En las últimas semanas, Michelle Bachelet ha remarcado la intención de presentar el escenario electoral como un “plebiscito” respecto al legado de su gobierno. En efecto, sus recientes entrevistas y declaraciones públicas han terminado por ubicarla a ella y a sus emblemáticas reformas como los verdaderos contrincantes de Sebastián Piñera. Un diseño sin duda riesgoso, que supone dejar a Alejandro Guillier en una posición subalterna, es decir, como un mero apéndice de continuidad respecto a la actual administración.

La lógica plebiscitaria puede resultar tentadora para una coalición debilitada y sin nada positivo que mostrar, salvo una presidenta que en la actualidad ostenta márgenes de aprobación cercanos al 30%. Con todo, esta cifra encubre el enorme proceso de deterioro vivido por la centroizquierda en todos estos años, un cuadro de precariedad marcado por una administración que, casi desde el inicio, ha debido convivir con niveles de rechazo cercanos al 70%.

Es cierto: hoy Michelle Bachelet exhibe una leve mejora en su evaluación personal, algo relativamente frecuente en mandatarios que se acercan al término de su mandato, esa etapa donde el eje del proceso político se deplaza naturalmente hacia la contienda por la sucesión. Pero los guarismos de las encuestas siguen siendo elucuentes: la mayor benevolencia de la opinión pública se concentra sólo en la presidenta; su gobierno, y sobre todo las principales reformas, continúan mostrando niveles de respaldo muy menguados.

En paralelo, el fantasma del legado tiende a imponer el absurdo de discutir sobre el pasado y no sobre el futuro, un criterio que por definición debilita la exigencia de plantear propuestas propias y originales, que no sean la simple prolongación de un proyecto severamente castigado por la ciudadanía en todas las encuestas. En rigor, el plebiscito sobre el legado de Bachelet ha venido realizándose semana a semana y mes a mes desde hace mucho tiempo, y la bancarrota de la Nueva Mayoría es uno de sus principales veredictos. El otro es sin duda el que se consumará con el resultado electoral.

En definitiva, cuando insiste en poner la lógica del legado y su continuidad en el centro del escenario electoral, Michelle Bachelet le hace un flaco favor a la posibilidad de que Guillier y su coalición puedan competir con algún grado de viabilidad frente a la centroderecha. Es una apuesta que en algún sentido no pasa de testimonial, que no agrega ninguna oferta novedosa ni original y que, por sobre todas las cosas, se basa en no querer reconocer ni aceptar que el legado de este gobierno ya ha sido meridianamente sancionado.

La Nueva Mayoría nunca fue más que la popularidad de Michelle Bachelet. Hoy, ella no tiene por tanto nada que ofrecer salvo la esperanza de ser reconocida por sus intenciones al cabo de los años. O de los siglos. Una esperanza tenue, que se parece demasiado a la resignación y la nostalgia. También: un sueño del cual la Mandataria podría salir efectivamente redimida, pero en el que todos los demás estarán obligados a pagar el precio de la historia.

/Columna de Max Colodro en el diario La Tercera

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