Estamos a cincuenta años de la muerte del Che Guevara y a casi un año de la de Fidel. Buen momento para reflexionar sobre la revolución cubana. Para eso he estado leyendo “El mundo revolucionario de Cuba”, un libro nuevo de Jonathan Brown sobre el primer decenio de la revolución, época en que Fidel y el Che se dedicaron a “consolidarla”. Brown se ciñe a hechos concretos y como buen académico, evita emitir juicios. Pero todo lo que cuenta espanta a cualquiera que cree en la democracia o la libertad.

Fidel entró a la Habana el 8 de enero de 1959 como un héroe de la democracia que había vencido a una dictadura corrupta y sanguinaria. Por eso lo vitoreaban los cubanos demócratas. Castro no perdió tiempo en decepcionarlos. Una buena parte de la “consolidación”, no solo de la revolución sino del poder dictatorial de los Castro, fue ejecutada con despiadada brutalidad en solo dos o tres años.

Ya en los primeros seis meses de 1959, unos 300 cubanos fueron someramente ejecutados. Mientras tanto Castro se dedicó a reemplazar a los ministros más moderados con comunistas. Anunció expropiaciones masivas de empresas, y una reforma agraria que alienó a muchos campesinos porque en vez de redistribuir tierras las colectivizaba. Se intervinieron las universidades, para privarlas de su autonomía: según Brown, a fines de 1960, más de cien rectores y profesores se habían escapado al exilio. En abril de 1959 comenzó el acercamiento a la Unión Soviética, con el primer viaje del Che a Moscú. En octubre, Fidel se deshizo de dos potenciales rivales, dos héroes de la Sierra Maestra, Huber Matos y Camilo Cienfuegos. A Matos lo fue a detener Cienfuegos, por órdenes de Fidel. Al entregarse, Matos le dijo que tuviera cuidado, porque a Fidel, y más aun a Raúl, les caía mal lo popular que era. Pocos días después, Cienfuegos desapareció en un avión que nunca fue encontrado. En cuanto a Matos, estuvo 20 años preso.

Pero el acto de “consolidación” más impresionante de todos fue la constitución, en septiembre de 1960, de los Comités de Defensa de la Revolución, para que los cubanos se delataran entre ellos. Tan eficientes eran ya en abril de 1961, que cuando los exiliados de Miami, ayudados por la CIA, desembarcan ese mes en la Bahía de los Cochinos, el régimen logra detener a nada menos que 100.000 cubanos sospechosos de querer ayudarlos.

Los exiliados siguieron tratando de atacar a Cuba, y hubo sedición en el campo: Brown estima que unas 300 bandas rurales se alzaron contra el régimen. A pesar de que Castro entrenó a unos 300.000 milicianos para combatirlos, resistieron hasta 1965. Pero el poder de Castro se consolidaba cada vez más, incluso gracias a ellos: los insurgentes le servían como prueba de que la revolución estaba bajo amenaza, lo que justificaba más y más militarización y represión.

A Fidel y al Che no les bastó con consolidar la revolución dentro del país. Había también que exportarla. De allí que Cuba se convirtió en un campo de entrenamiento para guerrilleros latinoamericanos.

Increíble que tantos jóvenes estuvieran dispuestos a dar sus vidas por las ideas de Fidel y el Che. Algo tenían de los yihadistas de hoy, incluso de su culto a la muerte. Recordemos el eslogan “Patria o muerte” de Fidel, y la imposible campaña boliviana del Che, que mucho tiene de suicidio.

De los intentos de exportar la revolución, el caso más conmovedor es el de Venezuela, que tuvo que combatir una feroz guerrilla castrista hasta 1966. Magníficamente, logró vencerla sin perder su democracia. Qué terrible que lo que no pudo hacer Castro en los 1960 lo haya logrado en este siglo, con Chávez y Maduro. Despeluznante que miles de agentes cubanos sigan sosteniendo a ese demencial tirano de Caracas.

/Columna para el diario El Mercurio de David Gallagher

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