Había resuelto no escribir hasta pasadas las elecciones, pero mis planes cambiaron mientras esperaba a un amigo en la barra de un viejo restorán -del cual soy número puesto- y uno de los antiguos garzones, confesándome su indecisión por quien votar, me quiso sonsacar mi preferencia electoral. Iba a contestarle cuando llegó agitado mi impuntual contertulio y, sin decir “agua va…”, a modo de justificación, me espetó…: “sorry, estaba revisando, en la página del Servel, mi mesa de votación…”, y remató diciendo: “llegó la hora de la verdad, ya no hay nada más que hacer,  -los dados están echados-”.
Como sabía de sus convicciones y temores que lo empujaban a votar por “el mal menor”, lo corregí diciéndole que aún no se había dicho la última palabra, que la verdad se sabría una vez que “hablara el pueblo”. Le recordé que la expresión “los dados están tirados”, (atribuida por Suetonio al emperador Julio César) quería decir “que la suerte estaba echada” (Alea jacta est), que no había nada por hacer excepto esperar.
Después de un largo almuerzo y de analizar los últimos acontecimientos, la virulencia que habían alcanzado las campañas, la agresividad que se percibía en los discursos, la inexplicable destrucción de la publicidad, las vergonzosas maniobras descalificadoras -encabezadas por personajes que hasta ahora nos merecían “algo” de respeto- llegamos a un lugar común: “se están sacando los ojos entre ellos y están mostrando hasta dónde puede llegar la degradación humana…”.
Al terminar nuestro “frugal tentempié” mi amigo había mutado… del temor a la convicción. (Y yo había logrado un voto más)
Al despedirse y sin mucho rodeo me reconoció que, si en algún momento había pensado en el “voto útil”, después de lo visto se había dado a la razón: lo correcto era votar por convicción; por lo tanto, en esta vuelta no se dejaría amedrentar.
Mientras el mozo me traía la cuenta, me quede unos minutos pensando en que todavía había tiempo para soñar y para seguir luchando por la causa en la que estábamos comprometidos; recordé un viejo refrán que decía algo muy cierto: “con el dinero se puede comprar la comida… pero no el apetito, la cama… pero no los sueños”.
Cuando el garzón me pasó la cuenta, murmuré… “don Juan, nuestros sueños no tienen precio…” sin entender lo que yo había dicho, me quedo mirando y, sin temor a ser amonestado, me reveló que a ratos había estado siguiendo nuestra conversación, y que él también se había convencido… “votaré sin temor, para volver a creer”.
Deje el restorán pensando que esa tarde, en poco tiempo, había logrado recuperar un par de “ovejas descarriadas”, y había comprobado que: “solo una cosa convierte en imposible un sueño… el miedo”, y ese no era nuestro caso… “los dados no estaban echados”.
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