Como agorero me he quedado corto. Hace algunos meses publiqué el artículo “Alejandro  Guillier y Fernando de la Rúa: una Hipótesis”. Sostuve allí que el abanderado de la NM tendría muchas dificultades en su eventual gobierno por las contradicciones insalvables entre el conservadurismo y el progresismo que se anidan en su coalición.

Era posible instalar como supuesto analítico el triunfo en la presidencial considerando el deplorable estado de la derecha con la corrupción brotándole a borbotones y con sus líderes históricos, maduros y emergentes envueltos en procesos judiciales de toda índole.

Pero las cosas se han puesto peores, no se trata de dificultades graves en un futuro gobierno, se trata del aquí y ahora en la candidatura. El candidato Guillier ha mostrado claramente el impedimento de no tener experiencia política y a ratos hasta de distanciarse del sentido común.

No fue capaz de evitar la deserción de la Democracia Cristiana. Es decir, la contradicción anunciada estalló antes de gobernar. La deserción de la DC valía su peso en oro; había que pagarlo aunque fuera empeñando el rosario de la abuela. Mantener la unidad, principio básico de toda lucha política, era su deber. El candidato presidencial tiene un liderazgo implícito que no puede abandonar, no solo gobierna el país o hace campaña, también ordena a la coalición.

Guillier toma distancia de la política contingente para dejársela a “los políticos”. Eso es cómodo pero desastroso, debió sacar lecciones de esto que podríamos llamar la “doctrina Bachelet”. Los resultados están a la vista. Para comerse un rico y amable asado familiar, hay que matar la vaca y despostar el animal, eso no es agradable, pero se debe hacer.

Gobernar no es solo sonreír, besar las guaguas y saludar con la manito a los pobres a la distancia. Un dirigente político convence, amenaza, persuade, pacta, transa, se repliega o ataca, pero no pasa, pues la realidad política sigue estando ahí y tarde o temprano pasara factura. Todo repercute, decía Lao-Tse.

La candidatura de Guillier es un ramillete de contradicciones:

1.-  El candidato es “ciudadano”, pero las firmas se las juntan los maltratados partidos. Así podemos ver en las plazas a conocidos militantes pidiendo firmas de independientes para un independiente que no quiere firmar en ninguno de sus partidos, lo que lleva intrínsecamente la idea de que los partidos son impresentables. Solo motivaciones laborales permiten explicar semejante autohumillación.

2.- El candidato de los “ciudadanos” no tiene apoyo ciudadano, no se han escuchado apoyos de organizaciones sociales y, cuando se le ofrecieron, eso ya no ocurre, el candidato y su entorno las desecharon.

3.- El candidato está apoyado por partidos y partiditos de izquierda, pero que no actúan como tales ni quieren ser de izquierda. Lo apoyan unas entelequias ideológicas. Lo patrocinan los que capitularon, es un apoyo curioso: si los rendidos fueran coherentes, deberían apoyar a Carolina Goic.

4. El sólido team neoliberal que nutrió a la Concertación en 20 años no está en la campaña. Como continuador del “legado” de la Presidenta Bachelet debería tener a los tecnócratas y transadores neoliberales, pero no los tiene o ¿pretende ser la continuidad del actual gobierno con izquierdistas?

Es decir, no es de izquierda, pero tampoco neoliberal, ¿qué es Guillier entonces? Es clarísimo: un simpático lector de noticias, un periodista con buen sentido común, una buena persona. Guillier es Guillier. Pero eso es poco para gobernar un país donde la temperatura social viene subiendo y los cocineros de la política están con su humanidad al aire.

¿Cómo llega a ser candidato presidencial? Cuando surge, la Nueva Mayoría era ya una inmensa empresa de intereses corporativos; de proyecto histórico, principios o ideología, ni hablar.

Era como esas empresas al borde de la quiebra que traen un presidente del directorio para dar confianza a los acreedores, habitualmente una persona noble, ingenua, de la tercera edad, con una trayectoria impecable, que tarde o temprano termina declarando en una Fiscalía. Algo de eso había en la primera y segunda candidatura de Bachelet, ¿por qué no intentarlo por tercera vez?

No soy vidente ni psicólogo, pero percibo claramente que los periodistas les han ido perdiendo el respeto a los políticos.

Por la adulación se puede doblegar al más pintado(a). Las cosas han vuelto a la realidad y racionalidad de la política. Guillier quería dejar fuera del comando incluso a radicales que lo habían apoyado desde la primera hora. Debió echar pie atrás. Llamó a comer un asado y dormir siesta durante el primario; feo para un autoproclamado “ciudadano”, ya se les corrió a los No + AFP. No se puede estar extenuado al minuto 10 del segundo tiempo. Sobre los “viejitos de Punta Peuco” no dice nada; de modo oblicuo ya votó por ellos en el Parlamento.

Todas las encuestas se le han puesto en rojo. Se huele la derrota. Pero tiene suerte el candidato, el Frente Amplio anda a los tumbos y no tiene un liderazgo creíble, si no, hace rato que lo habría pasado en las encuestas.

El riesgo del desastre total se asoma en la esquina.

/Columna de Roberto Ávila para El Mostrador

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