El primer discurso de Donald Trump en Naciones Unidas era uno de los momentos más esperados en el marco de esta 72ª Asamblea General. Y fue por completo consecuente con lo que él ha dicho y hecho en los últimos ocho meses, como Presidente de Estados Unidos.

Irán, Cuba, Venezuela y el terrorismo islámico fueron algunos de los blancos a los que dirigió sus dardos. Pero Corea del Norte, sin duda, fue el que concentró la mayor parte de su artillería. Sobre todo cuando aseguró que si Pyongyang no pone fin a su programa de armas nucleares ni detiene sus ensayos con misiles balísticos, “no vamos a tener ninguna otra opción que destruir totalmente a Corea del Norte (…) Estados Unidos está dispuesto, está listo y es capaz. Y esperamos que eso no sea necesario”.

El día anterior Nikki Haley —la cada vez más poderosa embajadora de EE.UU. en la ONU— ya había afirmado a CNN que “si Corea del Norte prosigue con su temerario comportamiento, y los Estados Unidos se ven en la necesidad defenderse a sí mismo o a sus aliados, Corea del Norte será destruido. Todos lo sabemos y no lo deseamos”. Un preámbulo de lo que sería el discurso del propio Trump.

El hecho de que el gobierno estadounidense asegure que “destruir” a Corea del Norte es una de las posibilidades que tiene sobre la mesa, no deja a nadie indiferente. Sobre todo considerando que no estamos hablando de algo abstracto, sino de un país de 25 millones de personas.

Ciertamente, tanto los actos como la retórica de Kim Jong-un han empujado a Trump a dejar en claro que él gobierna el país más poderoso del mundo, y que tiene los medios y la voluntad para acabar con su régimen, esgrimiendo la defensa de sus aliados asiáticos y del propio EE.UU.

Pero, ¿esto es realmente posible?

Un primer escenario sería que Corea del Norte decidiera atacar, sin provocación previa, a Corea del Sur, Japón o algún territorio estadounidense a su alcance, como la isla de Guam. El uso de armas convencionales —proyectiles con ojivas no nucleares, el uso de bombarderos, tanques, infantería— generaría una respuesta similar por parte de los actores atacados.

Si bien Norcorea tiene un ejército que supera el millón de soldados, lo cierto es que hace décadas que las guerras no están determinadas por el número de combatientes —tal como lo demostró la Primera Guerra del Golfo (1990-1991)—, sino por el uso de tecnología y el tipo de estrategia. Y, en ese contexto, Estados Unidos, Surcorea y/o Japón, obligados a responder militarmente, podrían derrotar a Kim en cuestión de semanas.

Un segundo escenario sería similar al primero, pero con la intervención de China, respaldando a Corea del Norte. En ese caso, la mayor potencia de Asia habría tomado la decisión de enfrentar a EE.UU. con consecuencias que tendrían un enorme impacto en lo militar, pero sobre todo en lo económico, generando una crisis global en el corto plazo y haciendo impredecible la duración del conflicto. Fundamentalmente porque Beijing no podría permanecer al margen, considerando que Norcorea es un antiguo aliado fronterizo que está dentro de su esfera de influencia regional.

Una tercera posibilidad sería que Estados Unidos organizara un “ataque quirúrgico de alta tecnología” sobre Norcorea. Por ejemplo, usando pulsos electromagnéticos que destruyan la electrónica de sus armas, comunicaciones y sistemas de defensa —tal como ocurrió durante la guerra contra Serbia en 1999—, mientras fuerzas especiales estadounidenses y surcoreanas toman el control de las diferentes instalaciones nucleares y de misiles norcoreanas.

El ataque podría concluir en cuestión de horas, incluso con la captura o muerte de Kim, aunque deja abierta la interrogante de cómo reaccionaría China.

Sin embargo, lo cierto es que cualquiera de los tres escenarios anteriores involucraría una crisis humanitaria a gran escala en el este de Asia, con refugiados de ambas coreas intentando escapar de las zonas de conflicto —eventualmente hacia China, Rusia o Japón— en busca de seguridad, alimentos y medicinas; sin duda, un nuevo desafío de proporciones para Naciones Unidas.

A pesar de lo anterior, lo cierto es que mientras la tensión entre Corea del Norte y Estados Unidos se mantenga dentro de este guión recurrente de bravatas, sanciones económicas y ejercicios militares, la opción diplomática seguirá vigente. Pero basta un pequeño error, como un tiroteo en la Zona Desmilitarizada que separa ambas Coreas, el derribo de un avión de combate o que alguno de los misiles norcoreanos caiga en una zona poblada de Surcorea o Japón, para iniciar un conflicto de proporciones globales.

Blog de Alberto Rojas,Director del Observatorio de Asuntos Internacionales U. Finis Terrae

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