La disputa por cupos parlamentarios en el Frente Amplio ha abierto una serie de críticas a dicho conglomerado. La mayoría apunta a la inconsecuencia con el discurso purista que sostenía a este grupo de movimientos que conforman esta alianza de izquierda. Sin embargo, la forma y el fondo del conflicto, más allá de cómo termine, constituyen una auto-aniquilación de los pilares que sostenían su empresa.

Tanto Giorgio Jackson como Gabriel Boric y Alberto Mayol, fueron construyendo su proyecto político desde la apropiación de un discurso que simbolizaba –en un escenario de desprestigio de la política- el surgimiento de una nueva izquierda. Aquella operaba a modo de una constante denuncia, tratando así de diferenciarse completamente de los bloques que lideraron estos últimos  veinte años. Denunciaban críticamente una “complicidad” duopólica que debía ser erradicada a partir de la desvalorización de la lógica de los consensos. Y tuvieron éxito, pues de algún modo, fueron gestores de la Nueva Mayoría y su programa, obtuvieron cupos en el parlamento, instalaron varios de sus temas en la agenda de reformas discutidas durante estos años, lograron levantar una candidatura que compite estrechamente en las encuestas con el candidato oficialista. Todo esto fue posible porque se vestían de un purismo que los desvinculaba de la tradición que sancionaban abiertamente. El Frente amplio fue casi una curia que desafiaba modificar el paisaje político.

Lograron posicionarse y ser reconocidos por aquel discurso que acusaba y sancionaba las negociaciones políticas entre cuatro paredes. Pero si su promesa reformista se sustentaba en el rechazo a la política de la “cocina”, entonces dicha promesa se rompió. Podrán seguir llamándose igual o podrán cambiarse el nombre; podrán justificarse una y otra vez simulando que Giorgio no quiere ser diputado “protegido”, pero la ciudadanía ya los vio caer en las redes de las mismas controversias y modos de acción que decían querer erradicar. Algunos seguirán creyendo en ellos, otros los preferirán aun cuestionando su relato, pero la duda y la mancha ya cayó sobre los trajes blancos que vestía el Frente Amplio en plena época de la cruel e injusta posverdad.

Al final del día, más allá de cómo se resuelva internamente esta trama, lo lamentable es que esta “nueva izquierda” ha dejado ver que las disputas que los agobia, y las formas de resolverlas, son las mismas que pretendía superar a partir de su discurso impugnador. Su conflicto los develó como  parte del problema que invade a nuestra clase política pero que  ellos, mesiánicamente, se arrogaban poder superar. Por eso, el Frente Amplio –como símbolo de purismo y vanguardia- se acabó. El lugar (o causa) del quiebre fue -paradójicamente- la cocina.

/Columna de Claudio Arqueros para el diario La Tercera

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