A 10 AÑOS de su puesta en marcha, prácticamente todos coinciden en el tremendo desastre del sistema tan mal diseñado por Lagos y peor implementado por Bachelet. Por un lado está el voluntarismo mesiánico de Lagos y, por otro, la incompetencia atávica. Lagos ofreció un mucho mejor servicio, choferes mejor pagados, menor contaminación, menos congestión, menos tiempo de viaje con menos buses, y además de todo eso, más barato que antes, sin que le costara un peso al Estado. Eso se lograría porque unos genios sentados en un escritorio con computador, hicieron un diseño de papel sin conexión con la “realidad”. En ese entonces había entre 6.500 y 7.000 buses amarillos; Lagos decidió que lo haría con 4.400. Iluminados.

Bachelet, por su parte, nunca entendió bien de qué se trataba todo esto, nunca estudió a fondo el proyecto y, a pesar de su intuición, le hizo caso a funcionarios tan ignorantes como ella. Más aún, convencieron a Zamorano para que les prestara imagen y finalmente lo reventaron. De más está decir que Zamorano no debe haber hecho muchas preguntas sobre el tema y les creyó.

El resultado lo conocemos todos. El Transantiago de Lagos y Bachelet es el símbolo de cómo no deben hacerse las cosas. Peor aún, es un lastre tan gigante que penará sobre el transporte y las arcas fiscales por mucho tiempo. Aquello que sería un avance maravilloso y sin recursos estatales, ha costado miles de millones de dólares, y el transporte empeoró. En términos gruesos, cuesta unos mil millones de dólares al año,  que es unas cinco veces lo que fue el aporte de dineros nuevos a la gratuidad. Es muchísimo más de lo que invierte el Estado en ciencia y tecnología. Para qué hablar del presupuesto del Sename o de los centros de atención de la tercera edad. A este gran desatino público le siguió otra política pública igual de mal pensada, que fue compensar a las regiones con igual monto, no por proyectos debidamente evaluados socialmente.

Hoy tenemos nuevamente 6.500 buses o más, incluyendo los trágicos buses orugas que circulan por las estrechas calles de Santiago, tapando las intersecciones una y otra vez. Como además ya están viejos, se parecen cada vez más a las amarillas. La evasión es hoy parte de la cultura nacional. Y lo peor es que se ha transformado en un subsidio a la oferta, lo que es tremendamente regresivo en políticas públicas. En vez de bajar personas de los autos, aumentaron las personas que se subieron al auto. Al mismo tiempo se sobrecargó el Metro, deteriorándolo. Todo mal.

Es muy difícil que en un gobierno de cuatro años (otro error garrafal de la clase política) un gobernante se anime a un cambio radical del sistema, que en sí no tiene arreglo. Por eso estamos amarrados. Un diputado delirante propuso que el transporte público fuera gratuito.

Michelle Bachelet fue reelegida pese a su ineptitud, la que ha campeado en su segundo mandato. Ricardo Lagos quiere ahora volver al trono, con una lista de errores no menor donde el Transantiago es solo uno de ellos. Alejandro Guillier, como buen izquierdista, cree que los discursos arreglan los problemas. De gestión entiende poco o nada. Todos ellos hablan de “escuchar a la gente”, lo que es una retórica populista con poco sentido. ¿Qué es la gente? Las masas no piensan, lo hacen las personas. La “opinión de la gente” es más bien lo que dicen las encuestas. Lo que nos interesa a los votantes es saber qué proponen y piensan los candidatos. En ese sentido, Lagos se distingue al tratar de hacer un debate de ideas y no de eslóganes. Lo que queremos son soluciones concretas, no discursos ni buenas intenciones. Queremos saber quiénes serán los equipos de trabajo. El equipo de Bachelet fue de tercera división, salvo alguna excepción.

Es fundamental que como población exijamos una propuesta concreta sobre el transporte, la congestión y la contaminación de las ciudades. Lo queremos ver en las propuestas de programas de gobierno. Necesitamos una auténtica revolución tecnológica en la administración del transporte en ciudades, que deben ser cada vez más inteligentes. Me cuesta ver a Guillier en esos temas, como me cuesta ver a Ossandón, y ni hablar de Insulza o Atria que seguramente aún cree en la lucha de dos grandes clases. En esas lides solo califican Piñera y Lagos.

/columna de Sergio Melnick para La Tercera

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