Terminó en Cuba, al menos en el papel, la utopía revolucionaria del siglo XX liderada por los hermanos Castro y que ahora tiene a Miguel Diaz-Canel con el representante de la dictadura en la Isla. Para nadie es un secreto la gran fascinación de los medios estadounidenses por Fidel Castro, incluso antes de que llegara al poder en enero de 1959. Desde el año 1957, tanto Herbert Mathews como Andrew St. George comenzaron a difundir imágenes del líder cubano en Estados Unidos que contribuyeron no sólo a la erotización de su figura, sino a crear una visión romántica del proceso revolucionario. La admiración por Fidel Castro los llevó, incluso, a desestimar fusilamientos y las arbitrariedades del caudillo y su ejército de barbudos en la Sierra Maestra.

Pero al comandante también le fascinaban los periodistas y las cámaras y figuró como una gran celebrity, un superstar mediático, un dictador movie star como lo bautizó la periodista Ann Louise Bardach, que secuestró la atención más allá de las fronteras cubanas“Sería difícil elegir una mejor opción que Fidel Castro para escribir una biografía o un filme épico de Hollywood”, pensaba el periodista independiente David Holahan en 1986. A diferencia del desprecio que siempre sintió por los medios de la Isla, a Castro siempre le gustó aparecer en la prensa de Estados Unidos. Pero no siempre fueron las grandes cadenas como The New York Times o CBS, las que dieron voz a Fidel Castro. Quizás muy pocos sepan que la controversial revista de entretenimiento para hombres Playboy fue un sitio a través del cual Fidel Castro pudo llegar a millones de personas.

El comandante y las conejitas. The Playboy Interview

Fidel Castro figuró en las páginas de Playboy en varias ocasiones, específicamente en “The Playboy Interview”, uno de los espacios editoriales más leídos en los Estados entre las décadas de 1960 y 1980. En esa sección aparecieron entrevistas de Jean Paul Sartre, The Beatles, Malcom X, Muhhamad Ali, Vladimir Nabokov, Martin Luther King Jr, Orson Wells, entre otros. La primera entrevista a Fidel Castro apareció en Playboy en enero de 1967 y el entrevistador fue Lee Lockwood, un fotorreportero que se había reunido con Castro en la Isla y estaba a punto publicar su libro Castro’s Cuba, Cuba’s Fidel con la editorial Macmillan.

La entrevista se publicó con el título “Fidel Castro: a candid conversation with the bellicose dictator of communist Cuba” (Fidel Castro: una cándida conversación con el belicoso dictador de la Cuba comunista). Todo parece indicar que el líder cubano supo de su aparición en Playboy; porque le envió una carta a Hugh Hefner. Aunque el contenido de la carta sigue siendo un acertijo, se sabe que ese documento, tres fotos del dictador y la papelería generada durante la entrevista con Lockwood, conformaron el lote 191 que fue vendido por Christies en una subasta hace algunos años por 8,963 dólares.

PB

La entrevista a Fidel Castro en Playboy estuvo precedida por una larga introducción del propio Hefner quien destacó que el líder cubano era posiblemente “el más odiado dictador del hemisferio occidental”; pero que en su país, en Cuba, era “un hombre indispensable, un déspota ubicuo que le imprime su energía a casi todos los aspectos de la vida en la Cuba contemporánea.” Para bien o para mal, señalaba Hefner, “él es Cuba.”

Por su parte, Lee Lockwood había señalado que una entrevista con el dictador cubano era “una experiencia extraordinaria”; pero aclaró que la interacción con Fidel Castro, a menos que el entrevistador mantuviera su posición, podía ser no una conversación, sino un extenso monólogo con preguntas ocasionales.” La mayoría de las preguntas de Lockwood rastrearon los orígenes comunistas de Fidel Castro y a trató de descifrar si las políticas del gobierno estadounidense habían influido en la radicalización del líder cubano.

Además, hablaron de la crisis de octubre de 1962 provocada por misiles soviéticos en territorio cubano. El comandante aseguró que además de un pacto de no agresión a Cuba, que se firmó entre Estados Unidos y la URRS, se hicieron otros acuerdos sobre los que no se ha dicho una palabra. Sin embargo, agregaba, “pienso que este no es el mejor momento para hablar de eso (…) Algún día, quizás, se sepa que los Estados Unidos hicieron algunas otras concesiones con relación de la crisis de octubre más allá de los que se hicieron públicos.”

