Los colosales incendios que han devorado bosques, viñedos, plantaciones, poblaciones, personas y animales -pero que ya están dejando de ser noticia; en poco tiempo más pasarán a la historia- no son los únicos que afectan al país ni tampoco los únicos que ya se olvidaron o están olvidando.  Los primeros no sólo los olvidará doña Juanita sino también las autoridades, las cuales se limitarán a hablar de “fortalecer las instituciones” y presentarán un proyecto de ley inspirado, como siempre, en la lógica de la monarquía española del siglo XVI, la cual asumía que lo garrapateado con pluma de ganso se materializaría en el mundo real como por arte de birlibirloque. Dicho proyecto, sin embargo, difícilmente probará sus capacidades taumatúrgicas; como tantos, incluyendo algunos que pretendían resolver exactamente el mismo problema, casi de seguro irá a dar al enorme cajón donde duermen las iniciativas nonatas. A los otros incendios no será necesario olvidarlos porque son como una vieja gotera que de tanto oírse ya no se oye.  Proceden a fuego lento, sin humareda, a veces invisibles y tan de a poco que a duras penas son noticia.

Si acaso es grave que la debilidad atencional de la nación se encargue de que pronto olvidemos un desastre forestal de tal calibre, quizás más grave aun sea la inconsciencia frente a los varios focos de incendios institucionales quemando el país que conocíamos. Desde las cenizas de estos no habrá reforestación posible. Al contrario de la creencia progresista de que de los rescoldos surgirá el ave Fénix, lo que se revelará será un cuerpo baldado, chamuscado y deformado. No siempre “lo nuevo” es necesariamente mejor; Hitler y sus chicos de las Schutzstaffel fueron nuevos en la escena política alemana de los 30’. Tampoco un “paso adelante” promete infaliblemente un futuro esplendor, como tardíamente lo sabe quien lo dio estando al borde del abismo. Tendremos ruinas sin otra ventaja garantizada que hacer más fácil el trabajo de la retroexcavadora. Quintana y su Gran Elenco tendrán pega después de todo.

Esa fragancia a sacristía…

La Democracia Cristiana sufre uno de esos incendios. Quizás aun se recuerde que se fundó con el explícito y fundacional propósito de traer el espíritu cristiano a la política. Se desgajó del conservadurismo por ese motivo; se inspiró en algunas encíclicas por esa razón; trajo cierta fragancia a sacristía para poner en práctica la “Caritas” que era su alma. Nada de eso sobrevive. El amable calor del fogón que otorgan 25 años en el poder terminó recalentando y luego inflamando sus principios. Más de la mitad de sus miembros, luego de los consabidos rezongos, votaron seguir adelante con la ley de aborto, opuesta, suponemos, en un 100% al espíritu cristiano. Pero ya no. Más se opone actualmente a dicho espíritu el quedarse sin cargos de gobierno. Sin alma, sin nada en qué creer, reducida a la condición de vagón de cola, la decé es una reliquia sin misión y sin destino, salvo alinearse cada vez con la señora Bachelet aunque sólo a la hora 25 para hacer su numerito chascón y disidente.

Ricardo Lagos y otros

A las estériles cenizas de la decé se agregan las de Ricardo Lagos y otros personeros de la izquierda clásica que han cometido el mismo pecado mortal: ser de avanzada edad. Hoy eso es intolerable no tanto por los muchos años de vida acumulados, sino por haberlos vivido como protagonistas a plenitud de lo que los sectores termocéfalos del país consideran como la GRAN ESTAFA, el proceso concertacionista – ¿o contorsionista?- de concubinato con la derecha y el gran capital. Es lo que se le reprocha a Lagos, amén de su imperioso estilo magisterial poco dado a ir dándose de abrazos con los “hoi polloi”. Su inteligencia, experiencia y conocimiento importan muy poco; una nueva generación valora más la barba y el bigote que las células grises. Se instaló en el cráneo bastante liviano de la izquierda joven la idea, tal vez el axioma, que las décadas de Concertación constituyeron un crimen que ha de ser sancionado y reparado. Estamos entonces en presencia de una avalancha generacional a la que se suma un cuantioso caudal de sexagenarios y septuagenarios que han entrado de lleno en su segunda infancia y elevan temblorosos puños en alto a ver si esta vez, al fin, se produce la consumación de los tiempos.

