na serie de extrañas muertes han tenido lugar en Santiago durante los últimos años. Las víctimas tienen en común ser de izquierda, tratarse de personas muy importantes y haber prestado grandes servicios a Michelle Bachelet. En un caso, el muerto fue el creador de su estrellato político (Ricardo Lagos). Otros fueron amigos particularmente fieles (Rodrigo Peñailillo). No falta el que, sin tener una amistad íntima con ella, se sacrificó hasta lo indecible para permitir que la segunda navegación de Bachelet no terminara en un naufragio (Rodrigo Valdés).

La muerte más reciente es especialmente dolorosa, porque Mahmud Aleuy era la lealtad personificada, y ni siquiera sabemos si “Pancho”, como lo llama, realmente está muerto. En todo caso, sus forzadas vacaciones tienen un halo fúnebre, como quien sale a capear las olas marinas navegando en un ataúd. Es, para usar las palabras de Bachelet, una “no situación”.

¿Qué tiene nuestra Presidenta que nadie está seguro a su lado? ¿Qué cualidad es esa, que lleva de manera inexorable a que se aplique aquí el dicho de Shakira: “Se quiere, se mata”?

Si muere Aleuy, la víctima de mañana perfectamente podría apellidarse Eyzaguirre, Uriarte o Fernández. Con Michelle cerca, ninguno tiene la vida comprada, pero quizá eso explique parte de su magnetismo. Quienes trabajan con ella son especiales: sobreviven día tras día a la muerte.

Por alguna misteriosa compulsión, llega el momento en que le quita el piso a sus colaboradores más cercanos, pero no de cualquier manera. Como dice el Código Penal, ella añade la ignominia a los efectos propios del delito. No se limita a destronar a Peñailillo, lo hace por televisión y en un programa de Don Francisco. Desautoriza a Aleuy justo cuando está en Buenos Aires hablando de la violencia en La Araucanía con las autoridades argentinas: pasó una vergüenza tan grande como innecesaria.

Bachelet no se queda allí, porque los humilla trasladando su cariño a funcionarios que tradicionalmente se han considerado de un rango menor al puesto que ocupaban las víctimas. En la reciente crisis del equipo económico, tuvo que elegir entre el ministro de Hacienda y el de Medio Ambiente, y prefirió a este último. Mahmud Aleuy no ha sido vencido por un supertanque, sino por el ministro comunista de Desarrollo Social, cuya cara ni usted ni yo reconoceríamos si nos topamos con él en un vagón de metro atestado de gente.

La literatura y el cine están llenos de figuras de mujeres que matan a los que quieren, desde la babilónica diosa Ishtar hasta la Quintrala y las viudas negras. Se trata de personajes que, a diferencia del Rey Midas, no transforman en oro, sino en muerte todo lo que tocan. Pero el caso de Bachelet es distinto del resto, al menos por dos razones.

En primer lugar, porque ella no es creación de ciertas fantasías más o menos machistas: sus muertos políticos son ya numerosos y están ahí, cualquiera puede verlos. Ni su propio hijo se libró de ser sacrificado, aunque hay que reconocer que, a diferencia de las otras, esta era una víctima necesaria.

En segundo lugar, el caso de Michelle Bachelet es único porque entre sus logros estará no solo la eliminación de sus más cercanos apoyos políticos, sino el haber dado muerte nada menos que a dos coaliciones muy importantes: primero la Concertación y ahora la Nueva Mayoría.

A la exitosa Concertación la mató deliberadamente. Su cabeza y su corazón estaban en perfecta sintonía: había que aniquilar a esa coalición porque exhibía unos logros económicos e institucionales incompatibles con la identidad política cada vez más izquierdista de la Presidenta. Además, su funcionamiento exigía administrar la variedad y trabajar como una gran máquina de poder, sin lugar para esos círculos de hierro que tanto le gustan.

En cambio, el fallecimiento de la Nueva Mayoría, que todos estamos presenciando, es involuntario y se debe a la peculiar psicología presidencial. La Nueva Mayoría se le murió porque ella, el ícono de la diversidad y la tolerancia, no es capaz de lidiar con las discrepancias en su propia casa. Las mata porque no sabe defenderse de ellas y con eso da muerte a la coalición que las hacía posibles.

¿Será ese el legado del que tanto se habla?

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