Lockwood también preguntó a Fidel Castro acerca de la existencia y la cantidad de prisioneros políticos en la Isla. “Aunque usualmente nosotros no damos esa clase de información, voy a hacer una excepción contigo. Pienso que tiene que haber aproximadamente 20,000”, comentó el dictador.  A pie de página el editor de Playboy agregó una nota citando un artículo de la revista Time del 8 de octubre de 1965, que estimaba que el número de prisioneros políticos en Cuba estaba cerca de los 50,000. El comandante restó importancia al asunto diciendo que esa cifra comprendía todos los sentenciados por los tribunales revolucionarios. Es decir, no sólo aquellos involucrados en actividades “contrarrevolucionarias”, sino también los que habían cometido algún tipo de delito durante el régimen de Fulgencio Bastista. “Desafortunadamente, nosotros vamos a tener presos contrarrevolucionarios por muchos años”; porque “en un proceso revolucionario no puede haber neutrales; hay sólo partidarios de la revolución o enemigos de la revolución”, agregó.

El periodista siguió increpándolo de un modo muy sutil y preguntó acerca del adoctrinamiento ideológico. Fidel Castro aseguró que se oponía a las listas negras de libros, a la prohibición de los filmes; pero cuando el comandante se creía en zona de confort, el periodista lo interpelaba con preguntas cada vez más incómodas que entrapaban al dictador en su propia retórica. “Lo que dices es cierto. Hay muy poca crítica. Un enemigo del socialismo no puede escribir en nuestros periódicos; pero nosotros no lo negamos y no vamos por ahí proclamando hipócritamente una libertad de prensa que no existe. Naturalmente tú me puedes decir que en Estados Unidos es posible publicar un libro que sea contra el gobierno o que se pueden escribir artículos contra el establishment.”

En otro momento de la entrevista, Lockwood preguntó por qué la prensa cubana tenía una posición tan parcializada sobre los Estados a lo que el caudillo respondió: “No te voy a decir que nosotros no hacemos eso. Es verdad, todo lo que nosotros decimos sobre los Estados Unidos destaca esencialmente los peores aspectos y es muy raro que las cosas favorables que pasan allá se publiquen aquí. Nosotros simplemente tenemos una actitud similar a la que tiene tu país hacia Cuba.” Con la única diferencia, agregó, “que nosotros no escribimos falsedades de Estados Unidos. Te lo dije, nosotros enfatizamos las peores cosas; pero nosotros no inventamos ninguna mentira.”

El periodista iba subiendo cada vez más el tono y le preguntó a Fidel Castro si se consideraba un dictador. Reflexionó sobre la cuestión religiosa y mesiánica del líder cubano y sobre el culto a la personalidad que se desarrolló en torno a su figura. Además, apuntó la existencia de miles de “inspiradores” retratos y fotografías que existían en los hogares cubanos y en edificios públicos con la imagen del caudillo. Fidel Castro respondió.

Yo no sé si tú estás al tanto o no que una de las primeras leyes que aprobó el gobierno revolucionario, fue siguiendo una propuesta mía. Fue un edicto contra la construcción de estatuas a líderes vivos, o que se pusieran sus fotografías en las oficinas del gobierno (…) Ahora tú vas a ver en muchas casas, escuelas y lugares públicos, una pequeña fotografía en un marquito, en un librero o en la esquina de un escritorio. Pero de dónde vienen esas fotografías. De las revistas de los periódicos, de los posters de los actos públicos (…) y permíteme decirte, finalmente, que yo no experimento ninguna satisfacción personal cuando leo algunos de la cualidades que se me atribuyen en la prensa. Jamás he sentido un solo segundo de placer en eso. Te puedo decir con toda sinceridad, que no tienen ninguna importancia para mí. Y yo pienso que eso es algo positivo. Porque por regla general, el poder corrompe a los hombres. Los hace individualistas y egoístas. Afortunadamente eso nunca me ha pasado a mí y no pienso que me pase.”

