Ricardo Lagos está molesto. Había decidido callar hasta que pasara esta elección presidencial, que claramente no le acomoda. Pero los cuestionamientos a la existencia del secreto de los miles de testimonios recogidos en el Informe Valech le hicieron romper su silencio. Porque el ex Presidente Lagos no solo está molesto, sino que también está triste, dolido. Que después de haber luchado contra la dictadura, levantado el dedo a Pinochet en cámara e impulsado la existencia de semejante registro histórico le vengan a decir que es parte de un pacto de silencio para bloquear la justicia, fue más allá de lo que pudiese esperar.

Lagos habla de injuria, de mala fe, de la bajeza de poner una discusión tan delicada en términos de blanco y negro.

Lleva toda la semana, desde el 11, levantando la voz en este tema que le toca las fibras, que están bajo la dureza que proyecta. Tanto, que se emociona al recordar anécdotas como la de un señor a punto de morir, en cuya modesta casa en Valdivia tenía una copia del Informe Valech como un tesoro de su vida. “Era su orgullo”, dice hoy Lagos, dando cuenta también de que su orgullo ha sido herido en esta pasada.

Ha sido un septiembre marcado nuevamente por los DD.HH. Esta vez, por la decisión de La Moneda de agilizar el proyecto que modifica el secreto de los testimonios de la Comisión Valech. ¿Qué le ha parecido la discusión en general?
Me gustaría que este debate sirva para que se sepa ahora, el 2017, qué dice el Informe Valech, porque creo que la gran mayoría no tiene idea. Este informe dice nada menos que la verdad de lo que ocurrió. Aquí está escrita cada tortura, cada forma de tortura. Los miles de lugares donde chilenos y chilenas fueron torturados, clasificados por formas de tortura. Entonces ¡qué secreto! Aquí está la verdad, construida por 29 mil valientes que se atrevieron a ir y declarar.

Pero lo que se pide es que los testimonios, con identidad, ya no estén sometidos a una reserva de 50 años, como establece el decreto que crea la Comisión Valech. 
Para que hubiera una Comisión Valech tenía que haber gente dispuesta a contar lo que había pasado, y nadie se alegra contando las miserias de su vida, las humillaciones que sufrió. Fue un debate dentro del gobierno, y llegó gente que sabe más que yo y decía que no había ninguna parte del mundo donde se hiciera un estudio sobre qué pasó con los presos políticos y la tortura.

¿Quiénes eran esas personas?

Bueno, personas como Pepe Zalaquett, quien conoció desde Amnistía Internacional lo que había en el mundo. Me decía que lo evaluemos bien, porque es un gesto de valentía hacerlo. Pero una cosa es proponer y después el cómo se hace. ¿Mandaba una ley? ¿Una comisión presidencial? ¿Con qué personas? Ahí estaba María Luisa Sepúlveda, que sabe tanto de estas cosas después de tantos años en la Vicaría de la Solidaridad, y surgió el nombre de monseñor Valech y de un grupo de distinguidos chilenos y chilenas que prestaron su colaboración. Y después venía el desafío: ¿Se van a atrever las personas a contar lo que les pasó?

Y ahí entró la idea de la reserva.

Ahí empezamos a pensar que nadie quería declarar, porque era muy violento. Las personas relataban su tortura y cuando les preguntaban qué es lo que quería su torturador que contaran, respondían “que delatara a mis compañeros, y lo hice, no pude más”. U otro caso de una persona que en la ignorancia profunda, porque no tenía qué decir, nombró a cualquier persona. Y qué decir de aquel que delató a dos y murieron después. Ese es el drama que está en el Informe Valech; cuando se llega a un tipo de tortura que el ser humano no es capaz de resistir.

