El tironeo para determinar si habrá pacto de apoyo mutuo en segunda vuelta entre Goic y Guillier tiene dos elementos de débil consistencia.

Por una parte, suponer que uno de ellos efectivamente logrará pasar. Eso obviamente es posible y sería absurdo por completo que no se explorara esa hipótesis. Pero otra cosa es que se tome el dato como un hecho ya comprobado y que una de las dos candidaturas -la del senador periodista, en concreto- parezca empeñada de modo majadero en forzar una promesa de la senadora austral, lo que solo dificultará un eventual pacto final. No por levantarse antes, amanece más temprano.

Pero donde realmente se aprecia la banalidad de todo ese asunto es en el contenido de ese deseado pololeo, con posible fecha de inicio el 19 de noviembre por la noche (al menos, así lo plantea la cortejada).

Ese domingo a última hora -si no se produce ningún compromiso en las seis semanas previas- se podría sellar un nuevo pacto de amor, tan falso como el de aquellas ridículas telenovelas en cien capítulos (aunque este sería solo el sexto protagonizado por los grupos concertados o neomayoritarios).

Se trataría de que quienes se tiraron de las mechas durante tres años y finalmente rompieron el hogar común hace apenas unos pocos meses, ahora se mirasen a los ojos con fingida atracción, se abrazasen sobajeándose la espalda y pactasen nuevos esponsales ante una ciudadanía mitad perpleja, mitad rabiosa (descuéntese ese 5% de beneficiarios laborales del régimen, quienes mirarían con ojos lánguidos la posibilidad de conservar sus pegas gracias a tan bello enlace).

¿Por qué sería una vergüenza más cualquier arreglo entre Goic y Guillier para la segunda vuelta?

Primero, porque si hace cuatro años las fuerzas de la autodenominada Nueva Mayoría jamás se pusieron de acuerdo respecto de un programa común, menos podrían hacerlo ahora. No se nos olvide nunca que en los últimos tiempos los personeros democristianos más significativos se movieron entre dos coordenadas respecto del programa Bachelet: o afirmaron que ignoraban su contenido o sostuvieron que no lo consideraban un dogma. Si eso ya pasó una vez, ¿cómo podría enmendarse ahora una disconformidad tan evidente respecto de un programa futuro? En la noche del 19 de noviembre, ¿se podría acordar un programa común, realmente… común?

Imposible, absurdo: hay temas de fondo que dividen a la DC respecto del resto de los partidos que han apoyado a Bachelet. Y esa división no desaparecerá con un clic.

Y, en segundo lugar, la tensión más fuerte es la que se hace presente en las bases democratacristianas: las relaciones con el PC. Porque todo acuerdo con Guillier -bien lo saben Alvear, Burgos, Aylwin, Martínez y sus gentes- es un acuerdo con los comunistas, principales sostenedores de la candidatura del senador por el norte.

Los comunistas han pauteado día a día al gobierno Bachelet, y cada vez que lo han hecho ha sido en perjuicio de la DC. No hay un solo democristiano que lo ignore. Sus bases han vivido los peores tres años desde que en los 70 tuvieron que definirse en contra de Allende y a favor del pronunciamiento militar. Desde entonces que no estaban tan tensionadas. ¿Podrían resistir un nuevo desgarro, como tener que apoyar al candidato del PC, después de ver derrotada a la candidata propia?

No cabe duda de que en la noche del 19 de noviembre las directivas partidistas de la actual coalición gobernante podrían acordar quién sabe qué. Y no cabe duda alguna tampoco de que si esa noche el pacto es un nuevo concubinato, muchos electores le darán la espalda. Más será menos.

Quedará claro que cuando el amor es espurio, es puro amor al poder. O sea, puro poder, sin nada de amor.

/Columna de Gonzalo Rojas en el diario El Mercurio

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