HACE MENOS tiempo del que parece, Michelle Bachelet enfrentaba una elección presidencial después de haber arrasado con sus contendores en la primaria de la Nueva Mayoría, teniendo al frente a una derecha que, tanto desde el gobierno como en la propia coalición, había hecho lo humanamente posible para resultar derrotados; y todo lo anterior en el mejor momento del debate público por llevar adelante un conjunto de transformaciones que constituyeron el corazón de la promesa progresista.

Mirado en retrospectiva, es larga la lista de desaciertos, errores y chapucerías que rápidamente llevaron a esta administración a ser la peor evaluada de las últimas décadas de democracia. Con todo, y si por simbolizar se trata, me parece que son tres las variables que condicionaron el desempeño de este gobierno.

La primera fue la temprana resistencia ciudadana a un conjunto de reformas que parecían ampliamente consensuadas en el discurso. Sin embargo, cuando tuvieron que materializarse en proyectos concretos, sea por su contenido, por la forma de plantearlas a la opinión pública o por ambas, resultaron ser bastante menos populares de lo que originalmente se esperaba. Y aunque tuvimos los primeros indicios con las modificaciones al régimen tributario, fueron los proyectos de ley vinculados a la reforma educacional los que impactaron más duramente las expectativas creadas. En general, ni en éstas y otras reformas, los cuadros técnicos y profesionales del gobierno dieron el ancho para la envergadura de la tarea que tenían por delante.

A continuación, obviamente el proceso de desaceleración económica jugó un rol significativo. A estas alturas es insulso el debate por cuánto más influyeron las causas internas o externas. Con todo, sería poco honesto no reconocer que la soberbia e indolencia de las autoridades económicas de la época contribuyeron a la mayor incertidumbre, minimizando siempre la importancia del crecimiento económico. Se trató de un evidente sin sentido, pues incluso para quienes tienen una profunda vocación igualitarista, sabemos que para distribuir hay primero que generar, y que la ralentización del dinamismo en nuestros mercados impactaría también, como de hecho lo hizo, al rendimiento de las políticas sociales.

Por último, los casos de corrupción política y económica centraron nuestro debate en lo peor de la clase política en general y del gobierno en particular. Lo que originalmente pareció vinculado solo a un sector político, y que así fue planteado y azuzado irresponsablemente por algunos, terminó siendo un estigma transversal del cual seguiremos hablando por mucho tiempo. Pero, específicamente el caso Caval, se constituyó en el tiro de gracia a esta administración, lo que sumado a una reacción tenue y tardía de la propia Presidenta de la República, terminó por desplomar su popularidad y la del elenco que la acompañaba.

A un año calendario de culminar el mandato, y salvo que medie un evento extraordinario, este gobierno fue lo que fue.

/Columna de Jorge Navarrete para el diario La Tercera

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