QUE LA cosa no anda, es claro. Pasar de héroe a villano en tan pocos meses, es un récord mundial. Porque Guillier no solo se cae en las encuestas; también en sus filas cunde la decepción, las peleas y la desafección. La sensación de que se equivocaron al elegirlo parece evidente. Lo dicen casi todos.

Pese a que algunos plantean que cargar con la mochila de este gobierno es una tarea imposible, o que la división de la Nueva Mayoría ayuda poco, la verdad es que la idea de que el centro del problema es el propio Guillier, cunde por todas partes. De alguna manera, su figura es la mejor descripción del anti candidato.

Es cierto que no tiene muchas ideas, que se equivoca mucho, que ha sido incapaz de mostrar liderazgo. Pero, lo que más inquieta es su apatía, una que disfraza con una tranquilidad que desespera, casi al punto de caer en la frivolidad.

Para él, nada malo ha pasado. Todo se derrumba a su alrededor, pero el candidato no pierde la calma y la sonrisa. Ni siquiera se despeina. Da la impresión de que, incluso, lo sigue pasando bien. Es cierto, todas estas son cosas pueden verse como virtudes, esto es, que es capaz de enfrentar la adversidad con templanza. Pero lo suyo cae más bien en la despreocupación, la apatía, como si perder fuera algo que no tiene importancia.

Tiene algo de galán. De esos que creen que pueden conquistar a todos, o todas, con su sola presencia. Le dicen una y otra vez que no, pero el hombre no ceja en su intento, mostrando un optimismo que solo tienen los verdaderos galanes. Algún día, alguien caerá, pensará, cuando en la práctica el único que cae es él mismo.

Ahora, para ser justos, Guillier no ha cambiado. Siempre ha sido así. Nunca engañó a nadie y los conquistó así. Por eso, es consecuente. Y lo defiende con carácter, como cuando esta semana le pidieron tener un generalísimo y él, con mucha soltura, dijo que no le gustaban los liderazgos verticales. Lo suyo es lo horizontal.

Pero, bajo esa excusa, no soluciona problema alguno. Se hace el lindo, navegando en las aguas turbulentas, como si nada pasara. O, peor, nada importara. Frente a esto, algunos, los más radicales, piensan en sacar otro candidato. Los más, saben que ya es tarde. Es lo que hay, repiten con no poca angustia.

Al final, entonces, parece ser que el sueño de Guillier era ser candidato. Ser presidente nunca estuvo en su radar. Por eso no tiene programa, equipos ni estrategia alguna. Lo suyo es simplemente buscar firmas para estar en la papeleta de noviembre. A estas alturas, ni siquiera sabe si estará en la segunda vuelta. Lo que sí tiene claro es que, de ser así, no votará por Piñera, como dijo esta semana, aumentado las dudas en torno a su figura.

Si es así, el hombre ya ganó. Lo suyo era solo competir, tener cámaras, ser el elegido. Si pierde, como es probable, es problema de los otros, los que lo eligieron. Él seguirá durmiendo como siempre, sin mayores preocupaciones, porque esa es la esencia del galán. Lo de él es un juego, que no va más allá de coquetear con la fama, algo que ya consiguió en un nivel que nunca antes en su vida imaginó.

Blog de Andrés Benítez en el diario La Tercera

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