La Nueva Mayoría prácticamente ha anunciado una estrategia de campaña consistente en una agenda de gobierno destinada a poner en problemas a la oposición y especialmente a su candidato. O sea, es el equivalente a la reforma laboral de 1999, pero 18 años después, anunciada por la prensa y discutida sin el menor pudor. Es difícil que una estrategia tan obvia pueda rendir frutos, especialmente si se considera que, a diferencia de lo que ocurría en los años de la transición, no existen los senadores designados y el bloque oficialista tiene mayoría en ambas Cámaras.

Los temas que clásicamente han sido utilizados con estos objetivos electoralistas han sido los relativos a la llamada “agenda valórica”, los vinculados a los temas de derechos humanos y los propiamente económico social. En la agenda valórica es muy dudosa la rentabilidad electoral, primero, porque la inmensa mayoría del electorado de derecha es bastante uniforme en estas materias y, recordemos, en un sistema de voto voluntario son bastante movilizadores de los votos más duros. Por el contrario, los que tienen posiciones liberales desde la derecha tienen que optar entre votar por lo económico social o por lo valórico —en el primer caso optando por la oposición, en el segundo por la Nueva Mayoría— y hasta ahora la experiencia demuestra que los temas valóricos no priman para definir el voto.

En lo relativo a los derechos humanos, el esfuerzo parece más estéril aún, porque el ex Presidente Piñera fue opositor político al Gobierno militar, votó por la opción No en el plebiscito de 1988 y durante su propia administración cerró el Penal Cordillera, generando duras críticas desde la propia centroderecha. De manera que pensar que se puede afectar su opción cerrando Punta Peuco es un poco voluntarista. Por el contrario, es difícil que la opinión pública vea esa medida como un acto real de justicia o que la discrepancia a su respecto pueda ser lo suficientemente importante para movilizar votos en la elección de noviembre.

Y, por último, en lo económico social este Gobierno con sus reformas ha perdido el capital que alguna vez tuvo la Concertación. Precisamente, lo que tiene a Piñera en la posición de favoritismo en las encuestas es que la gente siente que este Gobierno no ha llevado progreso a los hogares, por el contrario, el efecto del estancamiento económico se ha sentido en la clase media de una manera completamente diferente a como se sentía en el país predominantemente pobre del pasado.

Este es el problema de fondo para el que la Nueva Mayoría no tiene respuesta: los chilenos sienten claramente que con Piñera estaban mejor que ahora. Los temas valóricos o los vinculados al pasado pueden generar opinión, pero no compiten con ese sentido práctico que lleva a todos a buscar mejores condiciones personales de vida. 

Lo realmente malo, en todo caso, es jugar con la vida de personas concretas, con sus emociones y valores, con un objetivo meramente electoral, como es tratar de mejorar la competitividad de su candidatura presidencial. Hay una diferencia radical con el proyecto de reforma laboral que afirmó a la candidatura de Lagos: entonces la Concertación representaba una opción moderada, que daba garantías de estabilidad. Las alternativas en juego se diferenciaban en cuestiones de énfasis, Lagos y Lavín representaban diferentes maneras de encauzar los frutos del crecimiento, dentro del modelo de desarrollo.

Hoy, en cambio, los chilenos han visto los riesgos de apartarse de la senda que llevó a Chile a ser el país más desarrollado y con mejor calidad de vida de América Latina. La Nueva Mayoría perdió el atributo de ofrecer confianza y seguridad, esos son problemas de fondo que no se resuelven con una agenda artificiosa para dividir a las personas.

La política, como en la rutina de los buenos humoristas, requiere de la capacidad de sorprender, razonar de una manera que la gente no espera, ofrecer algo que desarme la lógica imperante y consiga la sonrisa, o el voto. Claramente nada de eso se logra con una estrategia conocida y anunciada, más bien suena a lo propio de los malos humoristas: chistes repetidos que, por conocidos, se sabe desde que comienzan a donde terminan.

Gonzalo Cordero, #ForoLíbero

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