En marzo de 2013 Michelle Bachelet aterrizó en Chile encarnando la única opción electoralmente viable. Había concluido su primer gobierno con niveles de aprobación cercanos al 80%, lo que ya instalada otra vez como candidata le permitió imponer sus términos sin ninguna resistencia. Volvía al país a realizar una transformación histórica, a enterrar para siempre el “frustrante” y “mediocre” ciclo de la Concertación, ese período marcado a fuego por la lógica de los vetos y los empates con los partidarios de Pinochet, y del que su primer gobierno habría sido el último eslabón.
Su segundo mandato vino a confirmar, sin embargo, que la centroizquierda tenía un diagnóstico no solo desajustado acerca de los supuestos “malestares” presentes en la sociedad chilena, sino también sobre la naturaleza del cambio vivido por el país en las últimas décadas. El paso de una sociedad con cinco millones de pobres a fines de los ’80, a otra mayoritariamente de clase media, no había sido aquilatado en toda su profundidad y magnitud. Menos aún, el que los principales vectores de ese cambio social y cultural eran la democratización del consumo y del crédito, dimensiones sobre las cuales un sector importante de la centroizquierda parecía tener serias reservas “éticas”.
Resulta fácil responsabilizar al caso Caval del desplome en la popularidad de Bachelet y su gobierno; entre otras cosas, porque esa explicación la deja en el rol de “víctima”, algo que se volvió una constante para explicar sus desaciertos ya desde su primera administración. Pero, en rigor, lo que socavó el respaldo a su gestión y hoy tiene a la centroizquierda al borde del colapso no fueron los negocios de su nuera, sino precisamente las reformas y la “lectura” de los cambios vividos por el país que ellas implicaban.
El gobierno de Bachelet nunca entendió a ese Chile de clase media para el cual era (y es) muy importante poder contribuir a la educación escolar de los hijos, hacer la diferencia con una educación pública a la que se percibe incapaz de aportar a un efectivo cambio de estatus. Al contrario, a esa clase media se la humilló y se le insultó; le dijeron que venían a quitarle los patines y que en el fondo eran unos arribistas, que buscaban que sus hijos fueran a colegios con nombres en inglés y se mezclaran con niños de pelo más claro. En resumen, un misil ideológico al corazón de lo que ha sido el cambio social en Chile, ese cambio que -entre muchas cosas- lleva a millones a repletar los malls cada fin de semana y a miles a viajar al extranjero siguiendo a La Roja en sus periplos deportivos.
Esa falta de conexión con el país que ellos mismos hicieron posible hoy tiene a la centroizquierda al borde del abismo, y a la derecha muy cerca de volver al gobierno. Pero la interrogante que persiste en este eventual retorno es si este partir y volver de Bachelet y Piñera, este repetitivo ir y venir que puede terminar sumando 16 años, es reflejo de un ciclo político distinto o más bien el síntoma de uno que no hemos podido dejar atrás. Un eventual nuevo gobierno de Piñera que encare sus desafíos políticos de la misma y deficitaria manera en que lo hizo la vez anterior, o una centroizquierda que nuevamente apueste todo a la polarización, solo vendrían a confirmar que este “volver” sigue siendo más bien parte de lo mismo: un país donde los mínimos comunes simplemente no son posibles.

/Columna de Max Colodro para La Tercera

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