En discusiones de alta densidad conceptual, como las que se refieren al aborto, se formulan algunos argumentos que impresionan, que seducen. Es bueno precisarlo, hoy que debe decidir el Tribunal Constitucional

Pero una mirada serena devela cuán pobres son algunos de ellos, cuánto hay de sofisma en algunas de esas expresiones.

Tres han sido los más repetidos en estos últimos días.

En primer lugar, el formulado por aquellos senadores democristianos que afirman que han votado en conciencia, porque en su partido se respetan todas las convicciones.

Pero ¿cuando una persona ingresa a un partido político lo hace mecánicamente? Por cierto que no. Al decidir militar, lo hace en conciencia, evalúa los principios de ese partido y decide aceptarlos. Solo por eso milita. Y si no hubiera procedido con esa seriedad, sería un inconsciente. Por eso, mientras una persona permanece en un partido, su conciencia la obliga a adherir a los principios o, si entra en contradicción con ellos, está obligada a intentar cambiarlos o a marcharse de la colectividad. Quedarse dentro de un partido político cuando la propia conciencia está en contra de los principios de la colectividad es una grave inconsecuencia.

En el caso de la DC, los principios y los acuerdos recientes que los refrendan están muy claros. Y si hubo quienes no los aprobaron, ¿su rechazo no comprometía su conciencia? ¿No debieron haberse marchado de la DC todos los que eran partidarios de las tres causales cuando ellas fueron claramente desechadas al afirmarse que “el aborto es un atentado al derecho a la vida de cada ser humano”?

El segundo sofisma es una afirmación falsa en los hechos en los que parece fundarse y falsa también en su argumentación.

Sostienen los partidarios del aborto que quienes habrían sido cómplices activos (el “pasivos” de Piñera les sirve de poco) de las violaciones de los derechos humanos no están habilitados para defender la vida del que está por nacer.

El argumento parece poderoso, pero es paupérrimo. Lo es, primero, porque quienes son acusados siempre han afirmado que todo acto terrorista, que toda tortura, que toda violencia revolucionaria, que todo acto de desaparición de personas, es un atentado gravísimo contra la dignidad humana. A diferencia de quienes desde la izquierda reivindican esas acciones, los acusados en la derecha han sido rotundos una y mil veces para repudiar esos actos.

Pero la falla es sobre todo lógica. Los terroristas, los torturadores, los violentistas, los aniquiladores, creen que pueden justificar su actuación porque ven en el otro a un injusto agresor. Los abortistas jamás usan ese argumento. No tienen el valor de hacerlo. Saben que atacan a mansalva. Cierran sus ojos ante las escenas de trituración de embriones. Incluso ellos apartan la mirada ante tamaña crueldad. Compararlos a unos y a otros es un pobre subterfugio para amparar a los abortistas, como si el embrión fuese un supuesto agresor.

Y en tercer lugar, hay quienes sostienen que solicitar a las mujeres que mantengan embarazos en las situaciones de las tres causales es pedirles conductas supererogatorias o heroicas.

Pero ¿no es acaso la conservación de la vida, de la existencia, de la evolución de esas células, de cualquier cosa en la que ese proceso consista, lo menos que se puede pedir? ¿Cómo podría ser supererogatorio o heroico un comportamiento que coincide con el mínimo posible, cuando la definición de lo heroico es justamente otra, la de un máximo extraordinario?

Cuando un niño de una semana de vida está gravemente enfermo o es abandonado en la puerta de una casa, ¿no es acaso lo mínimo exigible -nada heroico- procurar por todos los medios la conservación de su vida? ¿Una semana hace la diferencia o la diferencia la hace el sofisma?

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