Hubo previo aviso, pero la sorpresa fue inevitable. Después de 25 años, la clasificación de riesgo chilena fue rebajada por parte de una de las tres mayores agencias del mundo, Standard & Poor’s (S&P), la que decidió castigar la nota de deuda desde el nivel AA- a A+ y dejar la perspectiva en estable. Cierto es que pese a la mala noticia Chile sigue estando en la categoría de investment grade; también, que para perderla tendría que caer seis peldaños adicionales. Pero igual de cierto es que lo de S&P no es aislado, que en los próximos meses se podría repetir con Fitch Ratings y Moody’s, y que la razón es la misma en cada caso: para los inversionistas, la economía chilena está detenida, la presión fiscal no se ha contenido y endeudarse no ha sido lo más idóneo.

Para el ex ministro de Economía y miembro del consejo asesor de LyD, Juan Andrés Fontaine, la decisión de S&P revela que el enfoque dado por el ministro de Hacienda, Rodrigo Valdés, a la política de convergencia al balance estructural no convence al mercado.

“La política seguida por el ministro Valdés es de un compromiso de ajuste del déficit estructural respecto del dato del año anterior, o sea, una meta móvil corregida año a año en base a los últimos parámetros. Eso ha hecho que el déficit estructural sea hoy de 1,7% del PIB, muy superior al 0,5% de cuatro años atrás, medido por los parámetros que correspondía a ese año, aun cuando él pueda decir que el déficit ha bajado si se calcula con los nuevos parámetros. Ese enfoque de que pese a que por cambios de parámetros el déficit suba, mantengo el mismo ritmo de reducción del déficit año a año, no parece muy tranquilizador para los clasificadores de riesgo y creo que la decisión de S&P lo ha reflejado”, dice.

/gap