La solicitud de apoyo que el comando de Guillier ha hecho a Ricardo Lagos -ocurrió esta semana y seguirá ocurriendo en los días que vienen- sería, en circunstancias normales, un evento intrascendente, una vicisitud más de esas de las que está plagada la política.

Pero en este caso no tiene nada de intrascendente.

Porque la candidatura de Guillier, que ahora pide agua, se erigió no sobre la derrota de Lagos, sino sobre el rechazo del proyecto de modernización que Lagos había emprendido y del que llegó a ser el símbolo. Desde el estilo de la política que llevó adelante la Concertación (tecnocrática y acompañada de una voluntad firme) hasta sus definiciones más ideológicas (cercanas a la tercera vía) se resumieron, y se resumen, en la figura de Lagos. Y sobre ese rechazo -el rechazo al proyecto de modernización que Lagos condujo y representa y en el que en su momento todos consintieron- se construyó la candidatura del segundo mandato de Bachelet, primero, y la de Guillier, ahora.

No tiene demasiado sentido entonces -salvo que la cercanía de la derrota constituya un sentido o salvo que la ausencia de ideas constituya un sentido o salvo que los temores alimentarios constituyan un sentido- que ahora Alejandro Guillier demande a Lagos y a los miembros de la vieja Concertación el apoyo, porque ¿cómo podría Guillier solicitar ese apoyo sin socavar el suelo donde se afirman sus pies iniciales de candidato: el rechazo al proyecto que Lagos condujo? ¿Y cómo podrían Lagos y el resto conferirle explícitamente ese apoyo, sin que al hacerlo consintieran tácita e implícitamente que sí, que las críticas de Guillier eran correctas?

Lo que el comando de Guillier parece olvidar -o más bien quiere hacer olvidar- es que la actual fisonomía de la izquierda en Chile se ha construido sobre la crítica y el rechazo al estilo de modernización que la Concertación en su momento impulsó. Desde la segunda candidatura de Bachelet hasta ahora ha habido un movimiento que, para bien o para mal, ha alejado a la centroizquierda del proyecto que le confirió el éxito durante casi dos décadas, y al desprestigiar su propio pasado (o, lo que es peor, al avergonzarse de él o a veces impúdicamente desconocer la participación que tuvo en él) sin erigir al mismo tiempo un puñado de ideas que suturara esa lejanía, se vio obligada a ejercitar la crítica gruesa, los eslóganes, el facilismo, el estilo sencillo y campechano del show de noticias disfrazado de reflexión política.

Y ahora, al advertir que eso solo podía conducir adonde condujo -al fortalecimiento de la derecha, más sintonizada con el centro y con los grupos medios- se imagina un procedimiento para acercarse a Lagos y a los demás a fin de que estos le manifiesten su adhesión.

Es como si después de haber estado convencidos de que en la marea de la sociedad chilena había un apetito de izquierdismo, y darse cuenta a poco andar de que no era así, quisiera ahora retroceder dos o tres pasos, echar atrás la marcha de los días y borrar el significado de los gestos para, por fin, acercarse al centro.

Demasiado tarde.

Porque este proceso que condujo a la segunda presidencia de Bachelet y a la candidatura de Alejandro Guillier (un proceso al que él se sumó con la agilidad de quien está acostumbrado a adivinar el rating) viene de tiempo atrás, y en estos cuatro años se acentuó al contar con un diagnóstico de la sociedad chilena más inspirado en sueños de comunidad que en la ilustración sociológica.

Y ya no es hora ni de hacer retroceder los días, ni borrar los gestos, ni corregir el diagnóstico y descubrir que el centro existe. La trayectoria vital de los grupos medios ascendidos todos estos años, cuyo apoyo ahora se anhela, ya se la devaluó hasta rozar la ofensa (es cosa de recordar las frases del ministro Eyzaguirre, quien con liviano paternalismo de pije insinuó que el deseo de distinción de esos grupos era simple arribismo) y es muy difícil que se la pueda corregir en unas pocas semanas.

La distancia que ahora el equipo de Guillier quiere corregir y achicar, sirviéndose para ello del prestigio de Lagos y de quienes lo rodean, es por todo eso una de las ironías más rotundas del último tiempo.

O una muestra de falta de talento.

Porque, se dan cuenta ahora, cuando quizá sea demasiado tarde, que el talento en política no consiste tanto en oír lo que la calle dice, o en obedecer lo que el líder dice, sino en interpretar lo que la mayoría calla.

/Blog de Carlos Peña en El Mercurio

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