta ciudadana recién pasada no haga sino entusiasmarnos más y más con la tarea que nos señaló tan certeramente Gabriela Mistral: “Traigamos el ancho y ajeno mundo a la pequeña y polvorienta sala de clases”.

Magdalena Piñera blog en El Mercurio

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