Durante las últimas semanas se ha producido una especie de histeria respecto de la abstención electoral. Distintos analistas han argumentado que si el porcentaje de votantes es tan bajo como en el pasado -cerca de un 51%-, nuestra democracia se verá resentida. No hay países, nos dicen, con una democracia estable y sana que tengan una participación tan baja.

Estas aseveraciones son exageradas y no tienen una base sólida.

Es verdad que hay gente decepcionada y asqueada con los escándalos, gente que no les cree a los políticos y que se margina del proceso electoral. Pero eso no quiere decir que estemos al borde del abismo.

Para empezar, la mayoría de las comparaciones internacionales son incorrectas. El problema tiene que ver con la base usada para calcular el porcentaje de votantes. Lo correcto, desde luego, es usar la misma base en todos los países. Pero como en algunos (Chile) la inscripción es automática y universal y en otros es voluntaria y parcial (EE.UU.), usar una base consistente no es fácil.

Cuando se realizan comparaciones correctas -donde la base es, para todos los países, la población en edad de votar- nuestra participación electoral sigue siendo baja, pero no muy diferente a la de otras naciones. Por ejemplo, en el año 2013 un 50,6% de los chilenos en edad de votar lo hicieron. En Japón esta cifra fue del 52%, en Luxemburgo del 55,1% y en los Estados Unidos, del 55,7 %. En las últimas elecciones suizas la tasa de participación fue tan solo del 38,6%, y en la segunda vuelta francesa, hace unos meses, votó el 47%. Todos estos son países prósperos, donde impera la regla de la ley, el debido proceso, y donde hay amplia libertad de prensa.

Otro problema en las comparaciones es que se cotejan países con voto obligatorio (Grecia) y aquellos con voto voluntario (Chile).

Consideremos el siguiente ejercicio: crucemos los datos sobre participación electoral en la Ocde con la información sobre calidad de la democracia y del sistema político elaborados por la organización no gubernamental Freedom House.

Los cinco países con mayor participación electoral (Bélgica, Grecia, Turquía, Dinamarca y Australia) tienen un promedio de calidad de la democracia un poco menor al de los cinco países con menor participación electoral (Suiza, Chile, Latvia, Japón y Polonia). Si en vez de usar los cinco países de cada extremo usamos los siete con mayor y menor participación electoral, los resultados son similares. Un análisis estadístico de regresiones señala que para la muestra de 35 países la relación es levemente negativa: los países con menor participación tienen democracias más fuertes (los datos sobre participación son del PEW Research Center).

¿Cómo se explican estos resultados? Una posibilidad es que la gente no vota porque piensa que, independientemente de quién esté a cargo del país o del partido que gobierne, las cosas seguirán funcionando relativamente bien. De hecho, esta es una característica de las democracias estables, donde las distintas opciones no son muy diferentes, y donde el grado de polarización política es relativamente bajo. También es el caso en países donde las organizaciones de la sociedad civil juegan un rol importante e influyente, y canalizan las inquietudes ciudadanas.

Lo anterior no significa que debamos mantener el statu quo, ni que en Chile todo ande bien. Desde luego, sería deseable que un mayor número de ciudadanos participara en las elecciones. Hay una serie de medidas que nos moverían en esa dirección. Una es democratizar a los partidos políticos, permitiendo que se produzca una renovación de sus personeros y liderazgos. Otra, es permitir el voto por correo, como en una serie de estados (33) dentro de los Estados Unidos; el peligro, claro, es que se realicen grandes fraudes.

Convengamos lo siguiente: convencer a la gente que salga de sus casas y concurra a las urnas es parte de la competencia en democracia, es parte del proceso de encantar a la gente, de proponerles visiones lúcidas, responsables y atractivas. Obligarlos a votar no es otra cosa que un atajo coercitivo que en nada mejora la calidad de la democracia.

Quienes deploran la abstención son los analistas políticos, quienes se ganan la vida, justamente, comentando los resultados de las elecciones.

/Columna de Sebastián Edwards para La Tercera

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