Una de las predicciones de Marx fue que la clase obrera aumentaría de manera inevitable. Se equivocó. En vez de crecer, la vieja clase de “cuello azul” -como solía llamársela en los manuales de sociología- ha disminuido.

La mejora en las condiciones materiales de existencia (la frase es del mismo Marx) ha dado lugar, en cambio, a la aparición de una nueva clase media que es la que decidirá la próxima elección.

Ignorarla es el error del Frente Amplio; identificarla, el acierto de Sebastián Piñera; confundirla con la antigua mesocracia, el defecto de Guillier; mimetizarla con la familia decé es el problema de Goic.

¿En qué consisten esos grupos de cuello blanco (como se les llamaba en los viejos manuales) cuya voluntad inclinará el curso de la política chilena en los próximos años?

Desde luego, se trata de grupos que en un breve lapso (apenas dos décadas) han cambiado radicalmente sus condiciones materiales de existencia: han accedido a bienes como la vivienda, el automóvil, la elección de colegio o la educación superior, cosas que apenas ayer les parecían una quimera. Culturalmente están poseídos por lo que Tocqueville llamó “la pasión por el consumo”; poseen una alta confianza en sí mismos; anhelan bienes estatutarios (el principal de todos, el automóvil); están mejor que sus padres y confían en que sus hijos estarán mejor que ellos.

Solo una circunstancia los ensombrece: el riesgo de la enfermedad, el infortunio de la vejez, el retorno a las carencias que se esconden en sus recuerdos más tempranos.

Esos grupos medios reclaman reconocimiento para su trayectoria vital y que, a la vez, se atienda el riesgo que padecen.

En esa mezcla extraña -anhelo de reconocimiento y deseo de contar con un seguro contra el riesgo- está la clave de las demandas de esos grupos hoy en día mayoritarios (cálculos del PNUD los empinan casi a un sesenta por ciento).

El programa del Frente Amplio comete el error de interpretar esas demandas que son propias de los grupos medios surgidos a la sombra de la modernización como si ellas fueran un rechazo a esta última. Transforma el temor al riesgo de infortunio en una demanda de transformación radical, sin advertir que este tipo de demandas en vez de curar el temor al riesgo lo acrecienta.

El programa de Piñera, por su parte, al atender a las demandas de los grupos medios no ha hecho abandono de lo que suele llamarse modelo de Chicago. El modelo de Chicago -salvo que se le sustituya por una caricatura- se mantiene; solo que ahora sus técnicas tradicionales apuntan a los grupos medios que son, no hay que olvidarlo, quienes hasta hace poco eran los pobres. El empleo de transferencias directas (que no alteran el mercado) y el uso de seguros contra las contingencias (evitando el riesgo moral y la conducta oportunista que se adoptaría si se cubriera a las personas a todo evento) son técnicas de la más ortodoxa economía neoclásica, muy lejos de los derechos universales o del Estado de bienestar.

¿Y Guillier?

Guillier está cometiendo dos errores que urge corregir.

El primero es confundir a la vieja y angosta clase media surgida a la sombra de la expansión estatal con los nuevos y amplios grupos medios que son resultado de la expansión del consumo. Y una cosa no tiene nada que ver con la otra. Una estuvo animada por la idea del Estado benefactor, la otra está impulsada por la competencia por el estatus.

Y el segundo es creer que la sobriedad, el recato y el pudor (tradicionalmente atribuidos a la vieja clase media que disfrazaba así lo que era simple escasez) son una virtud intelectual. Y no es el caso. En el debate político, tanto silencio de ideas, en vez de ser muestra de virtud, parece una simple prueba de desorientación e ignorancia.

Goic, por su parte, está en medio de un problema que no parece, a estas alturas, tener solución.

Parece ocurrirle a ella lo que le sucede a toda la decé: creer que los grupos medios son como las comunidades de vida cristiana o esos encuentros pastoriles de Punta de Tralca. Creer que basta declarar los valores éticos para contar con una conducta que los realice. Y ocurre que nada de eso entusiasma a esos grupos medios que acaban de descubrir la experiencia de la autonomía, que es siempre una experiencia que se vive como transgresión.

/Columna de Carlos Peña para El Mercurio

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