-El Crecimiento
Ya es oficial. El crecimiento del año pasado cerró en 1,5% de acuerdo a las cifras preliminares publicadas por el Banco Central, completando el peor trienio de crecimiento desde 1982-1984, cuando se produjo la recesión internacional por la crisis de la deuda externa y la política monetaria restrictiva de la Era Volcker en la Reserva Federal. En el trienio 1980-82 la economía mundial creció a una tasa promedio de 1,6%, mientras que en el trienio 2014-2016 el crecimiento mundial promedió 3,2% (el de Chile 1,9%).

Todo indica que el año en curso no será diferente a los tres anteriores, con un crecimiento que aspiramos se ubique en torno a 2%, pero que bien puede ser menor (1,8% parece un número más realista a estas alturas), mientras la economía mundial se aceleraría a 3,4%, según el FMI. Este sería el cuarto año consecutivo en que Chile crece menos que el mundo.

Recordemos, además, que al comenzar el año pasado, la proyección de crecimiento de la Encuesta del Banco Central era de 2,1% y en el IPoM del Banco Central de diciembre de 2015 en rango era de 2% a 3%. Ahora (exactamente desde agosto del año pasado), la proyección de la Encuesta para 2017 es de 2% y la del IPoM de diciembre pasado de 1,5% a 2,5%. Es de esperar que el error de proyección no sea igual al de hace un año.

Cuánto de este pobre desempeño de la economía nacional se explica por factores internos y cuánto por factores externos es algo sobre lo que difícilmente nos pondremos de acuerdo en algún momento, pero parece muy difícil negar que hay un componente interno no despreciable (el factor “autónomo” del Banco Central) en un contexto mundial que aunque mediocre no ha sido malo y un escenario de términos de intercambio que ha sido mucho más benigno que en otros momentos. Esto ya es parte de la historia aunque hay que agregarle el capítulo de este año.

De acuerdo al FMI (ver Panorama Internacional), el crecimiento mundial se acelerará en 2017 y 2018. Lo creemos posible para este año pero, si Trump sigue haciendo de las suyas, 2018 puede ser muy malo, sin tomar en cuenta todas las otras cosas que pueden salir mal (elecciones europeas, evolución del Brexit, terrorismo, otras catástrofes, conflictos de diversa índole, plagas, etc.). Así, parece difícil que 2017 pueda ser un año de mejoría importante en Chile (crecer 3%, por ejemplo, algo que nos habría parecido un chiste malo hace unos pocos años) por un mayor empuje de la economía mundial y, considerando los factores internos, las perspectivas tampoco se ven mejores.

El proceso electoral sigue pareciendo increíblemente abierto, es decir, las opciones abiertas van desde lo pésimo a lo más o menos, si se considera que también hay elecciones parlamentarias y que “la calle” puede seguir pauteando a los políticos. Del actual gobierno poco se puede esperar, con sus bonos por el suelo y sin crédito, solo aspira a que pasen rápido los 389 días que quedan hasta el 11 de marzo de 2018 . No obstante lo anterior, recordando que este es el gobierno que ha hecho reformas más profundas desde la dictadura (lo que no significa que por ser reformas han sido buenas), es claro que todavía tiene la capacidad de seguir haciéndolas. En el ámbito previsional, por ejemplo, y algunos otros, donde se juega mucho hacia el futuro, por lo que los operadores de la retroexcavadora siguen activos y ansiosos por usar la maquinaria pesada hasta el final.

-La Situación Fiscal
Rodrigo Valdés ha hecho una labor de contención notable. Es evidente que sin él el daño a la fortaleza macroeconómica y la institucionalidad sería mucho mayor del que se ha producido, pero la situación fiscal es seria. Que dos de las tres principales clasificadoras de riesgo tengan la nota de Chile con perspectiva negativa no es casualidad. El objetivo histórico de un superávit estructural ha sido reemplazado por uno móvil que no se cumple nunca y, el del año 2016, se cumpliría con el dudoso expediente (por decir lo menos) de considerar como permanentes los ingresos del impuesto sustitutivo del FUT, lo que no se sostiene si se considera que es un impuesto que se cobra por anticipado y expira en pocos meses. Además, el Consejo Fiscal Asesor (CFA), sin existencia legal y que actúa solo como ente consultivo, perdió toda su capacidad de influir cuando el ministro Arenas reemplazó a todos sus miembros, destruyendo la incipiente institucionalidad que se estaba creando.

En las conde requiere un fortalecimiento institucional que el Ministro de Hacienda no tiene fuerza para impulsar, dándole existencia legal al CFA y estableciendo una política fiscal creíble que, por un lado, frene la expansión de la deuda pública que, como porcentaje del PIB se ha multiplicado por 5 en los últimos 9 años, y se produzca una convergencia de verdad del déficit cíclicamente ajustado a cero en un plazo razonable, lo mismo que del déficit efectivo. Por otro lado, el crecimiento del gasto efectivo como porcentaje del PIB no puede continuar sin consecuencias ruinosas para la situación fiscal. Hemos insistido en esto varias veces en estas páginas pero a nadie parece importarle, hasta cuando sea demasiado tarde. El mayor precio del cobre va a ayudar a mantener la situación fiscal pero, si efectivamente hay ingresos superiores a lo previsto en el presupuesto, lo correcto sería utilizarlos para reducir el déficit y el endeudamiento y no para gastarlos.

-Activismo en el Banco Central
El cambio en la presidencia del Banco Central en diciembre pasado ha coincidido, tal vez por casualidad, con una tendencia mucho más activa en la política monetaria y un sesgo más marcado en privilegiar bajas en la TPM con el objetivo de impulsar la demanda. Si bien esto, per se, no tiene nada de malo, que prevalezca una mirada que parece sostener una visión neokeynesiana reminiscente de los años setenta, es preocupante. El activismo monetario se asocia con la errada creencia de que el Banco Central tiene la capacidad, por los instrumentos e información que maneja, de influir en la actividad económica de una manera que la estabiliza, eventualmente sin pagar un costo en inflación más alta y volátil o, incluso, que puede lograr niveles de actividad sistemáticamente más elevados.

Esperamos estar equivocados pero, si esta visión está dominando la administración de la política monetaria, no cabe más que esperar, a mediano plazo, un deterioro en la credibilidad el instituto emisor y una menor efectividad de sus políticas.

Parece difícil que alguien crea que el bajo crecimiento de la economía chilena se explica por un déficit de demanda que requiere una política más expansiva del Banco Central, pero esto es lo que se deduce de la posibilidad que la TPM podría haber bajado 50 pb en enero y que, en términos acumulados, posiblemente baje más de 50 pb en el primer semestre de este año. Las tasas de interés son ya extraordinariamente bajas, la inversión no avanza por otras razones, vinculadas a la incertidumbre y falta de confianza en que la estabilidad de las reglas del juego se mantendrá. El consumo no crece más por el desempleo disfrazado, el bajo crecimiento de las remuneraciones y las malas expectativas. Nada de esto será resuelto por una TPM más baja. Las consecuencias probables, a partir de cierto momento, serán devaluación y más inflación, no más actividad y desprestigio para el Banco Central. El problema de Chile es de oferta, no de demanda, y si no se resuelve el primero, inflar la segunda solo hará daño.

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