En los últimos días la opinión pública ha conocido de la penetración de los grupos de narcotráfico en nuestra sociedad. A la aparente infiltración en un municipio, se agrega ahora la noticia de días de balaceras en un conocido barrio de Santiago, las que ocurren con total impunidad, puesto que la policía se ve sobrepasada por organizaciones que tienen penetradas a las comunidades, que cuentan con armamento con alto poder de fuego y que se vuelven invisibles en calles y pasajes donde reinan por el temor.

Los dos principales enemigos que tiene la seguridad de las personas son el terrorismo y el narcotráfico, ambos han destruido países enteros, son capaces de corromper, paralizar por el miedo, desestabilizar sistemas políticos, apropiarse de la democracia, todo sin que sean necesarios demasiados años. Ambos tienen, además, ciertas lógicas equivalentes: organizaciones con alto nivel de preparación, dinero para encubrir sus acciones y, por último, un desprecio total por la vida.

Por ello, los países que han sido exitosos en combatirlo tienen también algunos factores comunes: una voluntad política mayoritaria, que comprende que no se trata de delincuentes comunes y corrientes, por lo que el Estado debe aplicar mecanismos que, dentro del marco esencial de un estado de derecho democrático, permita el actuar eficaz del sistema de justicia.

Incrementar las herramientas de inteligencia policial en un nivel completamente diferente al que se usa para los desafíos habituales que plantea la delincuencia. Por último, una sanción moral muy fuerte, que impida a las bandas organizadas convertirse en una suerte de modelos de admiración para los jóvenes que viven en las poblaciones y que terminan como “soldados” o “carne de cañón” de estas organizaciones.

Así como estos son elementos indispensables para el éxito, hay otros que son constantes en los países que fracasan. Menospreciar la gravedad del problema, pensando que son otras naciones las que tienen dificultades mayores, pero que nosotros nunca alcanzaremos esa proporción. La verdad es que ambos son enemigos siempre peligrosos y desde que existen se les debe enfrentar como un desafío mayor.

Confundir los problemas sociales que suelen estar en la base como caldo de cultivo, con la violencia derechamente delictual que aplican narcotraficantes y terroristas. Es indudable que se deben resolver las dificultades que están en las bases sociales, recuperar espacios públicos, llegar con la mano civilizatoria y pacificadora del Estado a cada comuna y cada barrio; pero la violencia debe enfrentarse sin contemplaciones por el sistema de justicia.

Por último, caer en la disputa maniquea de represión o prevención. No son estrategias antagónicas, sino complementarias. Se requiere tanto una mano firme, como una mano solidaria para ir a las raíces del problema.

A nuestro país le ha llegado la hora de asumir que ambos problemas ya están aquí, nada ganamos con esconder la cabeza como el avestruz.

/Columna de Gonzalo Cordero para La Tercera

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