La más vieja e intuitiva regla del comportamiento correcto es la conocida como regla de oro: trata a los demás como quisieras que te trataran a ti, o al revés, espera que los demás te traten como tú los tratas a ellos.

Desde el punto de vista conceptual, se trata de un mandato de reciprocidad: imagina que eres todos los hombres y considéralos del mismo modo que esperarías te consideraran a ti. Aplicada a un individuo en particular, significa que él consideraría correcto se le tratara de la misma forma que él trata a otros.

La regla viene al caso a propósito del viaje familiar del diputado Gabriel Boric. El diputado Boric -con toda razón en la mayoría de los casos- ha criticado a sus pares cada vez que advierte en ellos un aprovechamiento de su propia posición institucional, un conflicto de interés o un abandono, siquiera leve, de sus deberes.

La regla de oro indica que él no debe sorprenderse, ni molestarse, cuando sus colegas o la opinión pública hacen lo mismo con él.

Es lo que ocurrió esta semana.

Según se reveló, el diputado Boric viajó, en conjunto con un gran número de miembros de su familia, a la isla Lenox a homenajear a uno de sus antepasados. El acto no tiene, en sí mismo, nada de reprochable, y por el contrario, es encomiable: un sentido de la pertenencia y gratitud familiar tan extendido y tan antiguo, es hoy por hoy más bien escaso.

El problema es que el diputado Boric y su familia hicieron el viaje en una embarcación de la Armada de Chile entre cuyos deberes y funciones no se encuentra, por supuesto, la celebración de actividades familiares.

Una vez que la situación fue denunciada por un periódico electrónico -El Muro-, el diputado Boric dio las explicaciones del caso. La familia habría, simplemente, aprovechado un viaje habitual que la Armada hace a esa zona, de manera que el viaje no significó un gasto adicional para el Estado. La Armada, por su parte, con calculada ambigüedad, dijo que el buque no había sido puesto “exclusivamente a disposición de la familia”. Y agregó:

“La Armada apoyó, pero todo esto circunscrito al apoyo logístico que se hace regularmente a la isla y a las Alcaldías de Mar repartidas en la zona”.

Salta a la vista lo inadecuado de esas explicaciones. Tanto la del diputado, como la de la Armada.

La del diputado, desde luego.

No es relevante -como él arguyó- que el viaje no haya significado un gasto adicional para el Estado, lo relevante es si en este caso se hizo uso de una posición de poder (de la familia o del diputado, poco importa) para tomar ventaja de un bien estatal. ¿O acaso cualquier vecino podría convencer a la Armada de trasladar a su familia a una conmemoración privada? Tampoco es relevante si la familia hubiera pagado por el viaje. El diputado sabe que pagar por un bien, al que la generalidad no tendría acceso, no anula un privilegio, sino que lo confirma. (¿No es eso lo que se alega en educación?).

Tampoco es correcta la explicación de la Armada.

Es verdad que la Armada presta apoyo logístico a las islas; pero es obvio, y no vale la pena negarlo, que un homenaje a un ancestro familiar (o cualquier otro propósito privado) no es de aquellos incluidos en los deberes de esa institución (como alguna vez lo declaró de manera explícita e inequívoca la Contraloría General de la República en el dictamen 062512N08). La Armada, sencillamente, violó ese dictamen.

El recuerdo de otros casos más bien nimios -la imparcialidad obliga- ayuda, por si fuera poco, a calibrar este.

El año 2008, la subsecretaria Ellinet Wolff debió renunciar cuando se descubrió que usaba el auto fiscal para vender frambuesas los fines de semana (ella, sin embargo, pagaba la bencina). El año 1999, Jorge Heine debió renunciar al Ministerio de Bienes Nacionales cuando se descubrió que confundía gastos domésticos (en cualquier caso menores) con los de la repartición que dirigía.

En presencia de esos casos (y recordando el rigor que a ellos se aplicó), la explicación de la Armada y la del diputado Boric son pueriles y eluden el verdadero problema; un problema del que tanto se ha quejado la sociedad chilena el último tiempo (alentada, entre otros, por el propio diputado Boric): el privilegio, la preferencia para el empleo de bienes públicos, la ventaja inmerecida, la explicación vaga.

Y la regla de oro (haz lo que esperarías que los demás hicieran) obliga ahora al diputado Boric a reconocer el error que cometió o en el que el entusiasmo de su familia por homenajear a un ancestro, sumado a la increíble liviandad de la Armada, lo envolvió.

Es lo que menos debe hacer.

/columna de Carlos Peña para El Mercurio

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