En un mundo que se ha transformado en una pecera, donde el umbral de la vida privada ha bajado considerablemente, el número de asiento del presidente del PC se transformó, sin quererlo, en un hecho público. Y tras filtrarse una foto en las redes sociales, se desató la polémica: ¿puede un comunista viajar en primera clase? ¿Se puede defender la revolución consumiendo artículos de lujo?

Por de pronto, hay fotos del Che y de Fidel, en plena revolución, con un Rolex en cada muñeca y nadie se ha planteado si eran o no comunistas. Pero la pregunta es relevante, y va más allá de la mera esfera privada del presidente del PC.

Teillier salió al paso y dijo que “viajar en primera no ha cambiado mi carácter de comunista ni de revolucionario”, agregando algo que no tiene relación alguna con el punto de fondo: “recuerden que lo hice muchas veces en la clandestinidad”. Evidentemente, haber viajado en primera clase en la clandestinidad no es un antecedente relevante, ya que en esa época andaba disfrazado, precisamente, de “no comunista”.

La pregunta de fondo, por lo tanto, no está resuelta.

Pensar que la gente de izquierda tiene que vivir como pobre es tan absurdo como pensar que para ser de derecha es requisito ser rico. Aunque es evidente que testimonios como el de José Mujica en su viejo Volkswagen azul le dan más coherencia al discurso proigualdad.

En teoría, si alguien se define de centroizquierda o de izquierda -en la cual privilegia un rol más amplio del Estado y una sociedad más igualitaria-, podría perfectamente consumir artículos de lujo, pero debería estar dispuesto al cobro de una mayor cantidad de impuestos para hacer ese consumo más costoso y destinar esos recursos a programas de expansión del gasto público. De ahí, por ejemplo, el impuesto a la riqueza en Francia de 75% a los “ricos”. Por cierto, esas experiencias suelen no funcionar, pero eso ya es otro tema…

Distinto es el caso de quienes propician el comunismo. Quienes siguen la utopía de Marx, las prescripciones de Lenin, quienes quieren crear un “hombre nuevo”, una Historia con mayúscula y una sociedad sin clases. Es el caso de los militantes comunistas y es el caso de Teillier.

Marx no buscaba crear hombres iguales, pero sí una sociedad sin diferencias patrimoniales. Es lo que ha propiciado el comunismo desde hace 150 años, aunque en rigor nunca lo ha logrado, ya que en los países comunistas la nueva clase burguesa ha pasado siempre a ser los dirigentes del partido (sabida es la afición a las mansiones que tenía Fidel Castro, los “nuevos ricos” jerarcas chinos y los hijos de altos cargos del régimen de Corea del Norte que exhiben sin pudor su riqueza).

En su diagnóstico de la sociedad que hace Marx en “El Capital”, considera que los “artículos de lujo” son aquellos que solo forman parte del consumo de la clase capitalista y que aunque sean producidos por obreros, están lejos de su capacidad de consumo.

¿Qué hace, entonces, que el presidente del Partido Comunista aspire a consumir como un miembro de la clase capitalista? ¿Por qué busca un privilegio arriba de un avión en lo que es casi una caricatura de la sociedad (donde hay unos pocos adelante privilegiados y el resto va más incómodo atrás)?

La respuesta es simple. Las personas no se pueden modelar ni pueden ser todas iguales. Se puede calibrar la sociedad en el margen, usando básicamente los impuestos y al Estado, pero es una discusión de matices. La igualdad propiciada por el Partido Comunista -en cambio- no es posible, no solo por un problema de diseño y de implementación donde se ha tratado de llevar a cabo, sino porque choca con la propia naturaleza humana.

No es posible aplacar el deseo de consumir, el deseo de tener más y el deseo de usar la plata en lo que a cada uno mejor le plazca. No solo el lucro es lo que mueve al mundo (cuando se le quita, como es el caso de Cuba, el tiempo se detiene), sino que aspirar a consumir, a tener más comodidades y a diferenciarse es una aspiración -legítima o no- de todas las personas. Incluso de quien, como Teillier, ha dedicado su vida a predicar lo contrario.