Los malos gobiernos son como las relaciones románticas que no prosperan. Hacen que los países -y las personas- pierdan al final su tiempo. Y todo resulta peor cuando un mal gobierno es obcecado y no incorpora sus errores como experiencia, sino que tropieza una y otra vez con los mismos. Pero lo más triste es que la administración siguiente (si idónea) malgasta años tratando de recuperar la senda y el ritmo perdidos. Como si esto no bastara, los malos gobiernos desvían al país de sus tareas esenciales al empantanarlo en discusiones bizantinas.

¿Tragedia del SENAME? Se envía a ministros al Congreso a exigir que los diputados voten en contra de las conclusiones de su propia comisión investigadora. ¿Mineros atrapados en Chile Chico? Titubeos en materia de liderazgo. ¿Crisis en La Araucanía? Más evasión y consultas que políticas claras. ¿Escasez de recursos para financiar reformas prometidas? Se avanza a la cundidora, total próximo gobierno tendrá que hacerse cargo. ¿Caída por primera vez en un cuarto de siglo en la categoría de riesgo país? Se admite que es mala noticia, pero se dice que solo caímos un peldaño. ¿Pobre creación de empleos? El gobierno anterior creó muchos, pero no buenos. ¿Incremento de parlamentarios afirmando que no costaría un peso? Salió muy caro, pero se retruca que la democracia no es gratis. ¿Gobierno agotado, sin visión de futuro e impopular? No se preocupen, la ciudadanía reconocerá en un par de años sus logros.

La incapacidad para poner el foco sobre lo esencial debilita la fe de chilenos en el país y mina lo que resta de confianza en la política. El debate permanente sobre los errores que comete el mal gobierno impide pasar a la fase esencial de enmendar los errores. La reiteración del mea culpa (genérico, en el cual nadie asume responsabilidad efectiva) sustituye a la medida práctica que debe impedir se repita aquello por lo que se pide perdón. La palabra sustituye a la acción, la imagen a la realidad, el baile a la conducción, y así la portavoz de gobierno deviene en espolón contra la oposición en lugar de ser el heraldo de logros gubernamentales. Se ignora el llamado del candidato favorito para buscar un acuerdo nacional con vistas a solucionar el drama del Sename, pero no se tarda en convocar a los presidentes de la Cámara y el Senado, así como al presidente de la Corte Suprema, para buscar precisamente, en una suerte de plagio, una fotografía en La Moneda que sugiera acuerdo vasto.

No tenemos, sin embargo, al único gobierno que, por sus desaciertos y la división que causa, es incapaz de unir a los ciudadanos para abordar los retos nacionales. Salvando las proporciones, veo que en Estados Unidos pasa algo semejante. Polarizado entre partidarios y adversarios del Presidente Donald Trump, el país se estanca y se extenúa en discusiones odiosas. Desde hace un tiempo Estados Unidos carece de la serenidad, la conducción y la unidad para concentrarse en los desafíos que están cuestionando su rol de primera potencia. La ausencia de respuestas efectivas, sólidas y de largo plazo, ajenas a la mediocridad que campea en la política, le impide hoy a Estados Unidos ver el panorama global. Y lo delicado es que, más allá de los fuegos de artificio y los relámpagos que generan la polarización y la crisis de liderazgo, el mundo sigue su marcha.

Pocos describen con tanta crudeza y fundamentos el inquietante escenario en que se encuentra hoy Estados Unidos ante China, como Graham Allison. En su último libro, “Destinados a la guerra”, demuestra que Estados Unidos decae mientras China le disputa gradualmente la primacía en economía, infraestructura, comercio, industria, recursos financieros, investigación, nuevas tecnologías, computadores, know how, educación superior y armamento. Allison subraya que pronto podremos ver la caída casi total de Estados Unidos al segundo lugar, y puntualiza que en la gran mayoría de los casos en que ha tenido lugar en los últimos 500 años la sustitución de una potencia mundial por otra, se ha desatado la guerra entre ellas. ¿Están condenados Estados Unidos y China a la guerra? No, dice Allison, pero hay que trabajar para que no la haya: Estados Unidos debe prepararse para afrontar ese cambio de modo digno y pacífico.

Pocos políticos en Estados Unidos se ponen en el escenario que nos recuerda Allison. Tal vez ello se debe a que es impopular y no acarrea votos dudar de una primacía ya histórica. Pero, lo quieran o no los políticos, hoy emerge otro líder y declina el que aseguró durante siete decenios un orden mundial diseñado por sus convicciones y ajustado a sus intereses y en que no hubo guerras entre superpotencias. Viendo los debates que dividen hoy a EE.UU., uno sospecha que su clase política no está a la altura de los desafíos del país y que, en cambio, el Partido Comunista Chino, impulsando una economía capitalista y tolerando enormes diferencias sociales, sí dispone de una estrategia de mediano y largo plazo.

Los gobiernos democráticos que polarizan a su población o son incapaces de conservar la unidad nacional, terminan sumiendo a sus países en problemas ya que pierden la estabilidad necesaria para orientarse con respecto a los desafíos domésticos e internacionales. Sin grandes acuerdos y consensos, los logros políticos son febles y efímeros. Trump está sintiendo ahora que parte de su programa es irrealizable por la falta de apoyo partidario, la escasez de recursos y/o la resistencia que despiertan. Mientras insista en objetivos maximalistas y no coseche un apoyo transversal para sus reformas, Trump se verá envuelto en una guerrilla que no sólo le extenuará y frustrará sino que también le impedirá enfrentar, entre otras cosas, el gran desafío del que habla Allison.

Con independencia del color que tenga el próximo gobierno chileno, si quiere ser exitoso, superar el estancamiento y la decepción que nos deja el actual, tendrá que sepultar el ideologismo, los maximalismos y la retroexcavadora, y recuperar la gestión. No deberá tener complejos a la hora de buscar el centro, los acuerdos y consensos. Deberá propiciar el reencuentro nacional, no solo para crear un nuevo clima en el país sino también para detectar y afrontar los desafíos que le salieron al paso a Chile.

/Columna de Roberto Ampuero para El Mercurio

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