Si bien todavía no se ha dicho la última palabra, la reciente aprobación del aborto por parte del Senado ha sido, ciertamente, una noticia dolorosa. La ley es un instrumento de protección de los débiles y me parece contradictorio que los legisladores den su voto para apoyar una iniciativa que busca eliminarlos. Como los esfuerzos que he realizado a favor de la vida son de todos conocidos, muchas personas me preguntan qué haré ahora: quizá temen que, después de tanto empeño, de un día para otro me haya quedado sin una razón para mantener mi presencia pública.

¿Qué haré de ahora en adelante? Lo mismo de siempre. Mi preocupación por los no nacidos no es un gusto exótico, un hobby que se tiene y que se abandona cuando cambian las circunstancias.

Esta preocupación es solo un aspecto de una actitud más amplia, que desearía que todos los políticos compartieran: el interés por los débiles. Los no nacidos son, precisamente, los más débiles de los débiles. Abandonarlos porque está a punto de aprobarse una ley de aborto sería hacerles traición. Más allá de lo que diga la legislación, es necesario seguir promoviendo la conciencia de que toda vida humana es sagrada.

Además, en nuestra sociedad abundan las personas vulnerables, comenzando por las madres embarazadas que pasan por circunstancias adversas, a quienes se ofrece un remedio, el aborto, que no remedia nada. También están los adultos mayores y las personas con capacidades diferentes. Son los que sobran, los olvidados por aquello que el Papa Francisco ha llamado “la cultura del descarte”.

Como ha señalado el filósofo español Alejandro Llano, nuestra sociedad solo considera relevante lo que se traduce en dinero, influencia y poder, tres elementos a los que no pueden acceder las personas que tienen serias dificultades físicas o mentales, o cuyas fuerzas declinan por el avance de la edad. Ellos no constituyen un “mercado” atractivo desde un punto de vista económico o electoral.

Por eso necesitan que haya personas que se empeñen por hacerlos visibles, por ser la voz de los que no tienen voz: gustosamente sumaré mis esfuerzos a quienes están trabajando en esa hermosa tarea, continuando mi tarea en la Fundación Las Rosas, entre otras.

El desafío para nuestro país es tomarse en serio a estas personas vulnerables y sus necesidades, sin contentarse con proclamaciones retóricas. Mucho se habla, en efecto, de inclusión en las escuelas, pero es un mito: todos somos testigos de cómo los padres y madres de niños con discapacidad deben llevar a cabo un auténtico peregrinaje para encontrar un lugar que no les cierre las puertas a sus hijos.

Necesitamos imaginación y generosidad para reemplazar la cultura del descarte, de carácter negativo, por una cultura de la acogida, donde nadie sobre. La aprobación del aborto es solo un síntoma de una falla más profunda. Indica que tenemos que dedicar nuestros mejores esfuerzos a la promoción de la solidaridad.

/Blog de Soledad Alvear en el diario La Tercera

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