Ahora, los incendios. Son situaciones complejas, que nadie quiere vivir, pero que van con el cargo de ser presidente. No solo es parte de la pega, sino que son los momentos donde se pone a prueba toda la capacidad de estrategia y liderazgo.
Hay personas, pocas, que en estas circunstancias crecen.

Enfrentados a la adversidad sacan una fuerza y capacidades únicas. Hay otras, la mayoría, que se achican y dejan claro que el cargo les queda un poco grande. Bachelet es de estas últimas. Tanto en el pasado terremoto como en los actuales incendios, su figura y actuar, aparecen débiles y confusos. Da la impresión de que no sabe mucho qué hacer, ni qué decir. Deambula de un lado a otro, pero sin un objetivo preciso. Esto es tan evidente, que la gente comienza a desesperarse con ella. Por eso, en estas ocasiones la destrozan. Le gritan en las calles, la insultan por las redes sociales, en fin, es el blanco de la rabia e impotencia de los afectados directos y de cualquiera que se la tope.

Algunos dicen que esto no es justo. Que ella no tiene la culpa de los incendios, ni menos de los terremotos. O, agregan, que no es mucho lo que puede hacer una persona frente a este tipo de eventos. Se equivocan. Claro, ella no puede evitar que sucedan este tipo de tragedias, pero su actuar en esos momentos puede ser decisivo en las consecuencias que tengan. Una persona, un buen líder, hace una diferencia enorme en ese sentido. Acciones decididas y oportunas pueden significar menores pérdidas materiales e incluso vidas. La historia está llena de ejemplos, pero basta recordar el caso de los 33 mineros durante el gobierno de Piñera. Nadie duda que el rescate fue producto del trabajo de muchos, pero de la decisión de una persona: el Presidente. Incluso los más críticos a la gestión de Piñera reconocen aquello.

Con Bachelet sucede lo contrario. No parece existir cadena de mando alguna, las decisiones se toman mal o no se toman, todo aparece descoordinado, mal hecho y a destiempo. Y, entonces, queda claro que la Presidenta no tiene el carácter que requiere este tipo de situaciones. Bueno, esto no es menor. Uno no quisiera que con alguien así el país entre en una guerra, por mencionar un extremo.

No es tan grave, opinan algunos. Basta que se rodee de gente capaz. Bueno, al respecto se pueden decir dos cosas. La primera, es que es evidente que Bachelet no hace eso: no hay nadie que en estos casos saque la cara por el gobierno y todos, como poseídos del mismo virus, caen en el círculo de incapacidad. Lo segundo es que, aunque un mandatario se rodee de expertos, sabe que, al final del día, hay decisiones que solo las puede tomar él. Es el botón rojo de las películas. Ese que nadie puede apretar salvo el presidente. Y ahí está, el elegido, al que todos los genios miran ahora en silencio. Ellos ya dijeron todo lo que sabían y solo falta la decisión. Y es en ese momento en el que algunos crecen. Otros, miran un tanto desesperados y solo piensan en qué minuto se me ocurrió meterme en esto. Bachelet parece de estos últimos.

Blog de Andrés Benítez en el diario La Tercera

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