“Una persona que sólo piensa en construir muros, no importa dónde, y no en construir puentes no es cristiano. Eso no está en el evangelio”, decía el papa Francisco en relación con Donald Trump en febrero, durante su viaje de vuelta de México a Roma. Palabras duras no muy comunes para un dignatario extranjero referidas a un candidato inmerso en medio de un proceso electoral en otro país.

Teniendo en consideración su papel como líder espiritual de una religión de alcance universal, muy poderosa e influyente también entre los norteamericanos, el Papa le respondía a varios periodistas cuando querían que hiciera alguna recomendación para los católicos de Estados Unidos: “En relación con lo que ustedes me piden de aconsejar votar o no votar por alguien, no voy a meterme en eso. Sólo digo que ese hombre no es cristiano si ha dicho cosas como esas”, evitando así ser empujado al centro de la contienda electoral.

Siguiendo estas frases y la algo irónica respuesta del candidato, al decir: “Si el Vaticano fuera atacado por ISIS, que todos sabemos sería su máximo trofeo, les prometo que el Papa desearía con mucha fuerza que yo hubiera sido electo Presidente”, uno podría deducir fácilmente que estos dos líderes tendrán una relación distante, si no muy mala, tan pronto el Presidente electo se haga cargo.

La relación entre el emperador y el pontífice máximo nunca fue fácil… en los tiempos de la Roma antigua, con Carlomagno o aun después, con Napoleón y otros poderes terrenales. Siempre hubo tensión entre el comandante en jefe y el Papado, que actuaba muchas veces como un faro señalándole a la humanidad los peligrosos acantilados que debería evitar.

Hasta la reunificación de Italia, en 1871, el Papa representaba también un poder local que controlaba vastos territorios en el centro de la península. En aquellos tiempos, ser un jugador del tablero principal provocaba numerosas complicaciones entre el Vaticano y los otros reinos europeos.

Aprovechando ese papel dual de ser un príncipe italiano y un líder universal, por siglos el Papa fue una especie de fuente última de legitimidad. Si el poder provenía directamente de Dios hacia las cabezas coronadas, ser el vicario de su Hijo en la Tierra era algo extremadamente importante. Subía o bajaba el pulgar a las uniones o las divisiones dinásticas, excomulgaba familias reales enteras y hasta dividía continentes entre las potencias coloniales.

Por el contrario, hubo numerosos capítulos en la historia humana en los que se han registrado grandes coincidencias entre el poder dominante y el Vaticano, a veces en temas más específicos y otras en un número mayor de asuntos geoestratégicos. Cuando ese era caso y el Emperador y el Papa estaban realmente en sintonía, el resultado era normalmente muy importante. Tal vez una de las últimas oportunidades fue cuando el papa Juan Pablo II y el presidente Reagan, junto con Margaret Thatcher, unieron fuerzas para combatir al comunismo, primero, en Polonia y luego, en el mundo entero, provocando así el colapso del Imperio soviético que controlaba desde Moscú casi la mitad del planeta.

Pero volviendo al presente, si separamos la paja del trigo, tal vez encontraremos que no serían todas diferencias y distancias lo que separan a estos dos hombres, con posiciones relevantes a nivel mundial en términos de poder e influencia. Podría haber muchas más coincidencias y puntos en común de lo que cualquiera pudiera imaginar.

El Papa y el Presidente electo constituyen resultados diferentes de un proceso casi similar. Los dos descienden de familias europeas que emigraron al “Nuevo” Continente para reiniciar sus vidas. Los Trump del norte protestante y los Bergoglio del sur católico. Como tantos otros millones de inmigrantes de toda Europa, se embarcaron en largos viajes camino a Nueva York y Buenos Aires. La cultura diferente con que se encontraron y los distintos caminos que siguieron en sus vidas hicieron el resto. Donald creció en una familia muy orientada a los negocios en el típico ambiente neoyorquino, mientras que Jorge Mario vivió en la más estatista Argentina, de fines de la Segunda Guerra Mundial y abrazó muy joven el sacerdocio. La idea de que el mercado es el centro y principal fuente de creación de riquezas versus un sistema donde se les otorgan esas funciones centrales al gobierno.

Pero estos diferentes antecedentes y sus peleas durante la última campaña por el status de los inmigrantes ilegales, mostrando a Trump como un rudo constructor de muros y a Francisco como un misericordioso desarrollador de puentes, podrían ocultarnos un par de temas muy importantes que tienen en común.

