¿Por qué el debate presidencial no logró cautivar a los escasos chilenos que lo siguieron? Unos lo atribuyen a los periodistas, otros al formato, y algunos a que la mayoría de los aspirantes sabe que no pasará a segunda vuelta. Yo lo atribuyo a algo diferente: a los diversos tiempos históricos en que habitan los candidatos. Una suerte de túnel del tiempo impide el surgimiento del choque de ideas y propuestas.

Eduardo Artés, por ejemplo, no habita en este siglo, y por eso es imposible debatir con él. Su visión de mundo y su sueño para Chile son de la Guerra Fría. Quien celebra hoy a la revolución bolchevique y considera a Corea del Norte democrática y fuente de la felicidad no vive en este planeta. Por eso, debatir con Artés es como hacerlo con la mamá del film “Good bye, Lenin”, a la que hay que ocultarle que desapareció el socialismo de la RDA para que no le dé un infarto. Algo similar ocurre con el senador Alejandro Navarro. Si bien aplaude a los regímenes de Castro y de Maduro, no celebra a la monarquía comunista de los Kim. Pero su lenguaje, su utopía y el puño cerrado están anclados en otra época.

Marco Enríquez-Ominami, que sabe de visiones de largo plazo, tampoco está del todo en el presente. Postula este año, pero da la impresión de que lo hace con la vista puesta en la presidencial de 2021. Por ello, más que esbozar un gobierno 2018-2022, busca herir al favorito y afincarse en la memoria de los electores del futuro.

Tampoco Carolina Goic está ubicada en el plano de hoy. Habla desde una DC que, con la identidad que pinta, ya no existe. Goic busca recuperar esa identidad perdida desde el ángulo sensato de la fenecida Concertación, lo que a su vez agudiza las tensiones internas del partido. Lo dramático: el modelo salvador para la DC chilena es uno de éxito mundial: la DC de la Canciller Federal Angela Merkel, un partido de centroderecha, apegado a la economía de mercado y con sensibilidad social.

¿Y qué decir de Beatriz Sánchez? Tampoco me parece que habita en el Chile de hoy. Está de candidata por la merecida popularidad que alcanzó como periodista, pero principalmente porque sirve de puente al futuro de Boric, Jackson y Mayol. En rigor, Sánchez “hace tiempo” hasta que ellos alcancen la edad que les permita postular a la Presidencia.

A José Antonio Kast, por otro lado, la esencia de su argumentación lo coloca en un marco que se vincula más con la década de los noventa que con los temas de hoy. ¿Cuál es su objetivo al buscar apoyo por la derecha de Sebastián Piñera? ¿Acumular fuerzas para intentar negociar con él después del arrollador triunfo que se le pronostica para la primera vuelta? Lo cierto es que quienes pasen a la segunda tendrán que priorizar la conquista del centro político para llegar a La Moneda.

Finalmente está Alejandro Guillier, el candidato situado a menor distancia del favorito. Son 20 puntos: pocos para abandonar, demasiados para superar. Como la suya no es una candidatura testimonial, debe plantear cosas viables. A diferencia de Artés, ME-O o Goic, tiene posibilidades, pero luce desganado y golpeado por la política, como si hubiese descubierto que no está hecho del material de los políticos. Parece añorar la etapa en que ya no sea político.

Como favorito, Piñera tiene la tarea más ardua: estar en el presente, ofrecer soluciones reales, reimpulsar la economía, unir al país y encantarlo con un sueño. También está obligado a imponerse en debates que tienden a no ser de propuestas, porque sus adversarios, sintiendo La Moneda hoy un imposible, optan a menudo por el ataque personal para figurar. Creo difícil que los próximos debates entusiasmen a los chilenos. Tal vez en una segunda vuelta, de haberla, pueda resurgir el entusiasmo. Para ello, el contendiente de Piñera tendrá que estar con todos los sentidos en el Chile de hoy.

/Blog de Roberto Ampuero para El Mercurio

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