Debería estar por inaugurarse la nueva línea 6 del Metro. Una muy buena noticia aunque surge la duda si, en vez de descomprimir un servicio masivo al límite, lo que vamos a ver son sus mismos defectos extendidos a un radio y escala mayor. Sus 2,5 millones de usuarios lo atestiguan a diario: el chileno medio, de a pie, puede soportar lo indecible. Cuánto más, no se sabe.

Hubo una época en que hasta políticos se veía en carros y andenes, no solo para inauguraciones o, como ahora, cuando les da por hacer mérito y se lo hacen saber a periodistas para que lo consignen en alguna nota (Lagos no hace mucho). Conozco a personas que, después del chasco del Transantiago en que de 900 mil pasajeros se pasó a cerca de 2 millones, no volvieron a subirse más al subte. Una lástima, se han perdido las últimas novedades del servicio: los retrasos constantes; los hacinamientos y lo que éstos favorecen (en horas “peak” hasta algo más íntimo): los 400 lanzas, conocidos por los guardias, que lo acompañan y no le pierden el ojo a uno (da gusto sentirse acompañado por gente tan profesional), los “arrestos ciudadanos” cuando la pericia no está a la altura de lo que normalmente se nos tiene acostumbrado, los vendedores ambulantes dentro de los carros, los millennials agotados de la vida sentados en el piso ocupando espacio, o quienes insisten en compartir su “música” (tanto sin audífonos como con megáfono amplificando su nivel de talento).

Una pena no disponer de un Goya, de un Víctor Hugo (el de “Nuestra Señora de París” y su “corte de milagros”), un Zola (el del “Vientre de París”) o un Dostoievski y sus “Memorias de subsuelo”, para que nos puedan hacer ver cuán esperpénticos podemos llegar a ser los santiaguinos. Y pensar que hubo una época en que el Metro mantuvo niveles de aseo mayores que en micros y calles. En que el diseño de las estaciones era único, de primer nivel, no este barniz estético de andurrial globalizado reciente que tanto gusta. En que la empresa aún no se las daba de promotor de “grafiti” publicitario total: carros enteros cubiertos -sus ventanas, pisos y asientos, además de los muros de las estaciones- y cómo olvidar lo de las pantallas de televisión y su bulla gratuita.

Se nos podrá decir que no estamos en los años 70 u 80, que “Chile cambió”, que ya no se trata de un transporte de “elite”, que somos lo que somos -sudamericanos- en un mundo cada vez más “inclusivo”.

Por favor, ¿desde cuándo que “males sudamericanos” deben ser una fatalidad, que chilenos sin distingos deban cruzar esta ciudad como si fueran sardinas tolerando niveles de deshumanización progresiva y que “lo popular”, a modo de excusa cultural ideológica, ha de ser de una vulgaridad insultante para dicho pueblo mismo? Se habla en exceso de empoderamiento y dignificación, pero en el Metro no se notan.

/Columna de Alfredo Jocelyn Holt para el diario La Tercera

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