El Santiago Wanderers campeón de la Copa Chile vive la paradoja de la alegría y el sufrimiento, tal como es la vida misma en el Puerto. El 3-1 sobre Universidad de Chile, una excusa perfecta para celebrar largo, choca con la urgencia de salvarse del descenso. Y en lugar de descorchar champaña y lanzar cotillón, Nicolás Córdova y su gente tendrán que trabajar de cara a las tres jornadas que quedan. Ya está clasificado a la Copa Libertadores, pero podría jugarla estando en Primera B, tal como le pasó alguna vez al Sao Caetano de Brasil.

Lo de Wanderers es como la vida de Valparaíso. La ciudad de las fiestas, carnavales y espectáculos pirotécnicos, también convive con incendios devastadores, aluviones y marejadas. El Puerto tiene algo que pocas partes del mundo (y quizás del universo) tienen: que la simpleza sea belleza.

De allí es Wanderers. Y no podría ser de otra parte. Es la única ciudad de Chile donde los hinchas izan la bandera verde de su club en el asta de sus casas. Y es una de las pocas -tal vez junto con Calama y Rancagua- donde Colo Colo y la U se sienten auténticamente como visitantes. El misticismo del wanderino es proporcional al de su Puerto querido.

En un país con escasa memoria, los porteños quieren y respetan a sus ídolos. No existe wanderino que no sepa quiénes fueron Raúl Sánchez, Vicente Cantatore, Juan Olivares, Elías Figueroa o Moisés Villarroel. Ni que tampoco sepa que verdes como los pinos son los wanderinos.

Wanderers es uno de los grandes del fútbol chileno por eso. No por cantidad de títulos ni registros estadísticos, donde varios lo superan. Por esa amalgama de mística y sufrimiento, pasión y estoicismo, que le da un sello especial. Una orgullosa fidelidad que supera cualquier prueba.

El pan batido, que en todo el mundo salvo en Valparaíso llaman marraqueta, estará más crujiente este domingo.

/Columna de Leopoldo Iturra para As Chile

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