La autodestrucción progresiva de la Nueva Mayoría y el estancamiento del Frente Amplio amenazan con hacer de la campaña presidencial una carrera corrida. En Chile Vamos fantasean con un triunfo en primera vuelta e incluso hablan de permanecer ocho años en La Moneda.

La falta de competencia está provocando que la derecha recaiga en antiguos vicios difíciles de erradicar, como el viejo hábito de creer que la economía es la llave que todo lo abre en política. El resto es música, como diría Ricardo Lagos.

Si la experiencia sirviera de algo, la noción de que el crecimiento económico y la buena gestión son las claves del éxito político debió haber sido desterrada después de lo sucedido entre 2010 y 2014, cuando la economía tuvo un alto desempeño y el Jefe de Estado actuó como eficaz gerente. Ello no impidió que la derecha naufragara en las elecciones presidenciales y parlamentarias de 2013, lo que abrió paso a la retroexcavadora y a las mayorías legislativas que la permitieron.

A estas alturas en Chile Vamos deberían tener claro que el crecimiento económico es una condición necesaria pero no suficiente para un buen gobierno y su proyección en el tiempo. Hay quienes sugieren que lo que hace falta son políticos que salgan de la burbuja y tomen el pulso a una sociedad ansiosa de cambios. Eso es un imprescindible primer peldaño, pero está lejos de ser toda la respuesta. No solo se requiere un buen diagnóstico, sino también liderazgo para poner en marcha un plan de acción basado en ideas propias.

Algo de eso comenzó a desarrollarse con documentos como el Manifiesto por la República y el buen gobierno conocido el verano pasado. Sin embargo, hoy pareciera que, ante la supuesta inevitabilidad del triunfo, las ideas ya no fueran necesarias. Nadie habla ahora de los principios iluminadores de un proyecto nacional que no solo escuche las diferentes voces que surgen desde un entramado social complejo, sino que también busque integrarlas desde la acción del Estado. Este debe estar en condiciones de entregar señales que permitan la recuperación económica, pero también necesita contar con instituciones robustas puestas al servicio de la gente, de manera que recupere la confianza de la ciudadanía y pueda cumplir el rol integrador que está llamado a desempeñar.

Si la derecha va a retornar a La Moneda en marzo, no debe repetir los mismos errores que cometió en 2010-2014 y que le abrieron la puerta a la Nueva Mayoría. Recaer en la miope creencia de que todo se resume en la manida frase “es la economía, estúpido” puede terminar costando caro.

La inconsistencia de la Nueva Mayoría hace muy probable que la derecha vuelva al gobierno. Pero no se mantendrá en él si es incapaz de desplegar un proyecto coherente. Si cede una vez más a la tentación economicista corre el riesgo de terminar en 2022 como en 2014: satisfecha con su gestión, pero lamentando una derrota electoral de proporciones.

Columna de Juan Ignacio Brito para el diario La tercera

/gap