Los socialistas

También los socialistas arden por los cuatro costados, como las discusiones sobre primarias lo demuestran. Son víctimas del espíritu revolucionario y de los profetas de la Buena Nueva, la cual les recuerda su juventud y les remueve las hormonas. En efecto, pese a no ser complicados como la decé por un evangelio que imponga mandatos metafísicos, los complica un conflicto insoluble entre los pinitos revolucionarios que de adolescentes los llevaron a arrojar bombas de pintura al consulado norteamericano y la madura experiencia surgida del apocalipsis de 1973, las desilusiones de un mundo socialista desplomado y el ocaso de las fantasías acerca del “hombre nuevo” que, como enseña la historia a cada paso, nunca ha dejado de ser el mismo viejo de siempre.

Encarna esa experiencia y triste sabiduría don Camilo Escalona, quien reprocha una y otra vez los atarantamientos de su sector, sus sueños infantiles, su ridícula pretensión de hacerlo todo al mismo tiempo y ademas hacerlo pésimo al por mayor y al por menor. Pero, ¿quién es Escalona en este momento? Es, como Casandra, el pitoniso condenado a ver claro el futuro, pero sin que nadie le haga caso.

El oficialismo

El oficialismo es otra institución en llamas. La mandataria ya no es creíble, tampoco su gabinete, menos aun su coalición; no lo han hecho bien y la imagen global proyectada por La Moneda es de una total incompetencia asociada a rasgos delirantes de arrogancia y hasta de descarada indiferencia por la opinión del público. El “¿Y qué?” espetado por Fernández en cierta ocasión revela que son, además, presas de la estolidez que resulta de haber metido las patas demasiadas veces y no quedarles reservas de sentido común. Con ese descalabro es el Estado en su conjunto el que aparece, no sin razón, como un artefacto obsoleto, inútil, carcomido por la corrupción y sin otra tarea que malgastar la plata y obstaculizar a los ciudadanos con pésimos servicios, trámites inoficiosos y paros interminables.

La derecha

De la derecha sería mucho decir que restan sus cenizas. Hasta a esas se las llevó el viento. Cuando un Insulza o incluso un Lagos aducen que “no hay que entregarle el gobierno a la derecha”, amén de hablar muy inadecuadamente con el tono de un latifundista que no quiere entregarle SUS tierras al síndico de quiebras, mencionan un espantajo que no existe. La UDI y RN subsisten, pero también subsisten los parapléjicos. En esa condición es difícil anotarse con chances de vencer en un carrera de cien metros planos. Sin capacidad para aumentar su caudal más allá del que siempre han tenido, sin siquiera candidato oficial sino sólo una animita a la que le prenden velas, sin nuevas ideas y sin disciplina de sus votantes, quienes a menudo prefieren ir a sus segundas viviendas que al recinto de votación, no hay en esta institucionalidad nada sino la fachada y tras ella un sitio eriazo con los escombros fríos de una antigua quemazón.

Ruinas

No habrá entonces necesidad que nuestros envalentonados jacobinos usen la maquinaria pesada de Quintana. El país se quemó por su cuenta y nada queda en pie que pueda oponerse a la marcha triunfal hacia la “parusía” progre por el sendero del chavismo-madurismo. Ya hay candidatos para pastorear a las ovejas. Al contrario de los de ayer, tienen mejor presentación y no infunden sospechas; no se suben a un cajón azucarero a perorar brutalidades sino rebozan amables palabras, simpatía, calor humano y todas las virtudes teologales que recomiendan los cosmetólogos. No habrán mayores dificultades para que vendan la nueva pomada. El mercado está lleno de compradores ansiosos por adquirirla; es gratis, suena bien, levanta el ánimo y no quema ni daña la ropa. Aun así, huele a quemado.

/psg