Ojalá hubiesen sido de ficción los socialismos del siglo XX, porque nunca habrían llegado a concretarse, y así, nunca se habrían cometido tantos crímenes ni se habrían causado tantos dolores a millones y millones de personas, en gran parte del planeta.

Por eso, en 1989 resultaba tan grotesco aquello de que “los socialismos reales” se habían terminado, como si hubiese sido posible la existencia de unos socialismos irreales, idílicos, soñados.

Más ridículo sonaba todavía en Chile, donde ya habíamos experimentado la “realidad real” del socialismo durante los mil días de Allende. Nosotros ya habíamos derribado nuestro propio Muro -en 1971, los civiles comenzamos lo que en 1973 los militares terminaron- y esperábamos no tener que sentirnos acosados nunca más.

Pero, casi medio siglo después, vino una autoproclamada nueva mayoría e intentó construir de nuevo un socialismo real, el único que existe, el que todo lo contamina. Y el desastre está a la vista: a la vista de los que ya padecimos una primera intentona en los setenta y también bajo la mirada escrutadora de los más jóvenes, de aquellos que no nos creían nada sobre cómo había sido la UP.

Ahora, todos estamos hermanados; ahora, todos vemos por igual el segundo fracaso del socialismo real en Chile, a pocos meses del final de Bachelet II.

Como ha sucedido siempre, lo más grave ha sido una vez más el gran efecto de deshumanización que el socialismo produce con sus medidas. A cien años de la revolución bolchevique, nadie debiera ignorar la depredación que produjo ese proceso en medio planeta y por eso, guardando las proporciones, nadie debiera extrañarse tampoco de que en Chile pueda asesinarse ahora a ciertos niños por nacer, que la droga penetre masivamente en nuestros jóvenes, que los padres estén perdiendo el derecho a formar a sus hijos, que los niños, los enfermos y los ancianos sean marginados, porque sus voces no marcan preferencia electoral.

Por otra parte, una vez más, los socialistas han logrado detener procesos exitosos de crecimiento económico y de desarrollo institucional. No saben crear riqueza, solo saben envidiarla; no saben organizar sociedades de participación en el orden, solo conocen la retórica del asambleísmo. Así dejan el país: estancado y confundido respecto de su futuro próximo.

En tercer lugar, el fracaso socialista se ha expresado en el Chile de los últimos años en el exponencial crecimiento de los recursos públicos asignados a la clientela partidista y electoral contratada en el Estado, con evidente despilfarro. Así, una vez más, se ha expandido una casta de funcionarios sin productividad y con altas dosis de mediocridad y creciente tendencia a la huelga. Si lo sabrán los usuarios del Registro Civil y de Aduanas, por mencionar solo dos casos. Y, frente a ellos, se ha intentado estimular -sin éxito, por cierto- a unas masas que debían clamar por más derechos sociales garantizados.

Como si todo lo anterior fuera poco, el más libre y exitoso sistema de educación superior del continente, el que entrega una creciente cobertura a quienes durante el socialismo allendista solo habrían terminado el segundo medio, ha sido puesto en jaque con el más absurdo proyecto de reforma que pueda imaginarse. Es que el socialismo, en materias educativas, ha probado tener una imaginación calenturienta, afiebrada. No otra cosa podía esperarse de quienes han promovido una cultura oral, escrita y visual centrada en la banalidad y en la agresión.

Todo lo remata la permanente tendencia socialista a la venganza y su continuo desprecio por la seguridad y por el orden. La Araucanía, el laboratorio más sofisticado.

Es el legado… que lo llaman.

/Blog de Gonzalo Rojas en El Mercurio

/gap