Sólo una cierta inercia verbal puede explicar que durante estos años se haya seguido describiendo al ministro de Hacienda como el “jefe del equipo”, el “hombre fuerte”, “el dueño de la billetera” y otras cosas semejantes. La verdad es que eso se terminó el día en que la Presidenta nombró en ese cargo a Alberto Arenas, que entonces no supo -ni nadie más: esto es una interpretación a posteriori- que su única función era inmolarse con una reforma tributaria a la que le faltaban unos buenos meses de estudio. No es casual que Arenas se fuera quedando solo, sin que nadie lo acompañara en los más difíciles escenarios públicos. Lo había tocado la kryptonita.

Por primera vez en 30 años, el ministro de Hacienda había dejado de importar. No Arenas, sino el ministro. Cuando por fin cayó Arenas, en mayo del 2015, Rodrigo Valdés asumió en esas condiciones, con un ministerio devaluado, aunque seguramente le dijeron otra cosa.

Desde entonces, Valdés no ha hecho otra cosa que administrar un criterio de “realismo político” para resistir a las más diversas presiones, a veces de gasto, a veces de simple gestión. Esa es, de hecho, la imagen que prevalece en el espacio público: un ministro que ataja goles, aunque… como todos los arqueros, no puede atajarlos todos. Es una idea victimizadora que, más allá de cuanto le pueda gustar y servir al ministro, le resta imperio y autoridad. No es la descripción de un “hombre fuerte”.

Un segundo efecto nace de esta imagen: los proyectos en los que participa Hacienda tienen siempre el aspecto de un acuerdo fatigoso entre elementos técnicos e ideológicos, con el que finalmente nadie está satisfecho y en el que nadie confía plenamente. Ejemplo: el proyecto de reforma previsional.

La conclusión principal es que el Ministerio de Hacienda del gobierno actual es el más débil en 40 años. Y como nada de esto es inocuo, es también el primer ministerio que en los mismos 40 años es castigado internacionalmente con una rebaja en la calificación de riesgo; hasta aquí, la conducción de la economía chilena sólo era objeto de elogio y alzas, casi sin distinguir quién estuviera al frente. El verdadero intérprete del gobierno, que no es Valdés, sino el ministro Eyzaguirre, llama a esto “mala pata”, pero los datos insinúan que la pata tiene poco que ver. En los 26 meses de gestión de Rodrigo Valdés lo único que ha crecido exponencialmente son los empleos públicos y la deuda pública, que está en más de un cuarto del producto. Sus talentos como arquero no han podido parar estas goleadas.

Puede ser que Valdés pase a la gran historia con este mal récord, pero es casi seguro que la pequeña historia revelará que la responsabilidad final está en otra parte. Esta vez ha sido Dominga, pero podría ser cualquier otra cosa. A propósito de las objeciones de un ministro y un subsecretario en contra de un procedimiento apresurado con el que fue revisado el proyecto Dominga, a Valdés se le ocurrió decir que “algunos” -en el gobierno, se entiende- no tienen el crecimiento por prioridad.

Según los mentideros del gobierno, habría sido mal momento para hablar. La Presidenta estaría enojada con el ministro por una razón diferente: la mala información que se le dio respecto del impacto del proyecto previsional en el desempleo, que le hizo sufrir un papelón en una radio. El enojo se expresaría, como le ocurre en esta administración a quienes han caído de su gracia, en que el ministro lleva días sin que la Presidenta lo reciba.

Y anteayer, agudizando ese castigo oblicuo, le ha respondido desde El Maule, hombro a hombro con el victorioso ministro de Medio Ambiente, que “necesitamos que el crecimiento vaya de la mano del cuidado del medioambiente”, una descripción beatífica que suscribirían hasta los constructores de Chernobyl, pero que suena incoherente en un gobierno que ha crecido a promedios inferiores al 2%, lo que exactamente significa que no ha crecido nada, y no por el cuidado del medioambiente -nadie diría que este es un gobierno “verde”-, sino porque esto no está entre sus urgencias.

Aun si la Presidenta está enojada con su ministro por otra razón, es significativo que haya escogido esta discusión -administrativamente zanjada- para reprenderlo. Es como si quisiera recordarle que, efectivamente, el crecimiento movilizado por la inversión privada no está entre las prioridades del gobierno ni debe ser, por lo tanto, una preocupación del ministro. Toda la evidencia disponible indica que la Presidenta considera que la tarea del ministro de Hacienda es calcular cuánto más puede gastar el Estado, que sería el motor de un crecimiento concebido de manera alternativa a la del capitalismo de mercado.

Así está el ministro: sin tarea y sin confianza. Pero quizás le han dicho otra cosa.

/Columna de Ascanio Cavallo para La Tercera

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