Se desconoce si Hefner o Lockwood enviaron ejemplares de la revista a Fidel Castro. Si lo hicieron seguramente tiene que haber sido por valija diplomática porque para entonces, publicaciones como Playboy eran consideradas como pornográficas y “diversionistas” desde el punto de vista ideológico y no gozaban de la simpatía del régimen cubano.

El interés de Hugh Hefner por Fidel Castro se mantuvo por mucho tiempo. En mayo de 1981, esta entrevista apareció en el libro Playboy Interview, publicado por Playboy Press. En 1984, la revista People nombró a Fidel Castro como uno de los hombres “mejor vestidos del mundo” y se le integró en el salón de la fama de la publicación junto a la princesa Diana de Gales y la estrella de rock Davie Bowie. “Los jurados de People parecen estar premiando más la persistencia que la elegancia”, comentó irónicamente en el Chicago Tribune, el periodista Rob Morse, y agregaba: “Desestimaron las charreteras de ópera cómica del dictador libio Muammar Gaddafi” e “ignoraron las contribuciones realizadas por Yasser Arafat a los artículos de modas para caballeros, y su hábito de llevar pistola a cualquier lugar.”

Efectivamente, hasta su desaparición de la escena pública como jefe del Estado cubano y salvo en contadas ocasiones, el Comandante Fidel Castro no usó otro atuendo que sus trajes de verde oliva, que sedujo a muchos jóvenes izquierdistas que veían al dictador cubano como un símbolo de rebeldía constante, frente al imperio norteamericano. En 1977 George F. Will apuntaba en Los Angeles Times que Fidel Castro no era “menos dictador que Trujillo; pero Castro entendió que en Occidente hay muchos izquierdistas para los que su odio a las dictaduras es menos constante que su afición por sus héroes políticos.” Además, agregó, que aunque ya la gente no tenía estómago para los dictadores, Castro sabía cómo manejar los símbolos del heroísmo. El traje de verde olivo de Castro, subrayaba, era como la ropa de los estudiantes radicales que estudiaban en escuelas caras, que expresaban reverencia por las masas; pero sin ninguna intención de compartir sus destinos.

Después de que People lo nombró como uno “de los mejor vestidos” en el mundo”, no es de extrañar que Hefner volviera a llevar a Fidel Castro a las páginas de su magazine. En agosto de 1985, Fidel Castro vuelve a ser entrevistado por Playboy. Esta vez el proyecto estuvo a cargo de Jeffrey M. Elliot y Mervyn M. Dymally.

PB

En la introducción de la entrevista, el editor hizo referencia a la entrevista de Fidel Castro en Playboy de 1967, destacó que la revista fue uno de los pocos medios que pudo llegar a él durante dos décadas. “Los tiempos han cambiado y Castro realmente cree que el tiempo para un nuevo diálogo con el pueblo estadounidense ha llegado”, comentó. Al parecer, Castro tomó mucho interés en la entrevista y le hizo llegar al editor ejecutivo de Playboy una caja de tabacos que sacó de su escritorio en la que escribió: “Para el Sr Barry Golson. Doy las gracias por adelantado por la publicación de la entrevista y doy la amnistía a Dymally a Elliot por las torturas y abusos a los que me han sometido estos días. Les deseo éxitos y para mí un poquito de paz.”

Fidel Castro Latin Lover

La presencia de Fidel Castro en las páginas de la revista para hombres más difundida en Estados Unidos entre 1960 y 1970, contribuyó también a un proceso de erotización, no sólo de la figura del comandante barbudo, sino también de Cuba y de los cubanos. Estas cualidades eróticas y sexuales también se le transfirieron a la revolución. En este proceso de erotización de la figura del dictador cubano se involucró hasta la esposa del primer ministro canadiense Pierre Trudeau, quien había señalado que Fidel Castro era el “hombre más sexy que había conocido” y aseguró que el dictador flirteó “descaradamente” con ella delante de su esposo. De este modo, Castro fue representado como un latin lover viril con, una personalidad carismática y una masculinidad exótica.

