Cuando la parentela del capitán decidió transformar la eliminación de la selección en “La caldera del diablo”, Arturo Salah utilizó una expresión curiosa para describir el debate sobre los borrachos y los responsables. “Me preocupa la satanización que se está haciendo de la Roja”, describió.

Es extraño lo acontecido con el capitán, su señora y su suegra, toda vez que ha sido Claudio Bravo uno de los más furibundos críticos a la rumorología, la farandulización y acostumbra a dar sermones morales sobre la ética de la información. Las señoras en cuestión, de hecho, no hacen más que constatar un hecho: hubo un acuerdo social tácito entre dirigentes, entrenadores, jugadores y el resto de la sociedad (incluidas altas autoridades políticas y policiales) para asumir que uno de nuestros principales jugadores -y el de mejor rendimiento en las clasificatorias, con holgura- tiene vicios.

En su última salida descarriada fue el propio Bravo quien lo acompañó en la conferencia de prensa. El plantel lo apoyó, lo respaldó y fue testigo, otra vez, de su llanto. Como ha sucedido invariablemente con todos los actos de indisciplina que se vienen sucediendo desde el Dublinazo en adelante(con una sola excepción, que Claudio Borghi y la selección pagaron muy caro).

Por primera vez en la historia, el presidente de nuestra Federación es un ex jugador y entrenador, y por ende, el manejo de situaciones como estas debió ser especial. Arturo Salah dedicó buena parte de su discurso histórico a criticar a los dirigentes y, por supuesto, a los periodistas, por la falta de “profesionalismo” con que se encaraba la actividad. Pues bien, esta era la oportunidad de sentar las bases de un cambio trascendente, importante, definitivo.

El timonel del fútbol chileno, sin embargo, amparó el secretismo de Juan Antonio Pizzi para evaluar el fracaso. Pese a que el seleccionador prometió un informe, es un hecho de la causa que las razones que condujeron a la debacle jamás se sabrán. No habrá detalles técnicos, ni disciplinarios ni administrativos que nos den una señal oficial y responsable de lo que aconteció para que la generación más brillante de la historia quedara fuera de su cita más soñada. Y, lo que es peor, el sucesor de Pizzi no tendrá ni la más mínima idea de los factores que lo llevaron a interpretar el papel más insignificante de su vida profesional.

Arturo Salah -el presidente y el entrenador- vio en primera línea como el “proceso” se descompuso al punto de terminar como seguramente más odia: con una lucha soterrada de los jugadores en redes sociales y con la más delirante participación familiar en el debate de la intimidad del grupo que se recuerde en el país. Al permitir que Pizzi se fuera sin “desnudarse públicamente” con un informe mínimo, fuimos testigos del derrumbe no solo de la ilusión mundialista de la generación dorada, sino también de las estiradas etiquetas de conducta del gremio futbolero. Este quiebre no se resuelve con un asado, creo, al menos que hagamos una terapia de grupo que incluya a los vecinos de Viluco y al personal del Club Hípico.

Para decirlo claramente, el comportamiento descarriado en materias disciplinarias, técnicas, financieras y de convivencia se produjo cuando suponíamos que a cargo de la Federación había un experto en el manejo de futbolistas. Y eso sí demuestra que, esta vez, el diablo metió la cola.

/Blog de Aldo Schiapacassemen el diario El Mercurio

/gap