En el debate de la Archi de este viernes, el senador Alejandro Navarro arrojó un puñado de monedas a Sebastián Piñera.

No hay que pasar por alto la significación de ese gesto.

Ni convertirlo en una anécdota.

El abandono de las formas -aquello en lo que el senador Navarro acaba de incurrir mientras lanzó esas monedas- permite ganar portadas, causa cierta notoriedad, provee titulares, evita el fugaz olvido, gana aplausos entre los incondicionales, brinda palmadas en la espalda, satisface los impulsos irreflexivos, sacia la transitoria rabia.

Pero no le hace bien a la democracia.

Y es que la democracia necesita esa forma mínima de la virtud que se llama cortesía; esa forma disfrazada de la verdad que se llama hipocresía.

La civilidad, la forma en que los ciudadanos se comunican y se relacionan entre sí, es de las cosas más importantes para la democracia. La democracia es casi pura forma, y exige de quienes participan en ella el cultivo de una insinceridad consistente en no decir todo lo que se piensa, ni hacer todo lo que se desea, ni perseguir todo lo que se anhela.

Y esa no es una característica solo de la vida democrática.

A poco de pensar se repara fácilmente en que la vida social no sería posible si cada uno dijera o expresara, con gestos o con palabras, todo lo que piensa de sus prójimos. Como ninguna vida es totalmente coincidente con la vida que cualquier otro lleva o emprende, cada uno está lleno de quejas o resquemores respecto de su prójimo. Pero si, por homenaje a la consecuencia con las propias convicciones, cada uno declarara la opinión que tiene acerca de él -la molestia que causa su sentido del gusto, los gestos que acostumbra, la forma en que se divierte-, la vida social no sería posible.

No hay duda.

La vida social descansa sobre la represión de lo que cada uno, en la soledad insobornable de su conciencia, piensa acerca de su prójimo.

Y eso que es fundamental en la sociabilidad humana, es todavía más importante cuando se trata de la democracia.

Se llama cortesía.

En la tradición filosófica -v.gr. Aristóteles, Cicerón-, la cortesía es una virtud menor; pero, como enseña la literatura, su importancia deriva del hecho de que las virtudes superiores, como el respeto al otro, el aprecio de la dignidad, o la solidaridad, se aprenden ejercitando esas virtudes menores y aparentemente prescindibles, como la cortesía. Se enseña a los niños a saludar estrechando la mano, no porque se asigne a ese gesto mínimo una importancia moral, sino porque se sabe que ese es el primer escalón de una serie de aprendizajes que conducirá al cultivo de otras virtudes mayores.

Y eso es lo grave del gesto que ejecutó el senador Navarro.

El gesto que él ejecutó -arrojar monedas a Piñera, cuya trayectoria permite abundantes críticas sin necesidad de incurrir en esa demasía- es un indicio de una cierta delicuescencia de las formas que está padeciendo la política chilena, que, como diría Aristóteles, si pudiera presenciarla, augura una cierta debilidad de las virtudes mayores que sobre ellas se erigen. ¿Cómo se podría, en efecto, respetar la dignidad ajena, detenerse ante el secreto de su conciencia, sentirla como parte de la misma comunidad, si ni siquiera se es capaz de la mínima virtud de la cortesía?

Lo anterior no significa que haya que guardar la opinión acerca del prójimo o del rival.

No, por supuesto.

La democracia padecería todavía más si acaso los candidatos callaran lo que piensan de sus rivales; pero una de las virtudes de la libre expresión es que puede decirse, todo, o casi todo, sin incurrir en la descortesía de las formas en que acaba de incurrir el senador Navarro.

Ni Beatriz Sánchez con ese estilo naif y a la vez agresivo, ni ME-O con esa familiaridad impostada que usa para referirse a sus rivales, ni Kast que una y otra vez los irrita y puncetea han ahorrado críticas respecto de Piñera o de sus otros rivales, incluida la imputación judicial; pero ninguno de ellos ha incurrido en el exceso de Navarro que, contraviniendo la sensata advertencia de Aristóteles, abandonó con un solo gesto la virtud hipócrita de la cortesía y demostró, en unos segundos, que, inflamado por sus convicciones o poseído por sus humores, no está dispuesto a cultivar ninguna de las virtudes mayores que sobre ella se erigen.

En un solo gesto, Navarro mostró lo que daña la vida cívica y lo que le falta para conducirla.

/Blog de Carlos Peña para el diario El Mercurio

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