Ambos llegaron al pináculo del poder como “outsiders”, denunciado las fallas de sus respectivos sistemas y con una clara idea de cambio. El camino de Trump fue más que evidente durante la carrera a la Casa Blanca. Políticamente incorrecto, se hizo de la nominación republicana después de haber sido el objetivo de una enorme campaña difamatoria que lo trató de demonizar, pero que terminó alimentándolo como la opción antisistémica. Francisco, por su parte, comenzó su camino al trono de San Pedro denunciando las consecuencias negativas y las injusticias del orden económico vigente, ideas incluidas en numerosos documentos producidos por la Iglesia latinoamericana. El cardenal Bergoglio de Buenos Aires siempre fue su editor e inspirador. Ser el líder del 40% de los católicos del mundo que vive en este subcontinente fue una buena forma de posicionarlo como el antisistémico que se oponía al establishment (la Curia de Roma y los cardenales europeos). Para ganar el cónclave, después de la renuncia de Benedicto, tuvo el apoyo total de Latinoamérica, más África y el voto clave de los cardenales norteamericanos.

Sin embargo, probablemente la principal y más importante coincidencia tenga  que ver con sus posiciones en contra de lo que se considera como un proceso irreversible: la globalización. Hoy en día pareciera que las divisiones y las discusiones no se dan más entre izquierdas y derechas, sino entre globalistas y los que de alguna manera se oponen. Tanto el Papa como el Presidente electo son miembros activos de este segundo grupo y hablan en nombre de diferente grupos que sufren directamente sus importantes consecuencias negativas. La idea de controlar de alguna manera este proceso puede ser el campo de juego en donde veamos a Francisco y Trump jugando para el mismo equipo. Comparten un formidablemente fuerte enemigo en común y muchas veces esto es suficiente para trabajar en conjunto y buscar las coincidencias más que marcar las diferencias.

En esta lucha podrían tener un aliado inesperado. Vladimir Vladimirovich Putin mantiene relaciones muy cercanas con los dos y en cierto sentido comparte sus puntos de vista críticos sobre la economía global. El presidente ruso jugó fuertemente sus cartas durante las elecciones de Estados Unidos y ahora podría ser un buen aliado de la Casa Blanca en la nueva era Trump. Como el propio doctor Kissinger sostiene, Rusia podría ser un socio estratégico exigiendo a cambio un relativamente bajo precio. Ellos quieren recuperar su área de influencia, evitando que la OTAN aterrice en su vecindario, principalmente en Ucrania. Un costo pequeño si el resultado permite coordinar políticas y esfuerzos en todo el mundo con la segunda potencia militar.

El papa Francisco está embarcado en un proceso similar de seducción del oso ruso, aunque buscando diferentes objetivos. Desde sus tiempos como arzobispo de la heterogénea y cosmopolita ciudad de Buenos Aires, persigue la idea de la reunificación de la familia cristiana. Siempre se refirió a sí mismo como el obispo de Roma, sin mencionar ninguno de sus títulos y honores como jefe mundial de la cristiandad. Tras los pasos de sus predecesores, Juan Pablo II y Benedicto XVI, permanentemente envía señales positivas a las otras ramas en que se dividen los seguidores de Jesús. Aceptó y feliz asistió en Suecia a las ceremonias de los 500 años de la reforma luterana, aun cuando los protestantes rompieron con Roma por los abusos del papado. Desde el inicio de su estancia romana, estrechó lazos con su “colega”, el patriarca de Constantinopla, el Primus Inter Pares entre los otros líderes de los 300 millones de ortodoxos que hay en el mundo. Aceptó la invitación de Bartolomé I para visitar juntos Tierra Santa y rezar frente al Santo Sepulcro en Jerusalén. Pero el hueso duro de roer siempre fueron los rusos ortodoxos. En febrero último, camino a México, Francisco hizo una parada de dos horas en el Aeropuerto Internacional José Martí de la Habana, en Cuba, para reunirse por primera vez en la historia con el patriarca de Moscú, Kirill, líder de la Iglesia rusa, la mayor en el mundo eslavo y en perfecta comunión con el Kremlin, como siempre desde los tiempos del Imperio. En cierta forma Kirill es Putin.

Si el nuevo zar decide sacar provecho de esta increíble posición como amigo de dos de las personas más poderosas de la Tierra, puede también ayudar a generar un inesperado alineamiento geoestratrégico. Tres sólidas patas diferentes que sostienen una vieja mesa, que soporta el peso de toda una civilización. Trump, con su fe presbiteriana, podría representar la tradición del norte de Europa, muy extendida en el norte de las Américas; Francisco, a los católicos del sur de ambos continentes y Putin, el componente eslávico y ortodoxo, lo que sumado simbolizan las tres principales ramas del cristianismo. Con orígenes y pensamientos algo divergentes, pero en una lucha común en contra de un mismo enemigo —las consecuencias negativas de la globalización—, ellos podrían terminar reforzando toda una civilización que desde hace un tiempo se va debilitando, perdiendo importancia y espacio en detrimento de otras emergentes: China, el mundo musulmán, etcétera. Trump, Francisco y Putin jugando juntos en el mismo equipo. Tal vez una idea loca, o una realidad en los tiempos locos que se nos vienen por delante.

Columna de Luis Rosales para Infobae

/gap