Cuando formó la comisión, le tocó conversar este tema con los militares y la entonces ministra de Defensa, Michelle Bachelet. ¿Cómo fue eso?
Yo no lo conversé con los militares. Sí después que la comisión trabajó, me preocupé de que los militares se prepararan para lo que venía, que era muy duro, y esperaba que a diferencia de lo que pasó con el Informe Rettig, no dijeran que lo que había aquí era una mentira. Las condiciones habían cambiado y no dijeron eso. Entonces, aquí no hay pacto de silencio alguno. Aquí está lo que ocurrió ante el mundo (dice mostrando el informe). Claro, a nadie le gusta que su institución salga afectada, pero tenían que entender que la institución ya estaba afectada por lo que ocurrió y la única forma para seguir caminando juntos, porque las Fuerzas Armadas son una institución permanente del país, es reconocer el error y la culpa.

Dolido

¿Le ha dolido particularmente este episodio?

A mí lo que me duele no es que no se reconozca lo que el informe es. Me duele que no se reconozca la valentía de los 35 mil chilenos que fueron a declarar, de los cuales quedaron 29 mil casos en la Comisión Valech I. De esos, 66% corresponde al período que está entre el 11 de septiembre y el 30 de diciembre del 73. En la Valech II, de los 30 y tantos mil se recogieron solo nueve mil.

¿Pero le duele, en lo personal, por el trabajo que realizó?
Lo que me duele es que algunos injurien, porque para mí es una injuria decir “este señor hizo un pacto de silencio”. Dicen que hay un abogado que anda diciendo eso…

Bueno, el diputado PC Hugo Gutiérrez dijo que la reserva de la Comisión Valech es la legalización de los pactos de silencio que buscan impunidad. ¿Eso también es una injuria para usted?
Sí, señor.

¿Y tomaría acciones legales?
No soy de aquellos. Pero él sabe que no tiene prueba ninguna, porque eso no existe. Y tiene que ver con mi honor personal y con eso no se juega. Entonces, lo otro que me duele es que ahora nieguen y digan que no sabían, o que digan que el decreto se hizo después. ¡No!, el secreto se estableció en el decreto que constituyó la comisión! ¿Este abogado no conocía el secreto? ¿Los miles de comunistas que fueron a declarar, sus dirigentes no les explicaron que la declaración iba a ser secreta? Estos abogados de DD.HH. que han dedicado su vida a eso y merecen todo mi respeto en tanto defensores de los DD.HH. cuando era tan difícil hacerlo y que pertenecer al PC, ¿no sabían acaso que lo que iban a declarar sus camaradas era secreto? ¿Y por qué nadie entonces, cuando planteé los 30 o 50 años, levantó la mano?

Pero si los de entonces son los mismos de hoy, ¿cómo se explica usted que quieran terminar con el secreto?
No tengo explicación. Están emporcando un acto de valentía de los chilenos de declarar, y un acto de inteligencia de este país de atreverse a mirar las heridas profundas que un grupo de chilenos en un momento de locura, desvarío o lo que fuere, pudieron aplicar esas torturas a otros chilenos.

¿Lo decepciona que sea la propia Presidenta quien se haya subido a este carro, considerando la experiencia que ella vivió en este tema como ministra de Defensa suya?

Bueno, es obvio que Michelle Bachelet sabe que no hay pactos de silencio con los militares, porque ella era la ministra de Defensa. Ella participó en las discusiones sobre cómo se hacía esto, porque sabíamos a quiénes iba a afectar. Pero mi problema no era que afectara a ellos, sino cómo hago que la gente declare, que sea creíble lo que va emerger de ahí y no fuera un fiasco. Entonces, ahora (quizás) será que el contexto ha cambiado y algunos creen que es de buena leche andar diciendo por ahí “no, es que no sabíamos”, o “esto es como ir al confesionario”. No. Todos aquellos que tomaron el testimonio fueron entrenados para eso, fueron capacitados: eran sociólogos, abogados, psiquiatras, pero preparados. Y lo primero que decían es “le agradecemos que haya venido, las denuncias que usted va a hacer vamos a tomar nota, pero queremos que sepa que estas denuncias si usted las hace ante un representante, que soy yo, del Estado de Chile y anticipadamente como Estado de Chile le pedimos disculpas por el horror, por lo que agentes del Estado le puedan haber hecho. Y ahí ya se establecía una relación distinta.

