Si yo fuera obesa, apitutada y obsecuente, me habrían invitado al almuerzo del día de la mujer en La Moneda. Vestida por las hermanas Ruitort, iría al patio de la Camelias a comer un salmón asoleado y hacerle la pata a la Presidenta, aunque en verdad me pareciera ‘muy hija de milico, medio pelo, cero glamour’.

Si hace dos años hubiera dicho que sí a la oferta de Bachelet, de sumarme a su spot promocional, estaría ahora a la cabeza de una embajada, sería colega de la pléyade de ex amantes de políticos oficialistas que rebosan en los mejores cargos diplomáticos, una forma original de agradecer con fondos del Estado a las sucursales de los hombres públicos.

Si yo hubiera vuelto de un cómodo exilio en Italia sin haber trabajado ni un día en quince años, ahora sería jefa de partido, intendenta de Santiago o parlamentaria de la Concertación. Me habrían nombrado supernumeraria de Comunidad Mujer, enchufaría a mi hijo mayor a un cargo bien remunerado en la Cancillería y mandaría a dejar la colación escolar de mi hija menor – un sandwich de jamón y palta – en las diligentes manos de mi chofer fiscal, en mi vehículo estatal.

Si yo fuera una burócrata concertacionista, falsificaría mi curriculum para darme aires doctorales, usaría zapatos reina color blanco, trajes sastre talle 52, comerciaría con autos de lujo en Buenos Aires, publicaría mis novelas rosa en las mejores editoriales de habla castellana o simplemente instalaría un fax en el living de mi casa y cobraría varios cientos de millones pesos por asesorar a Codelco y Gendarmería en materias prescindibles.

Si yo hubiera obtenido sólo 500 puntos en la Prueba de Aptitud Académica y careciera de méritos intelectuales, hoy sería ministra de Educación. Mejor aún si no le hago asco al dinero ajeno. Así donaría a las hijas de mis amigos una ‘comisión de servicio’ de diez millones de pesos para que se vayan de tapas a Madrid, mi hijo ganaría una jugosa beca de post grado en Cambrigde aunque tuviera calificaciones deplorables y acto seguido lo nombraría vocero de gobierno para que inicie desde la cumbre su carrera política. Mi hermanita falta de talento estaría instalada como lectora de noticias en el canal público, igual que Mónica Rincón. Mi cuñado se llevaría para la casa dinero suficiente para fundar diez empresas de ferrocarriles y mi yerno entraría con millonarias ganancias en el pujante negocio de los jarrones estatales.

Si yo fuera capaz de hacer la vista gorda cuando me conviene, sería hoy la esposa aburrida de un ministro guatón y vulgar que se escapa con una funcionaria de tesorería una vez a la semana, a un departamento de dos ambientes ubicado en el sector de La Lilas y pagado con fondos del ministerio. Yo me vería obligada sólo una vez al mes a mantener intimidad con mi desagradable marido ministro, exprimido de predicar contra la corrupción, agotado de vociferar que la administración es transparente, exangüe de hacer gárgaras con la probidad pública.

/Columna de Pamela Jiles en The Clinic

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