Nos creíamos invulnerables al rebrote terrorista. Más por superstición que por raciocinio. Y porque pensábamos acaso que el tributo de sangre etarra y la matanza de Atocha habían saciado la hipótesis atroz de un nuevo escarmiento de amputaciones.

Nos confortaba el trabajo de nuestra inteligencia, de nuestras policías. Y lo hacía el inventario de atentados evitados, de células neutraliazadas. Tenía que servir de ayuda haber estado tantos años expuestos a la barbarie del terrorismo, nos decíamos. Y contribuía a la idea de la inmunidad la prudencia, la inexistencia, de nuestra política exterior. Ni fuimos protagonistas en Siria ni aceptamos adquirir riesgos en las emergencias subsaharianas de la yihad. Cada uno tiene su guerra -qué gran error- y nos parecía que Francia debía responder a sus atentados. Y Reino Unido a los suyos. Y Alemania debía hacer lo mismo, como Bélgica, como Suecia.

Se retrataba así la ausencia y la tragedia de una verdadera política común. La UE no combate unida al terrorismo. No comparte suficiente información. Se malogra la respuesta entre la burocracia y la especulación. Y nos creíamos invulnerables en España, ajenos a la arbitrariedad del terrorismo atmosférico, ubicuo, absoluto.

Conviene familiarizarse con la ferocidad e impunidad del yihadismo. Y no es cuestión de resignarse a él, sino de asimilar las complicaciones que reviste plantar cara a un enemigo abstracto. Ni siquiera hace falta armamento. Un coche, un cuchillo, representan un camino hacia el martirio tan elemental como pavoroso.

Estaba claro que el Estado Islámico iba a atribuirse la masacre de Barcelona. No quiere decir que estuviera implicado en la concepción y en la logística de la matanza, pero Al Baghdadi ha logrado patentar el terrorismo imitativo, ambiental. Ha conseguido la autoría intelectual, editorial, propagandística de cualquier acción que redunde en el mensaje de la guerra a Occidente. Especialmente, cuando los crímenes ocurren en ciudades de “perdición” y en aglomeraciones. Turistas que se divierten. Infieles que se bañan sin apenas ropa. Y que peregrinan por La Rambla como pervertidos.

Creíamos que el 11-M era una fecha sin derecho a prolongarse en el martirologio. Y que habíamos escapado a la fatalidad, no está claro por cuáles razones. Supercherías. Sangre derramada. Y una cierta ingenuidad respecto a las masacres que sucedían tan cerca de nosotros. Hacíamos el esfuerzo de considerarlas un problema ajeno. Y no por cinismo ni frivolidad, sino porque los dioses del miedo, del fanatismo, de la supremacía étnica, del pasamontañas, del turbante, ya nos habían vampirizado hasta dejarnos exangües. Y no es así. El 17-A -ya tenemos otra fecha de la que temblar- nos ha secuestrado la inocencia. La hemos perdido en Barcelona, como la podíamos haber perdido en Madrid o en Granada. Y el duelo nos hará recordar que somos más españoles de cuanto pensamos. Que compartimos tantas cosas. Y que es temeraria la involución soberanista precisamente cuando la distancia de Madrid y de Barcelona, y de Barcelona y de Bruselas, han de ser más cortas que nunca.

Columna de Rubén Amón para El País de España

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