Las izquierdas serán derrotadas en la primera vuelta presidencial. Es un dato duro, sustancial, quizás decisivo.

Lo sabían desde hace tiempo; asumieron ese escenario de antemano, desde el mismo momento en que evaluaron a sus candidatos -ninguno podría emular a Bachelet 2013, concluyeron-, y por lo tanto, salieron disparadas cada una para su lado, para seis puntos cardinales distintos, rompiendo todas las leyes de la geografía política. Se perdieron en la selva, ellos, los tan experimentados.

Solo la crónica de una derrota anunciada pudo producir un fenómeno así. Y entonces, cuando un clan se rompe, que cada palo aguante su vela, porque cada uno afila su hachita.

Este domingo 19 sumarán más del 40%, pero ese porcentaje se compondrá de tan diversos orígenes que, o no lograrán pasar a segunda vuelta, o quien obtenga la primera minoría dentro de las izquierdas, apenas tendrá legitimidad para exigirles compromisos a los demás.

Suplicar, apenas eso le quedará al menos malo. Suplicar, porque, ¿con qué cara -si no con cara larga- puede pedir la adhesión de sus antiguos socios aquel que alcance el 20 a 25%? (y no olvidará que eso probablemente signifique solo el 10 a 12% del cuerpo electoral).

Los cuchillos largos tan anunciados pueden ocultarse en la trastienda de las recriminaciones, pero será imposible disimular las caras largas. Eso es lo que sucederá la noche del 19, en los comandos de las izquierdas y en La Moneda por igual.

Pero, ¿los semblantes sombríos serán patrimonio solo de las izquierdas?

Al otro lado, en medio del actual misterio sobre cómo se comportarán los electores de las derechas, hacia las 9 de la noche también habrá caras largas en ese sector, porque la verdad de los números se impondrá sobre la retórica de los operadores.

Hay quienes usando estos mismos espacios han llamado a votar por un determinado candidato -el favorito de las encuestas- con la ilusión de que obtendrán la mayoría absoluta en primera vuelta. Lo han hecho denigrando la opción de su legítimo contendor en la derecha, lo que implica el grave riesgo de que la cara de Chile Vamos se desfigure si no logra el objetivo y que, además, quizás enajene la eventual adhesión de aquellos a los que ofendieron. En castellano: ¿No han pensado los piñeristas que maltratar a los kastistas es un pésimo negocio? Y eso que el piñerismo parece entender de negocios…

También habrá unos pocos sujetos, electores comunes y corrientes del sector oriente, que ante sus espejos, solos en la intimidad de sus conciencias y mientras oigan los resultados, comprobarán hasta qué punto se les ha alargado la faz. Serán esos pocos derechistas que hoy saben perfectamente bien qué nombre tienen que marcar en la papeleta, pero que seducidos por un afán de victoria y convencidos de que en la vida social más vale estar con la espumita que con los pies en la tierra, votarán por el que lidera, no por el que consideran el mejor. Serán muy pocos, irrelevantes, pero a cada uno le pesará mucho su pobre decisión.

No serán sus narices las que se alargarán, sino sus caras las que se desfigurarán. Con el paso del tiempo, reconocerán su error y en virtud de su debilidad, serán perdonados. Esos pocos caminarán de vuelta a su casa paterna y serán los primeros en reconocer que fue una soberana tontería el hacerles caso a los cantos de sirena, a los encantadores de serpientes. Serán perdonados.

Y queda todavía una tercera dimensión de esta cuestión. Quizás todos tengamos que reconocer que se nos ha alargado la cara, que estamos de muerte, cuando oigamos el cómputo final y quizás comprobemos que ha votado menos de la mitad de los ciudadanos.

Todos los chilenos, de cara larga y de cuerpo cortado por la mitad.

/Columna de Gonzalo Rojas para el diario El Mercurio

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