¿Y en esa conversación, las personas que tomaban testimonios no le decían, además, que su declaración estará reservada por 50 años?

Por supuesto. “Tenga usted la seguridad de que esto se va a tratar con la confidencialidad debida, de manera que usted pueda hablar libremente”. Ahora, algunos llegaron un paso más, porque decían “el propósito de esto es conocer la verdad, los hechos que usted va a decir son constitutivos de delito, pero si usted quiere que se investiguen los delitos tiene que ir a los Tribunales de Justicia”. Estaban diciendo algo muy elemental, ¿verdad? Una comisión presidencial puede investigar la verdad, lo que no puede es hacer justicia, porque eso les corresponde a los tribunales.

Nadie me preguntó

Y hoy, ¿qué se puede hacer para impulsar a que la gente que pasó por una situación de tortura vaya a los tribunales?
Sobre esto tengo una teoría muy especial. ¿Quién garantiza el secreto? El Estado de Chile, y esta es la nación jurídicamente constituida en la que hay tres poderes del Estado. Hoy, el Poder Ejecutivo tiene estos antecedentes depositados en el Museo de la Memoria y en la subsecretaría que tiene que ver con estos temas. Pero puede otro poder del Estado decir “yo también soy el Estado y tengo derecho, para avanzar en la justicia, a tener acceso a ese documento”. Yo pienso que esto se habría resuelto con una simple decisión administrativa y con la condición de que ese poder del Estado, al igual que el Ejecutivo, cuide el secreto de la misma manera. Esto me parecía simple, pero nadie me lo preguntó. Si me hubieran preguntado antes, yo le habría dicho esta solución. Es muy simple. Entonces, hay un tema que es delicado. A lo que se está llegando hoy en el Senado, con la indicación del senador Pizarro, es que se le entrega la información al magistrado que lo solicita, garantizando el secreto.

¿Le parece practicable eso?
Eso tiene que ponderarlo el Poder Judicial. Y ahí viene otro tema complejo: ¿Quién es el dueño del secreto? ¿El ciudadano individual, o una vez que declaró pertenece al Estado de Chile? Este tema está pendiente. ¿Qué prima, la voluntad individual o la nación jurídicamente organizada a través de un Poder Judicial que necesita la declaración para hacer justicia?

¿Qué piensa usted?
Que hay que respetar al ciudadano. Pero lo respeto en tanto ciudadano, no porque tenga un pacto de silencio con nadie.

¿Le llamó la atención que se anunciara la discusión inmediata, y a las 24 horas se pasó a suma urgencia? Ha habido cierta desprolijidad en el tema.
No sé si desprolijidad, pero a lo mejor faltó una conversación mayor con los autores de esto.

¿No tomaron contacto con los miembros de la comisión?
Que yo sepa, ninguno. Y ahí se podrían haber hablado muchos temas, como esto de aplicar el secreto a los poderes del Estado. Pero, efectivamente, creo que en la comisión están todos conscientes de que nadie quiere proteger a los victimarios. Eso es para reparar a las víctimas.

El tema lo emociona mucho. ¿Cómo ha vivido estos días?

Bueno, creo que lo que ha habido con esto es un achatamiento de la discusión. Los buenos y los malos, estar o no por el secreto. ¿De qué me están hablando? Esta es la verdad. ¿Qué es lo que quieren? ¿Qué se sepa que a fulana de tal le pasó tal o cual cosa? Y ya es palabra oficial que esto (establecer el secreto) se hizo después. Ahí es donde yo digo ¿hay mala fe? ¿De qué se trata? ¿De inventar lo que no existe?

