Con la reciente encuesta CEP se instaló la impresión de que Sebastián Piñera puede ganar en primera vuelta. Es un estado de ánimo de efectos complejos, porque en la centroderecha puede conducir al triunfalismo y la desmovilización, y en la izquierda, a la afirmación de que una segunda vuelta es en sí una derrota para el candidato favorito.

Sin embargo, otros son los desafíos que lo esperan, en caso de triunfar, a partir de marzo de 2018. El primero es más bien un riesgo: que muchos, tras la victoria, tomen palco para ver cómo resuelve “solito” los problemas económicos, financieros, de gestión, seguridad y polarización política que lega Bachelet. Del triunfalismo bien se puede transitar a la convicción de que Piñera “se la puede solo”. Ignorar que la revitalización y el reencuentro del país son tareas de envergadura y requieren acuerdos políticos y esfuerzos conjuntos, sería funesto.

El segundo desafío se lo presentará seguramente la izquierda, que desde un inicio impulsará movilizaciones callejeras planteando demandas sociales maximalistas. Esta vez el ex Presidente no contará con la tregua que le brindaron la reacción ante el terremoto del 27/F y el rescate de los 33 mineros. No se debe olvidar que para la izquierda una victoria de Piñera constituye una amarga derrota local y una embarazosa afrenta de connotación internacional. ¿Explicación de lo último? Las vigas ideológicas capitales del discurso izquierdista: la centroderecha es Pinochet, y los chilenos rechazan “el modelo”. ¿Cómo explicar entonces un regreso de Piñera? El “modelo Chile” es una espina tanto para los jacobinos chilenos como para la coordinación continental de un centenar de partidos afines que integran el Foro de Sao Paulo. Para este, los modelos a defender son el madurista y el castrista.

Otro desafío que espera a Piñera: al buscar acuerdos legislativos con los sectores moderados del actual oficialismo percibirá cuán debilitados están el alma socialdemócrata y democratacristiana. Esto lo documentan la defenestración de Ricardo Lagos y la orfandad de Carolina Goic en su partido. La socialdemocracia atraviesa una crisis mundial; la democracia cristiana la sufrió en el pasado, cuando desaparecieron muchos partidos de esa inspiración. Para legislar, Piñera precisará el respaldo de un centro que hoy exhibe sillas vacías y busca identidades, y que, curiosamente, podrá crecer en parte mostrando capacidad de diálogo.

Dicho esto, hay que recordar que ya no se entra a La Moneda desplegando solo las banderas ideológicas más “puras”. La administración Bachelet fue excluyente en lo ideológico y conceptual, lo que la tornó impopular. El electorado de hoy se muestra escéptico ante los políticos y crítico frente a posturas no dialogantes. Quien considere hoy la política como el espacio para desplegar solo convicciones no “contaminadas” por el resto de la sociedad, puede hacerlo, pero debe atenerse al efecto: ser siempre carro de cola en una alianza de gobierno o sentarse a ver cómo otros ingresan a La Moneda.

Otro desafío para Piñera consistirá en contribuir a que las fuerzas que lo respaldan interpreten mejor el mundo de hoy, que se presenta fragmentado, heterodoxo, impaciente, individualista, veleidoso, relativista y contradictorio. Como si fuera poco, hoy Estados Unidos aboga por el proteccionismo, y China, por el libre comercio. A nivel global unos proponen economía de mercado con democracia y libertad, otros economía de mercado con partido único. Además, Chile seguirá navegando en una región con al menos dos tiempos (el de Cuba y Venezuela por un lado, y el de Perú, Colombia y Argentina, por otro). Y esto ante una Casa Blanca que no atina en política exterior y una Europa sumida en sus propios problemas.

Las fuerzas de Chile Vamos deberán interpretar bien los nuevos aires que soplan, la demanda por un país más digno, libre y próspero, así como los retos de la cuarta revolución tecnológica. Si fracasa en esto, a la centroderecha le puede ocurrir lo que a la izquierda: terminar interpretando el mundo con instrumentos y categorías añejas, lo que condujo a esta a diagnósticos y soluciones equivocadas. Piñera puede contribuir a aggiornar a su sector con la nueva realidad, tarea nada fácil y a la vez riesgosa. La izquierda sacrificó precisamente al ex Presidente Lagos, que intentó ese aggiornamiento modernizador en el sector.

Todo indica que los chilenos no quieren otro gobierno de concepciones excluyentes ni uno que “solo” haga bien las cosas. Las expectativas son gigantescas, ambiciosas y comprenden la vida en su conjunto: crecimiento económico pero con existencia más plena y digna, trabajar para vivir, no vivir para trabajar, y una visión de futuro amparada en un sueño chileno. Se equivocan quienes, ante un triunfo de Piñera, planean tomar palco para ver cómo resuelve solo los problemas, pero también quienes piensan acomodarse para contemplar cómo fracasa en su esfuerzo. La clase política está llamada a dar muestras de madurez si aspira a recuperar la confianza y el respeto de los ciudadanos.

/Columna de Roberto Ampuero para El Mercurio

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