Esta acertada reflexión de la filósofa Luce Irigaray viene a resumir con acierto la idea que subyace en el libro que comentamos ( “Las mentiras científicas sobre las mujeres” Editorial Catarata, firmado por S. García Dauder, docente de Psicología social y Eulalia Pérez Sedeño, catedrática de Lógica y Filosofía de la Ciencia). Una obra trabajada exhaustivamente, que analiza cómo el pensamiento científico es todo menos neutral, y como la ciencia mal practicada, que ha tenido como objeto marginar, ocultar, e inventar la naturaleza de las mujeres, ha dejado su huella en la historia de la humanidad.

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Con un lenguaje sencillo y ameno, pero frío, didáctico y científico, estas dos estudiosas han dado a luz una obra que marcara un antes y un después en algo que todos dicen saber pero que pocos se han molestado en demostrar hasta ahora: que en la historia de la ciencia las mujeres han estado ausentes no solo como sujetos de estudio, también como artífices; y que la “mala ciencia” se ha encargado de inventar y elaborar un mensaje seudocientífico destinado a demostrar la inferioridad de las mujeres respecto a los hombres. Señalar también que ha sido una editorial independiente, pequeña y no muy conocida, Catarata, dedicada a la difusión del pensamiento crítico, la que ha lanzado esta obra que contribuye a consolidar ese camino iniciado por las mujeres colectivamente, en el siglo XIX, para intentar reconstruir nuestra identidad y nuestra historia.

El libro se estructura en cinco grandes bloques, que van desde las falsedades científicas hasta las invenciones que la ciencia ha hecho sobre las mujeres, capítulo este especialmente interesante porque aborda las enfermedades mentales, el síndrome premenstrual y la medicalización de las sexualidad. Las falsedades científicas se centran fundamentalmente en el determinismo biológico y en los darwinistas sociales, quienes a finales del siglo XIX proclamaron que la mujer era un hombre que, ni física ni mentalmente, había evolucionado en su totalidad. Las páginas dedicadas a las diferencias cognitivas entre los sexos, y la supuesta capacidad innata de los hombres para las matemáticas frente a la incapacidad femenina, una idea que todavía hoy se defiende, al formar parte del inconsciente colectivo, ocupan varias y documentadas páginas.

Las autoras recogen como en el año 2.005, la Universidad de Harvard organizó un debate entre dos intelectuales de prestigio, Steven Pinker y Elisabeth Spelke, para discutir sobre la supuesta diferencia entre hombre y mujer para abordar las matemáticas.

Las hipótesis de partida entre ambos científicos partían de tres supuestos en los que coincidían: “que existe una naturaleza humana; en segundo lugar, que la mente no es una tabla rasa; y por último, que las afirmaciones sobre diferencias sexuales son empíricas y deben ser evaluadas a través de la evidencia. Un debate candente que analizaba las diferentes posturas y los variados argumentarios; fundamentalmente entre los genetistas y aquellos que se apoyan en factores socioambientales, familiares, de país o de situación social. Además, se incluye un repaso a las pruebas que se hacen en Europa, los informes PISA, donde se señala que en el área de matemáticas es donde los alumnos siguen obteniendo mejores resultados que las alumnas, con excepción de Islandia, Finlandia y Suecia, donde sucede al revés.

El capítulo dedicado a la invisibilización de las mujeres en la ciencia pone el acento en el desinterés por conocer e investigar determinados ámbitos. Por ejemplo, la ingente investigación sobre diferentes formas de anticonceptivos femeninos y la escasa, o casi nula, sobre los masculinos. También analizan como ese deliberado ocultamiento, se hizo extensivo a las mujeres que dedicaron su vida a la ciencia. Las autoras citan a la historiadora Margaret Rossiter, quien escribió un artículo titulado, “El efecto Matilda”, que se basa en el dicho, de “y a quien no tiene , se le quitará incluso lo poco que tiene”. Rossiter le llamó “el efecto Matilda” por la sufragista, estudiosa de la Biblia y pionera en la sociología del conocimiento, Matilda Joslyn Cage, quien a finales del siglo XIX ya percibió el patrón de marginalidad que aplicaba a las mujeres, y que recogió un ingente estudio de casos de científicas marginadas, ninguneadas, e incluso expropiadas de sus logros por el hecho tan simple de ser mujeres.

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