Para marzo, el Frente Amplio aún no tenía candidato presidencial. Sin él, sus posibilidades de mostrarse y acrecentar la representación parlamentaria caían abruptamente. Llevaban casi un año masticando nombres sin llegar a puerto. Por esos días salieron al ruedo Sebastián Depolo -entonces presidente de RD- y Benito Baranda. Benito no tomó la oferta en serio. El nombre de Beatriz Sánchez daba vueltas desde hacía rato, aunque no cuajaba del todo. Les parecía un rostro lo suficientemente conocido, jugado y confiable, pero no admirable. Se decidieron por ella, y la convencieron.

Jamás se la figuraron como presidenta de la República. Sus principales cabecillas entendían que no estaban listos para gobernar.

Pensar eso era una demostración de cordura.

Buscándole una collera para correr en las primarias apareció Alberto Mayol. Levantó el dedo sin que nadie se diera cuenta, y la complicidad duró hasta que se calentó la competencia. No se puede participar en una elección sin la esperanza de dar el batatazo. Como la Nueva Mayoría, en su infinita mediocridad, no fue capaz de concordar un equipo para esta carrera, durante unos meses sólo existieron la derecha y esta izquierda recién nacida. Beatriz Sánchez llegó primera con 3.000 votos más de esos con que Felipe Kast llegó tercero.

Vieron desvanecerse la ilusión de un país en estado de rebeldía y ansioso de cambios profundos como los que ellos ofertaban. El Frente Amplio sacó poco más de la quinta parte que Chile Vamos, los máximos representantes del capitalismo sin complejos.

Como sea, al cabo de esas primarias, Beatriz Sánchez comenzó a subir en las encuestas. La ilusión se apoderó una vez más de los frenteamplistas. A medida que se acercaba a Alejandro Guillier, cogió vuelo propio para convertirse en el centro de todas sus preocupaciones.

Esto duró hasta el conflicto con Alberto Mayol, donde quedó claro que este nuevo conglomerado ya había aprendido las técnicas oscuras del juego del poder.

Ahí la Bea demostró que no formaba parte del riñón de las decisiones, y que éstas no emanaban –como ella había querido creer- de conversaciones siempre abiertas, sino también de cocinas internas en las que no participaba. Quedó sin conducta, perdió su aura de pureza y tuvo que arreglárselas con un FA fracturado que, a medida que la veía caer, la dejaba cada vez más sola.

Qué sucederá con ella después del 19 de diciembre? En primer lugar, sabremos cuánta personalidad propia tiene a la hora de decidir si apoya o no a Guillier para la segunda vuelta. Si es por historia, debiera hacerlo. Entre los militantes del FA las posturas están divididas.

Hay una facción de RD que ya decidió votar por él sin condiciones, otros sostienen que debe ser en torno a un programa y no faltan los que se niegan del todo a dicha posibilidad.

Si ella actúa simplemente a las órdenes de sus mentores, su personalidad política saldrá muy menguada. Pesará menos que un paquete de cabritas. Como su regreso al periodismo no resulta fácil al cabo de esta aventura, más le vale ganarse el espacio de respeto que su opción por la buena onda (como si la política fuera buena onda), le ha progresivamente mezquinado. Ya no es la líder de su sector. Nunca lo fue, aunque por momentos viviera la ilusión – ¡maldita ilusión!- de serlo. En lo sucesivo deberá rascarse con las propias uñas para hacerse un espacio en la liza del poder. Ya no le será útil a quienes la invitaron.

Tendrá que volverse incómoda. Pobre Bea: como Cenicienta a medianoche, verá su carroza convertida en calabaza, aunque es de suponer que ningún príncipe saldrá a buscarla con un zapato de cristal.

/Columna de Patricio Fernández para el diario La Tercera

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