Más que un análisis político, la figura de Alejandro Guillier merece, en realidad, un perfil sicológico.

Me admira, por ejemplo, su capacidad de correr una carrera presidencial diciendo prácticamente nada, o de contradecirse una y otra vez en temas de enorme importancia para los chilenos. O la convicción con la que intenta convertir en una virtud, y prueba de su “independencia”, la ignorancia sobre los asuntos que aspira a conducir (la muletilla del independiente, ajeno siquiera a una pizca del carbón que tiñe a los partidos).

Me intriga también si el rol de víctima permanente que ha decidido asumir responde a una decisión de los estrategas de su comando o, simplemente, es un reflejo espontáneo de cómo él se asume frente a la vida y, por de pronto, frente a la política.

Primero fueron las encuestas, convertidas en sus enemigas cuando comenzaron a reflejar sus debilidades y a alejarse de los números que le permitieron estar en el lugar que ocupa hoy, y que indujeron a los principales partidos de la izquierda a desechar la candidatura del ex Presidente Lagos.

Luego, Guillier acusó a los partidos de querer obligarlo a tomar decisiones sobre su candidatura que, a su juicio, no eran su problema (ni más ni menos que la recopilación de firmas, las listas parlamentarias, el despliegue territorial para instalar su campaña, etc.). Le tocó, a continuación, el turno a los notarios, a quienes acusó de dificultarle la recolección de firmas que su inscripción como independiente exigía, por negligentes e ideologizados.

A la semana siguiente vino la denuncia del “cerco mediático”, porque los medios de comunicación no estaban recogiendo sus propuestas y los periodistas insistían en preguntar lo que él no estaba dispuesto a responder. Siguió con el “bloqueo bancario” y, por si pasaba, emplazó al Gobierno a corregir la Constitución y las leyes, que le impedían firmar contratos con BancoEstado (el subsecretario Aleuy debe estar tan colmado, que salió en el acto a darle un portazo que se oyó en Antofagasta).

Esta semana, cuando nos enteramos de que el Senado ha pagado a firmas contratadas por el parlamentario al menos 19 millones de pesos, por asesorías “telefónicas” y minutas con exactamente la misma la información que publica la web, le surgen a Guillier dos nuevos enemigos. Primero, los asesores, acusados por la diputada Karol Cariola de “no citar las fuentes”. Y como plato de fondo, la Fiscalía.

Así las cosas, Alejandro Guillier sería hoy el primer candidato presidencial en la historia moderna de Chile que es, al mismo tiempo, víctima de las encuestas, los partidos políticos, los notarios, la prensa, la banca, la Fiscalía, todas instituciones dominadas, naturalmente, por “las elites”, a las que el candidato termina siempre sindicando como las responsables de todo.

Me pregunto cuál es la razón exacta que condujo al candidato del PS, el PPD, el PRSD y el PC a aceptar un desafío presidencial, y si tiene alguna noción de las dimensiones de los problemas que enfrenta a diario un Presidente de la República. Y por qué nadie de su entorno le ha explicado que, para convocar a los electores, debe mostrarse como un auténtico líder, capaz de impulsar un proyecto —ya no para él ni su sector político, sino para Chile—, y no como la víctima de una conspiración del Cosmos, con explicaciones delirantes para cada uno de sus errores.

Isabel Plá, Fundación Avanza Chile, para El Líbero

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