Este proceso empezó a gestarse no solo en Cuba sino también en Estados Unidos, sobre todo entre los sectores desclasados y marginalizados. Algunos grupos de izquierda quedaron fascinados con Fidel Castro desde su primera visita a Estados Unidos en 1959. Abbot Howard “Abbie” Hoffman, fundador del Youth International Party (Yippies), fue uno de los tantos que sucumbió a los encantos del dictador cubano. En su autobiografía Soon to Be a Major Motion Picture (1980) dijo que Fidel Castro era uno de los mejores oradores que había escuchado jamás. Hoffman asistió a una conferencia que el líder cubano ofreció en Harvard y lo describió como un “héroe real”, “extraordinario” “joven, centellante, alto y barbudo”, que podía haber sido uno de sus profesores más jóvenes, y los exhortó a “oír a los oprimidos.” La fascinación por Fidel Castro en Estados Unidos y la solidaridad que se produjo en ese país con la revolución cubana, no descansó inicialmente en los sectores de izquierda, sino en un “ethos romántico” de jóvenes rebeldes, proveniente de los “bad boys” de la cultura pop, que tenía como símbolos a James Dean y Elvis Presley. De acuerdo con Van Gosse, la virilidad de Fidel Castro también se integró a esos símbolos. El “yankee fidelismo”, agrega, tenía que ver con la “reafirmación de una masculinidad heroica y creativa” que contrastó con el paternalismo blando de Eisenhower. En ese sentido, destacaba Van Gosse, los jóvenes estadounidenses les trasfirieron a los barbudos cubanos la mística de un mundo imaginado por películas como Rebelde sin causa.

Castroland. La revolución como parque temático

Hefner y Castro estuvieron a la cabeza de dos revoluciones. Con Playboy, Hefner se involucró en la revolución sexual de la postguerra y Fidel Castro era el líder de la revolución cubana. Ambos, a su manera, querían impactar la vida de millones de personas y buscaban la creación de un “hombre nuevo”. Con Playboy Hugh Hefner quiso  crear una nueva subjetividad estadounidense con la figura del soltero de clase media, el bachelor. Para Castro, en cambio, era el militante comunista el sujeto ideal de su proyecto político y personal.

FC

Algo más ponían a Hefner y a Fidel Castro en cierto paralelo. Los dos crearon parques temáticos a lo Disneyland. De acuerdo con el periodista Anthony Lukas, Hugh Hefner y Walt Disney eran almas gemelas porque organizaron sus mundos alrededor de fantasías populares. Lukas entendió muy bien los modos en que Hefner trataba de vender fantasías populares como un modo de vida a lo Walt Disney, que además de crear a Mickey Mouse, y Pluto, produjo también “ambientes controlados” en el que se pudieran vivir esas fantasías.

Fidel Castro también construyó un parque temático en Cuba, un Castroland que giró en torno a un solo concepto: revolución. El mundo de Castro no menos utópico y fantasioso que el de Hefner y Disney, también es un “ambiente controlado” que generó hasta hoy, la admiración de sectores a los que Reinaldo Arenas llamó como “izquierda festiva”. Gisela Kozak Rovero  tradujo este término como “izquierda Disney” para describir la propensión que hay en cierta izquierda a contemplar a América Latina como un parque de diversiones.

Castroland ha sido un paraíso para la “izquierda Disney”, un resort ideológico conformado por museos y muros atestados con la figura del máximo líder. Un parque temático en el que no hay cadenas de MCdonals o Burger King, sino ruinas y carros viejos. Castroland se basa en el exportación de mitos y fantasías ideológicas y ha funcionado también como una gran corporación que genera grandes dividendos económicos por concepto de ventas de t-shirts del Che Guevara y otros souvenirs alegóricos a la Revolución.

Castroland ha sido el sitio favorito de muchos políticos, escritores, artistas y celebrities que consideraron al mismísimo Fidel Castro como la principal atracción. El comandante produjo fantasías ideológicas a gran escala en el contexto de la guerra fría, que crearon una visión exótica, sexy y feliz de Cuba. La Isla terminó, hasta hoy, convertida en un Disneyland socialista.

/gap

 

 

Este texto forma parte de un libro que está en fase de de terminación y que lleva el mismo título. Las traducciones son del autor.