¿Qué duda cabe? Urge restaurar y cuidar en Chile el respeto hacia la institución de la Presidencia. No es una tarea que se circunscriba a la clase política, sino que debe comprometer al país. El escepticismo ante el poder, como lo muestra Moisés Naím en su último libro, es mundial, pero lo particular en nuestro caso radica en que la Presidencia representa al Estado y los chilenos, y que en la historia reciente nuestros políticos fracasaron en el intento de hallar una salida política a la polarización nacional extrema que sufrimos.

El debate que generó el trato recibido por la Presidenta en el Te Deum evangélico puso el acento en las formas y el estilo, en los límites que han de ser respetados y en si es conveniente que los presidentes asistan a ceremonias de carácter religioso. Lo que aún no se aborda es la responsabilidad misma de los presidentes al desempeñar su cargo. En un país de nexos cada vez más horizontales, esta dimensión no puede ser pasada por alto.

A mi juicio, en Chile la máxima autoridad ha ido descuidando estos últimos años formalidades propias del cargo. El empeño por dar una impronta “personal” a la presidencia acarrea costos. En rigor, la persona no es el cargo. Mejor dicho, la persona debe ajustarse al cargo, y no al revés. Los caudillos autoritarios tienden a adaptar el cargo a su propia conveniencia, algo perjudicial en una democracia liberal. En esta el lenguaje y las formas importan, y son definidas por la tradición y consensos que determinan lo aceptable en sus autoridades.

No es saludable para la imagen de la Presidencia de la República, por ejemplo, que un mandatario anuncie meses antes del término de su gobierno que ya cuenta con otra responsabilidad de envergadura. Aunque el Gobierno opine la contrario, el anuncio oficial de que Bachelet asumirá un cargo en Naciones Unidas no beneficia a la institución de la Presidencia, por una razón simple: esta no se prestigia por cargos posteriores del Presidente. Esta alcanza su máximo esplendor y autorita s en su propio ejercicio. Cuesta mucho imaginar a los ex presidentes Aylwin, Frei, Lagos o Piñera anunciando, meses antes de terminar sus mandatos, que ya tenían un nuevo puesto esperándolos.

El estilo de los presidentes influye desde la cúspide de la pirámide del poder hacia la base. Un líder exigente y laborioso suele ejercer una influencia virtuosa sobre sus ministros y otros funcionarios. Uno austero tiende a generar ministros y funcionarios austeros; uno ostentoso o laxo, en cambio, contagia a los suyos de su espíritu. Lo nocivo del anuncio de Bachelet queda de manifiesto al imaginar al gabinete imitándola: ministros y subsecretarios anunciando sus próximos pasos profesionales, cargos y salarios incluidos. ¡Patético! Podrá argüirse que eso es ser transparente, pero no que es edificante para la imagen del gobierno ante la ciudadanía. Así solo se nutren la suspicacia y el desencanto.

Hay algo más: los altos cargos internacionales no son escogidos por un Olimpo de seres desvinculados de desempeños profesionales y ambiciones personales, o de intereses de gobiernos y Estados. Por lo general, a esos cargos se postula, y las decisiones se adoptan basadas en cálculos, alianzas y equilibrios. Si bien tanto las ambiciones profesionales personales como los intereses de las instituciones internacionales son legítimas, el anuncio oficial empaña más que saca brillo a nuestra Presidencia, que muchos pueden ver como mero peldaño.

La institución también se debilita cuando las decisiones de quienes ostentan el cargo pierden sintonía con lo que la sociedad, en un momento de su historia, espera del Mandatario. Que un presidente cantara y bailara cumbias en público fue mal visto en el pasado, y hoy tiende a ser aceptado por muchos, aunque despierta críticas. La mayoría de los estadistas europeos occidentales, región a la que vemos como modelo, prefieren el recato tradicional del estadista, pero no actuaban del mismo modo Hugo Chávez y Rafael Correa. ¿Existe una regla de oro? Imitar a Chávez y Correa pueden interpretarlo algunos chilenos como cercanía con el pueblo, otros como populismo. En tiempos de cambio, un político debe estar consciente de eso y saber que entre algunos compatriotas dichas muestras de alegría despertarán entusiasmo y a otros parecerán reñidas con el máximo cargo de la nación.

En el marco de descrédito de la clase política también convendría reflexionar sobre la conveniencia de normas que obliguen al ex presidente a residir por un tiempo en el país después de terminar su gestión. El ex Presidente Correa, que prácticamente refundó Ecuador en clave revolucionaria y socialista siglo XXI, lo primero que hizo tras su administración fue marcharse a residir a Bruselas. Esto no se ve bien. Percibí hace poco en ese país un sentimiento de desazón y desamparo, la sensación de que el responsable de la situación nacional eludía probar su propia medicina. Supongo que un ex presidente debería residir al menos un tiempo en su país, compartiendo las dichas o desdichas que deja su gobierno. Al marcharse lejos, debilita la imagen de la presidencia.

De alguna forma, los chilenos debemos recuperar el respeto por las instituciones y mejorar el clima de convivencia cívica. Y nuestros presidentes deben velar al mismo tiempo por la otra cara de La Moneda.

/Blog  de Roberto Ampuero en El Mercurio

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