El caso Dominga, proyecto minero cuyo desplome arrastró consigo al entero equipo económico del gobierno, es el ejemplo más reciente de caída brutal en la calidad de gestión de la política, del deterioro de su conceptualización, de la torpeza de su enmascaramiento como lo que no es -en este caso con una supuesta “sensibilidad ambiental”– y de patética mala comunicación por parte del gobierno. La historia del estropicio, como en una farsa de los tres chiflados, acumula un episodio cómico y ridículo tras otro. Es “el cuento de nunca acabar”. En efecto, el proyecto muere y resucita por turnos: ha sido rechazado por unos, aprobado por otros, reconsiderado, revisado, replanteado, vuelto a rechazar y hasta rehabilitado como tal vez aceptable en ciertas condiciones por Girardi, apóstol del medio ambiente recién llegado de Irán donde por un momento olvidó su vocación verde y habló con el ministro de Minería para tentarlo a hacer negocios en Chile, a todo lo cual se suman las misteriosas razones dadas por la Presidenta acerca de no darle la espalda a la gente pero sí a los números, otras ofrecidas por distintos ministros, las habituales cantinfladas de la vocera, declaraciones del flamante ministro de Hacienda -“aún no está muerto el proyecto”– a 24 horas de la caída del anterior equipo que él reemplazó NO por pensar distinto, porque piensa lo mismo, pero a su vez escogido como reemplazo supuestamente porque no piensa lo mismo… salvo que S.E., quien tal vez ya hoy no piense lo mismo, desee dar una “señal” al sector empresarial ahora que varios especialistas en marketing a contrata libretean al progresismo instruyéndole para que hable de crecimiento y desarrollo. Todo eso constituye tan enredoso cuadro de ineptitud, oportunismo y conflictos políticos chocando en confusa masa y desconcierto global y transversal que su descripción y análisis no tiene cabida en ninguno de los niveles en los que usualmente funciona la comunicación, no al menos entre los seres humanos.

Los niveles
En un mundo razonablemente normal la evaluación o explicación de eventos, procesos, iniciativas y proyectos políticos puede operar en tres diferentes planos. El superior es regulado por el método científico, esto es, por la observación empírica y el uso de la lógica; es lo que se espera -y a veces se encuentra- en un texto académico. Por debajo de aquél se ubica el discurso ideológico, el cual puede expresarse con articulación y hasta elocuencia, pero deja de lado parcial o totalmente la evidencia empírica, su lógica suele caer en falacias para forzar puntos de doctrina y el peso de axiomas no examinados o meras creencias se hace importante. Aún más abajo se encuentra el tercer nivel, el de la demagogia de frentón, artefacto verbal dominado por un parloteo que usa como punto de partida una ideología con todas sus falencias, pero a la que mutila aun más para ponerla al alcance de todas las orejas; es entonces cuando observamos el predominio de la emocionalidad más descarada, de adjetivos estrepitosos, de vociferaciones y afirmaciones gratuitas pero capaces de suscitar eco en las masas. La demagogia ya no trata de demostrar, como en el primer nivel, pero tampoco de adoctrinar, como en el segundo, sino de “movilizar”. Para arrastrar a una turba no se necesitan ni argumentos científicos ni invocaciones doctrinarias; basta despertar el instinto gregario y encender la mecha de la hormonalidad, a flor de piel en cualquier muchedumbre. Arrebatos de amor o de odio, no de comprensión, suelen ser el resultado de dichas invocaciones demagógicas y mucho más de lo último que de lo primero. Sin embargo, aun en este bastardo tercer nivel se requiere un mínimo absoluto de coherencia para que dicha masa sepa, al menos, adónde ir y a quién odiar y linchar.

Normalmente las sociedades alimentan su actividad política con material del segundo y tercer nivel, dejando al primero reposando en los estantes de las bibliotecas, pero en ocasiones el discurso puede descender todavía más peldaños y derrumbarse en una total y senil incoherencia. Es cuando se vuelve incomprensible hasta para sus actores. Dicho estado agudo de perturbación político-mental con cierto parecido al Alzheimer tiene como más notorio síntoma el momento en que el habla se convierte en ininteligible balbuceo.

Propensión
Facilita el desarrollo de ese penoso mal cierto problema genético que afecta principalmente a los sectores cuyas posturas se alimentan más de memes ideológicos que de simple sentido común, pero aun mucho más de demagogia que de ideología. Las abstracciones desprovistas de contenido preciso, las meras invocaciones de vocablos mágicos como “equidad”, “justicia”, “movimientos sociales”, “inclusión”, “calidad de vida”, “respeto al medioambiente”, etc., suelen hacer expedito el tránsito por el territorio de la vaguedad, lo que a la postre condena a los viajeros a perder toda noción de hacia dónde se dirigían y en verdad hasta del concepto mismo de haber direcciones. Llegadas las cosas a ese punto sucede con la política lo que en los ejercicios de yoga, práctica terapéutica en la que los términos que se usan y repiten en cantinela carecen de significación en el espacio semántico, conceptual y operacional, sino sólo en el fonético para suscitar determinados estados de ánimo.
La pérdida de rumbo, si acaso alguna vez lo tuvo, es lo que llevó al gobierno a tan calamitosa comedia de equivocaciones. Su confusión, en esto como en todo, o lo paraliza o lo arroja a espasmos frenéticos. Dicho desorden no se queda en La Moneda sino afecta a toda la maquinaria política y electoral de la NM, coalición reducida cada vez más a hacer “proposiciones de futuro” basadas en expectorar veneno contra el candidato de la derecha. Es un estado anímico y mental que se manifiesta en la fenomenal incoherencia en el actuar y discursear de los actores entre sí y de los actores dentro de sí. Como efecto de dicha lamentable condición es que hemos contemplado tan distintas y opuestas visiones sobre Dominga, pero al mismo tiempo tan consensuadas visiones sobre proyectos ambientalmente mucho más peligrosos. La incoherencia es tal que ni siquiera es todo el tiempo incoherente.

Paraíso perdido
Una sola cosa resta clara y cierta para el elenco gobernante porque ofrece una evidencia fáctica que, aun en su monumental ceguera, todos sus miembros pueden ver: es la horrible visión de que podrían estar a punto de perder la Gracia Divina y ser condenados y arrojados al infierno del mercado y la vida privada. Esa convicción, aunque mezquina y estrecha, es al menos irrefutable. De ahí que hayan desarrollado una notoria predisposición a hacer y decir LO QUE SEA para no perder su lugar al lado del Señor Padre Todopoderoso, el Estado. Reducidos a eso, ya poco importa el no saber adónde van y ni siquiera recordar adónde querían ir; ahora lo que interesa no es ir a alguna parte, sino quedarse donde están. De eso deriva no sólo la confusión sino la desvergüenza. Llegado a esta fase de total desmoralización, este colectivo político, imbuido alguna vez en la arrogante pretensión de estar investidos de facultades y virtudes superiores para salvar al país, se presenta y conduce hoy tan erráticamente que para los testigos ya casi no es posible discriminar si en esas almas perdidas deambulando a los tropezones se encara a un cínico, lo que supone cierta claridad de percepción, a un hipócrita, lo cual presume saber qué es lo correcto para simularlo, o simplemente se está frente a un caso de simple necedad, que es no saber nada de nada.

/Columna de Fernando Villegas para el diario La Tercera

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