Como periodista modestamente iniciado en Historia, soy admirador casi fanático de San Martín. El hombre de los misterios, los escritos breves, las conversaciones reservadas y la ejemplar verticalidad moral.

He notado que, cuando algunos escritores publican textos que cuestionan la gloria del Libertador, son silenciados sin réplica. Algo así sucedió con Juan B. Sejean, que escribió la Tercera Invasión Inglesa, con Héctor Chumbita, que intentó penetrar en el secreto de Yapeyú (la supuesta madre guaraní de don José, llamada Rosa Guarú o Juana Cristaldo, hipotética amante del marino español don Diego de Alvear), y con el estudio de Antonio Calabrese, que declara a San Martín un agente inglés, aunque brillante militar.

Lo honrado es escucharlo todo, ventilarlo, debatirlo, sin demonizar a los protagonistas de una época que no es la nuestra. Por eso, al cumplirse 200 años de la batalla de Chacabuco (12 de febrero de 1817) creo justo repasar algunos apuntes de la obra de Emilio Ocampo: La Independencia Argentina, de la fábula a la historia.

Nacido en nuestro país, San Martín recibió toda su formación en España, y allí se encontraba combatiendo por los Borbones el 25 de mayo de 1810.

Dos años después de la Revolucion de Mayo y cuatro después de las Invasiones Inglesas, que trajeron un torbellino de ideas europeas y la inmigración de numerosos comerciantes, viajeros, espías, confidentes, profesionales e influyentes británicos, pero también franceses y norteamericanos, San Martín llegaba al Río de la Plata junto a unos veinte militares profesionales en busca de salvar sus carreras y tal vez su vida. A bordo de la famosa fragata británica George Canning. El más distinguido de ellos, Carlos de Alvear. Pero también Eduardo Rainitz, barón de Holmberg, José Matías Zapiola y muchos otros.

Ahora bien, San Martín entró al ejército patriota con su grado español de sargento mayor. Su primera labor fue la constitución de una logia o sociedad secreta, que ya no era –aparentemente- necesaria, desde que las actividades de los revolucionarios podían desarrollarse a cara descubierta. Tenían el Gobierno.

San Martín se casó con la adolescente Remedios Escalada (el padrino fue Alvear) y se le encomendó la formación de un Regimiento de Granaderos con impronta napoleónica. Alvear y San Martín, juntos, produjeron el 8 de octubre de 1812 el primer golpe militar de nuestra historia, remplazando al primer triunvirato por el segundo, integrado totalmente por logistas.

Este nuevo gobierno otorgó a San Martin el grado de general y el mando del ejercito patriota, con la orden de conquistar las provincias argentinas del norte, conocidas como Alto Perú. Pertenecían al antiguo Virreinato del Río de la Plata.

San Martín (siempre según el relato de Ocampo) prefirió no atacar de frente a los españoles en las provincias argentinas del norte. Eligió hacerlo por retaguardia, es decir, desde el Perú. El camino hacia El Callao y Lima, en aquel momento, era Chile, que en aquella época (1813) tenía ya gobierno independiente, como Buenos Aires.

Para asumir el comando, San Martín se hizo nombrar gobernador de Mendoza, pero justo entonces los españoles recuperaron el control de Chile. Los exiliados chilenos se congregaron en Mendoza para acompañar a San Martín, aunque se produjeron enfrentamientos internos en el grupo trasandino, básicamente entre O´Higgins y los hermanos Carrera, tres patriotas chilenos que serían fusilados en poco tiempo. Dentro del territorio argentino. Como Liniers y Alzaga.

Con un pequeño ejército de chilenos y argentinos, cruzó los Andes y batió a los españoles en la cuesta de Chacabuco.

El mundo conoció entonces a una estrella ascendente en el cielo de los mariscales, conquistadores y emperadores: José de San Martín, vencedor de un veterano ejército que se había batido en el mundo entero. Pero en lugar de perseguir a los españoles en el Sud hasta rendirlos, regresó al Plata –siempre según la versión de Ocampo- volviendo luego a Chile para dar una segunda batalla, la de Maipú, el 5 de abril de 1818. Los realistas no pudieron reponerse.

Según Ocampo, entonces, San Martín no liberó a la Argentina (que ya era independiente, si bien en el desorden) ni al Perú, pues esta tarea la dejó inconclusa y fue completada por Bolivar y Sucre.

Según Ocampo, San Martín aceptó el gobierno civil y político del Perú, una vez recibido con alegría y sin lucha, cuando debería haberse apartado para cumplir sus órdenes: recuperar las provincias rioplatenses del norte, llamadas Alto Perú. Las más ricas en metales preciosos, las más pobladas.

¿Qué hacía San Martín en aquel largo año transcurrido entre Chacabuco y Maipú? Según algunas versiones, solicitaba órdenes e indicaciones a sus mentores ingleses. Según otros, se abandonaba a la adicción del láudano u opio líquido.

Lo cierto es que, al menos según la más reciente versión (de Rodolfo Terragno) vino a nuestro país convencido y ayudado por Lord MacDuff, viejo amigo escocés, y en la versión de Ocampo intentó apoderarse de Ecuador, pero se encontró en Guayaquil con Simón Bolívar, que tenía (él sí) un pueblo detrás (jugaba de local, por así decirlo) y no quiso siquiera compartir la gloria de finalizar la guerra peruana. Bolívar no era –ni posaba de- modesto.

El único país liberado por San Martín, según Ocampo, fue Chile.

A mi modesto entender, todas estas conjeturas y opiniones (honestas, versadas, audaces o novedosas) no lo hacen a San Martín menos Libertador, menos héroe ni menos recto.

Pero hay misterios en su vida. Muchos. Quisiera saber más. Sobre Chacabuco, sobre Cádiz, sobre Londres y sobre el escarnecido Alvear. A quien tal vez se le reprocha que era demasiado joven y pertenecía a una familia rica y de alcurnia. Sería un rasgo muy argentino.

El saldo histórico de la gesta libertadora es negativo, desde el punto de vista territorial: el Río de la Plata perdió la rica Bolivia mineral, el Paraguay, el Uruguay, Chile (que hubiera podido anexarse)y parte de las Misiones. Desgracias que luego serían completadas por las Malvinas.

Personalmente, agradezco al profesor Ocampo su notable estudio. Perdón si esta síntesis deja algunos cabos sueltos. Era inevitable.

/Columna de Rolando Hanglin para Infobae

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