¿Hay mala fe? 
Habrá que preguntarse si es ignorancia no más. Que haya abogados de derechos humanos que no se hayan leído el decreto, y que en ese momento no protestaron, cuando todas las agrupaciones estaban felices diciendo “por fin ahora íbamos a tener un lugar a donde ir a decir lo que nos pasó”. Esto fue una demanda muy sentida, durante mucho tiempo, en que decían lo más elemental: “Los detenidos desaparecidos y los ejecutados tienen la Comisión Rettig, los exonerados tienen una ley, los exiliados también. ¿Y nosotros qué somos? ¿Leprosos? No, nosotros fuimos una categoría muy importante, somos presos políticos”. Entonces me pareció legítimo abordar ese sector que no estaba abordado. Era más fácil lavarse las manos, no hacer nada, y que pasaran rápido los tres años que me quedaban de Presidente. Pero se está en la Presidencia para tomar decisiones y abordar problemas, no para guardarlos debajo de la alfombra.

El comandante en jefe del Ejército dijo que no tenían más información sobre las violaciones a los derechos humanos, y el ministro del Interior dijo “hay que creerle”. ¿Hay que creerle?
Yo prácticamente no tengo relación con ellos hoy. Al comandante en jefe lo conocí el día que asumió, pero nunca he vuelto a conversar con él. Uno se puede formar una opinión cuando conversa, cuando habla.
Cuando el general Izurieta me pidió una entrevista cuando estábamos discutiendo el informe de la mesa de diálogo, en que me dijo “usted, presidente, exigió que dijéramos la verdad. Y la verdad significa que un número importante de chilenos está en el mar”. Primera vez que escuché eso. Y ahí yo lo único que pregunté fue qué tiraron al mar. ¿Cuerpos? ¿O seres humanos vivos? “Cuerpos, presidente”, dijo. Más de 200 personas tiradas al mar. Fue fuerte. Me di cuenta inmediatamente las implicancias de eso. ¿Qué va a pasar con aquellos tenientes o capitanes que manejaban el helicóptero que tiraban al mar? Y cuando usted diga, ah, “este es el teniente que tiró los cuerpos. Usted es cómplice”. ¿Me explico lo que estoy diciendo?

Claro, que tiene una dimensión enorme.
Sí, claro. En el informe de la mesa de diálogo estaban todos los que fueron tirados al mar. ¿Sabe cuál fue el drama? Que aparecieron algunos huesitos de un ser humano que estaban en el Patio 29 del Cementerio General. Y le practican el ADN y aparecía arrojado al mar. Entonces, ¿me dijeron la verdad cuando dijeron que estaban arrojados al mar? Llamé al comandante, le dije: “Explíqueme esto. La información que me dio está mal. Mire usted”. Entonces, para él lo duro fue decir: “Los arrojamos al mar”. No quiero justificar nada, porque son injustificables, pero dicen que hubo una llamada Operación Televisores en que rápidamente llamaron a remover los cuerpos y mandarlos a otros lados. Y cuando usted remueve los cuerpos de ocho, 10, 12, 15 seres humanos enterrados y los llevan para otra parte, se les revuelven todos, ¿verdad? Pero uno quiere saber de los restos de su familiar o su amigo. Déjeme decirle, el dolor que sentí cuando encontraron los restos de mi amigo Enrique Paris, y fui al funeral. Después me dicen que analizando el resto de los huesos, había huesos que no eran de Enrique. Entonces, ¿de qué es lo que estamos hablando? Le puedo creer o no al general Oviedo. Tendría que estar bajo mis órdenes para poder formarme una idea, que no es el caso. Entonces, prefiero abstenerme de dar un juicio, no me corresponde. ¡Pero se da con tanta liviandad!, como diciendo “le creo, sí; le creo, no”.

Entrevista de María José O´Shea para el diario La Tercera

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