El llamado “Bus de la Libertad” -una iniciativa llevada a acabo por distintas organizaciones civiles, con la cual buscan generar conciencia acerca de la importancia de que los padres eduquen a sus hijos según sus valores, sin ser sometidos a las “ideologías de género”- circuló ayer por la ciudad de Santiago, generando disturbios callejeros -que dejaron varios detenidos- y contramanifestaciones inusitadas.

Resulta extraño que una manifestación de este tipo -por discutible que pueda resultar- encuentre tal nivel de resistencia, y haya escalado hasta un punto de crispación de difícil precedente. Lo ocurrido lleva a reflexionar hasta qué punto la sociedad está preparada para enfrentar con serenidad y madurez debates de esta naturaleza. Aun cuando muchos puedan ver en el “Bus de la Libertad” una abierta provocación, sus promotores tienen derecho a manifestarse, que es lo propio de cualquier sociedad que valora ante todo la libertad de expresión, la cual consiste precisamente en permitir que las distintas voces puedan expresarse conforme su propio pensamiento.

Las limitaciones que encuentra la libertad de expresión han de ser muy acotadas, como por ejemplo la incitación al odio o la propagación de informaciones injuriosas. Es difícil sostener que una campaña como ésta -aun cuando polarizante- pueda ser catalogada como incitadora del odio, si bien su propio formato -un bus circulando en la ciudad con mensajes provocadores- la expone a una crítica pública mucho más intensa. Sus detractores tienen legítimo derecho a cuestionarla con fuerza, lo que es distinto a buscar impedir por todos los medios que se pueda llevar a cabo. Si el país ha optado por abrazar la tolerancia, debe actuar en concordancia con ello, y así como los grupos que favorecen la diversidad sexual pueden manifestarse libremente en las calles -ganándose el respeto de un amplio espectro de la sociedad-, quienes opinan distinto tienen también derecho a expresarlo.

/Editorial diario La Tercera

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