La oposición venezolana debe estar sumida en la confusión, e indecisa y dividida sobre si validar o no las recientes elecciones, a todas luces manipuladas por el régimen de Maduro. Es imposible saber si se votó tal cual se informó oficialmente.

En situaciones de ese tipo, y a pesar de la experiencia de la Asamblea Nacional del 2015, de amplia mayoría opositora (no la espuria Asamblea Constituyente de hace poco), no es imposible que la gente se haya rendido al sistema, por desidia o agotamiento. O que todo haya sido falsificado. Lo fundamental es que las elecciones no se llevaron a cabo bajo las reglas de un Estado de Derecho y no conllevan las características de la letra o del espíritu de una democracia. ¿Debió prestarse la oposición a participar en elecciones fraudulentas? La experiencia es que incluso los pocos gobernadores elegidos por la oposición verán recortado su presupuesto, serán destituidos o detenidos, acusados de esto y de aquello.

El dilema de la oposición venezolana tiene alguna analogía con la oposición chilena de talante democrático al régimen de Pinochet. Había una diferencia, eso sí. A partir de 1978, en este último hubo una progresiva apertura y tolerancia entre calculada y aceptada como inevitable por el gobierno. Hubo cada vez menos presión sobre el país político espontáneo, aunque sí todo el proceso estuvo sometido a espasmos de violencia hasta 1987.

Se pueden recordar dos casos. Para la Consulta de 1978, Eduardo Frei leyó una declaración en que la dio por ilegítima debido a la manifiesta falta de garantías, entre otras razones porque los opositores apenas tenían acceso a los medios de comunicación y el mismo gobierno contaba los votos. En 1980, para aprobar la Constitución, el plebiscito fue organizado de una manera similar a la Consulta. Con todo, había más debate público en los medios. Eduardo Frei llamó a votar No y se le permitió un acto en el Caupolicán. Los opositores tuvieron acceso casi pleno a la prensa escrita; lo mismo, aunque en menor proporción, a la radio -el discurso de Frei se transmitió por una cadena voluntaria-, y nula a la televisión. El acto mismo careció de incidentes, aunque su sola ocurrencia creaba expectación. Quizás la gente votó tal como el gobierno lo informó; de todas maneras no había legitimidad (otra cosa es que la Constitución plebiscitada, en su articulado permanente, válido a partir de 1990, recogía en muchos sentidos la experiencia de la historia de Chile y aspectos plenamente válidos de la ordenación contemporánea en los sistemas democráticos).

En Chile fue importante que la oposición participara en un debate implícito, que no haría sino aumentar y sería una pieza de la futura democracia, que requiere integración de fuerzas que de otro modo se ven como contrarias. En Venezuela las cosas parecen marchar al revés, porque a diferencia del Chile de los ochenta, el ambiente se cierra en vez de abrirse. Puede que el régimen se consolide, aunque solo sea a costa del pueblo venezolano, creando la paz de los cementerios como la Cuba de los Castro. Haría bien la oposición -junto a la necesaria movilización- en ofrecer un programa a la voluntad chavista que anida en parte del alma del país; por largo tiempo el chavismo persistirá como parcela de su cultura política, pero no lo constitutivo de la misma. Habrá democracia cuando coexistan esas dos zonas del alma.

No será el fin del camino. La dinámica de la sociedad humana es una garantía de que la inclinación a la democracia no abandonará a la política de nuestra era. Construir un sistema democrático es una tarea mucho más ardua, siempre vulnerable e incompleta, a veces fallida.

Blog de Joaquiín Fernandois para el diario El Mercurio

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